El trágico epílogo de los Románov: la verdad científica que sepultó el mito de la supervivencia - News

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El trágico epílogo de los Románov: la verdad científica que sepultó el mito de la supervivencia

Ciento ocho años después del fusilamiento en Ekaterimburgo, la genética y los archivos secretos desvelan el destino final de los últimos zares, los misterios de su fortuna oculta y la diáspora de una dinastía rota.

 

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La noche del 16 de julio de 1918, en el sombrío sótano de la casa Ipatiev en Ekaterimburgo, el destino de Rusia cambió para siempre.

El zar Nicolás II, la zarina Alejandra, sus cinco hijos y sus cuatro sirvientes más leales fueron ejecutados por un pelotón bolchevique bajo el mando de Yákov Yurovski.

Aquella matanza no solo pretendía eliminar a los símbolos del antiguo régimen, sino también borrar cualquier rastro de su existencia.

Durante décadas, la maquinaria de desinformación soviética negó el crimen o sembró la duda, alimentando un torbellino de mitos y falsos supervivientes que fascinó al mundo durante casi un siglo.

Hoy, la combinación de la arqueología forense, el análisis genético avanzado y la apertura de archivos históricos ha permitido reconstruir con precisión milimétrica qué ocurrió con los cuerpos, con sus legendarias joyas y con aquellos miembros de la familia que lograron escapar del terror rojo.

A 102 años del fusilamiento del zar Nicolás II, el último exponente de una  dinastía que duró 300 años

El escudo de diamantes y el horror del bosque de Koptiaki

Uno de los detalles más sobrecogedores de la ejecución fue el inesperado blindaje que protegió temporalmente a las grandes duquesas.

Meses antes, durante su cautiverio, las hijas del zar y la emperatriz habían cosido en secreto cerca de ocho kilogramos de diamantes y piedras preciosas en el interior de sus corsés, con la esperanza de que sirvieran como moneda de cambio para una futura huida.

Cuando comenzó el tiroteo, las balas rebotaron en los cuerpos de las jóvenes, convirtiendo las joyas en improvisados escudos humanos. Ante la ineficacia de los disparos, los verdugos recurrieron a las bayonetas y, finalmente, a tiros de gracia en la cabeza.

El intento de ocultar el crimen rozó el absurdo y el horror. Los once cadáveres fueron cargados en un camión Fiat que se averió repetidamente debido al terreno pantanoso camino al bosque de Koptiaki.

En un primer momento, los cuerpos fueron desnudados para saquear las alhajas y desfigurados con ácido sulfúrico en una mina abandonada.

Ante el temor de que las tropas del Ejército Blanco descubrieran el lugar, Yurovski ordenó trasladarlos a una fosa más profunda.

Sin embargo, el camión volvió a quedar atrapado en el lodo al borde de la carretera, lo que llevó a los ejecutores a improvisar una fosa común en ese mismo punto, rociando de nuevo los restos con ácido.

Para espesar el misterio, los cuerpos del zarevich Alexéi y de una de sus hermanas (María o Anastasia) fueron separados, quemados y enterrados en una fosa pequeña a cierta distancia.

Paradójicamente, el único superviviente de aquella noche fue Joy, el perro spaniel del zarevich, que huyó al escuchar los disparos, fue rescatado por el Ejército Blanco y terminó sus días viviendo en el exilio británico, cerca del castillo de Windsor.

Ejecución de la familia Románov - Wikipedia, la enciclopedia libre

La matanza paralela de Alapáyevsk

El exterminio de los Románov no se limitó a la familia nuclear del zar.

Apenas veinticuatro horas después, el 18 de julio de 1918, a las afueras de la ciudad de Alapáyevsk, los bolcheviques ejecutaron a otros miembros de la dinastía, entre ellos a la gran duquesa Isabel Fiódorovna, hermana de la zarina y viuda del gran duque Sergio.

Isabel, que se había volcado a la vida religiosa tras enviudar, fue arrojada viva a una mina profunda junto a otros príncipes y allegados.

Testigos de la época relataron que, tras la caída, se escucharon cantos religiosos provenientes del fondo del pozo; las víctimas entonaban el himno «Señor, salva a tu pueblo».

Los ejecutores arrojaron granadas para silenciarlos, pero los cánticos continuaron. Finalmente, prendieron fuego a maderos y los lanzaron al pozo, provocando la muerte de los heridos entre el humo y las llamas.

Meses después, cuando el Ejército Blanco recuperó los cuerpos, se descubrió que la gran duquesa Isabel había utilizado parte de su velo para vendar la mano fracturada de uno de sus primos moribundos antes de expirar.

Romanov: 1896-1903

Del hallazgo secreto a la sentencia del ADN

El velo del secreto soviético comenzó a desmoronarse en 1979 gracias a Alexander Avdonin, un geólogo y detective aficionado, y al cineasta Geli Riábov. Tras años de investigaciones clandestinas y sin autorización legal, localizaron la fosa principal.

Conscientes del peligro de la represión política bajo el régimen de Brézhnev, desenterraron los cráneos, realizaron oraciones y volvieron a sellar el enterramiento, guardando el secreto durante una década hasta que la información se filtró a la prensa en 1989.

La identificación definitiva requirió de la ciencia internacional. En 1993, el príncipe Felipe, duque de Edimburgo y tataranieto de la reina Victoria (abuela de la zarina Alejandra), donó su ADN mitocondrial para cotejarlo con los restos exhumados.

Las pruebas científicas arrojaron una certeza matemática incuestionable, demostrando que los restos correspondían a la emperatriz y a sus hijas.

Años antes, el propio duque de Edimburgo había dejado clara su animadversión hacia las autoridades soviéticas con una frase célebre al ser preguntado sobre si visitaría Rusia: «Me gustaría ir, pero esos desgraciados asesinaron a la mitad de mi familia».

El rompecabezas se completó en 2007, cuando se hallaron los restos óseos de los dos niños desaparecidos cerca de Ekaterimburgo.

Las pruebas genéticas de 2008 confirmaron que se trataba de Alexéi y de su hermana, cerrando definitivamente la puerta a los mitos de supervivencia que encarnó, durante 64 años, la impostora polaca Anna Anderson en el caso de la gran duquesa Anastasia.

La historia de los Romanov, la última familia imperial de Rusia, no terminó  con una abdicación elegante ni con un exilio silencioso. Terminó en una  madrugada oscura, en un sótano, con disparos

El juicio de la historia y la diáspora Románov

La rehabilitación de la memoria histórica tuvo su momento cumbre en la figura de Borís Yeltsin. En 1977, siendo jefe del partido comunista local, Yeltsin cumplió la orden de demoler la casa Ipatiev para evitar que siguiera siendo un lugar de peregrinación monárquica.

Dos décadas después, en julio de 1998 y ya como presidente de la Federación Rusa, Yeltsin presidió el funeral de Estado en la catedral de San Petersburgo, donde definió la matanza como «una de las páginas más vergonzosas de la historia rusa» e instó al país al arrepentimiento.

Dos años más tarde, la Iglesia Ortodoxa Rusa canonizó a la familia imperial bajo la categoría de «portadores de la pasión», ensalzando la dignidad cristiana con la que afrontaron sus últimos meses de vida.

Más allá del trágico núcleo imperial, otros Románov lograron burlar el terror revolucionario gracias al exilio.

La emperatriz madre, María Fiódorovna, se negó a aceptar la muerte de su hijo Nicolás II durante una década y logró escapar a bordo del buque británico HMS Marlborough, rescatando parte de su fortuna oculta en latas de cacao.

Su hija menor, la gran duquesa Olga Aleksándrovna, escapó por Crimea y terminó sus días viviendo humildemente en un modesto apartamento sobre una peluquería en Toronto, Canadá.

Por su parte, la célebre bailarina Mathilde Kschessinska, antigua amante del zar antes de su matrimonio, huyó a París, donde vivió hasta los 99 años; su fastuosa mansión de San Petersburgo había sido incautada por los bolcheviques, sirviendo el propio balcón de la vivienda para los discursos de Vladímir Lenin tras su regreso del exilio.

En la actualidad, los descendientes de la dinastía Románov mantienen vivas las disputas dinásticas por los derechos a un trono que dejó de existir hace más de un siglo.

Aunque ostentan títulos meramente representativos y la mayoría reside fuera de Rusia, la fascinación por su historia sigue intacta.

Una saga que comenzó en la opulencia de los palacios de San Petersburgo y que terminó sepultada bajo el barro y el ácido, dejando una huella imborrable en el siglo XX.

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