El entierro de Alfonso Mendoza, conocido como Pompinchú, se realizó en el cementerio Los Jardines de San Juan de Lurigancho con la presencia de cómicos ambulantes, familiares y seguidores que lo despidieron entre música, aplausos y homenajes simbólicos

 

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El último adiós a Alfonso Mendoza, conocido popularmente como Pompinchú, reunió a familiares, amigos, colegas y seguidores en una ceremonia cargada de emoción, recuerdos y también controversias.

El reconocido cómico ambulante fue enterrado en el cementerio Los Jardines de San Juan de Lurigancho, en Lima, tras una despedida que reflejó tanto el cariño del público como las tensiones que rodearon sus últimos días de vida.

Desde tempranas horas, el ambiente estuvo marcado por la nostalgia.

Cómicos ambulantes, seguidores y allegados acompañaron el féretro entre aplausos, música popular y frases que resonaban en cada rincón del camposanto.

“Pompinchú, presente”, se repetía entre los asistentes como un eco constante que acompañaba el recorrido hacia su descanso final.

Antes del entierro, el cortejo fúnebre realizó una parada simbólica en el Parque Chabuca Granda, un lugar emblemático para la cultura popular limeña y escenario habitual de los artistas callejeros.

Allí, entre aplausos y lágrimas, varios colegas recordaron la trayectoria del comediante, quien durante años se ganó la vida en las calles antes de alcanzar notoriedad en la televisión.

“Tenemos que continuar con el trabajo que Dios nos ha encomendado, hacer reír al Perú”, expresó uno de los cómicos presentes, en un mensaje que evocó la esencia de su oficio.

 

El último adiós a Pompinchú: cómico ambulante Alonso Gonzales Mendoza fue  despedido por familiares y seguidores - Infobae

 

El momento más emotivo se vivió en el cementerio, cuando el féretro fue cargado por sus propios compañeros de escenario.

Entre ellos, cómicos ambulantes que compartieron años de trabajo con Pompinchú decidieron rendirle homenaje bailando al ritmo de chicha durante el trayecto hacia el nicho.

La escena, inesperada para muchos, transformó el dolor en una despedida llena de identidad cultural.

“Presente”, gritaban mientras el ataúd avanzaba lentamente entre aplausos.

Sin embargo, no todo fue recogimiento.

Algunos asistentes expresaron su malestar por el tipo de sepultura asignada, señalando que el artista merecía un reconocimiento mayor por su trayectoria.

La decisión de ubicarlo en un campo santo comunal generó debate entre seguidores, quienes consideraban que su legado artístico debía ser homenajeado de una forma más representativa.

Durante la ceremonia, la familia del comediante encabezada por su hermano Ray Mendoza acompañó el ingreso del féretro al nicho.

En ese momento, el ambiente se tornó silencioso y solemne.

Minutos después, el espacio fue sellado con una placa de cemento, mientras los aplausos continuaban como símbolo de gratitud hacia su carrera.

El contraste entre el sonido del cemento y los aplausos marcó uno de los instantes más simbólicos del entierro.

 

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Pompinchú, cuyo nombre real era Alfonso Mendoza, falleció tras enfrentar complicaciones respiratorias derivadas de una fibrosis pulmonar agravada por problemas renales.

Su estado se había deteriorado progresivamente en los últimos meses, lo que lo llevó a permanecer internado en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Santa Rosa, donde finalmente perdió la vida.

En sus últimos días, el comediante continuó vinculado a sus seguidores a través de redes sociales, compartiendo videos grabados incluso desde el hospital.

“Estoy con todas las pilas, hermano”, decía en uno de sus últimos registros, reflejando su característico humor pese a la gravedad de su estado de salud.

Su trayectoria estuvo marcada por el esfuerzo constante.

Tras su paso por la televisión durante la época dorada de los cómicos ambulantes, regresó a las calles de Lima, donde continuó trabajando, vendiendo productos y participando en presentaciones improvisadas.

Su conexión con el público nunca se rompió, y su figura se mantuvo vigente gracias a la cercanía que siempre mostró con la gente.

 

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En medio del duelo, también surgieron tensiones.

Días antes del entierro, el velorio estuvo marcado por una fuerte discusión entre familiares directos y Rosa, su hija política, quien habría acompañado al artista durante su enfermedad.

Testigos señalaron que la situación se descontroló rápidamente, generando incomodidad entre los asistentes.

“¿Qué quieren hacer más show para que sigan grabando en vivo?”, se escuchó decir durante el enfrentamiento, en medio de reclamos cruzados sobre el papel de cada persona en los últimos días del comediante.

Rosa, visiblemente afectada, fue retirada del lugar, aunque posteriormente organizó un homenaje simbólico en la vivienda donde Pompinchú vivió durante años.

Otro punto de controversia fue el manejo de recursos económicos.

Versiones recogidas entre allegados señalan la existencia de entregas de dinero realizadas por decisión del propio comediante, así como movimientos en cuentas asociadas a sus ingresos digitales.

Estas situaciones han generado interrogantes entre seguidores sobre el destino de dichos fondos.

 

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La ausencia de algunas figuras cercanas durante el entierro también llamó la atención.

Entre ellas, la del empresario conocido como “El Paisa”, quien según versiones previas habría brindado apoyo económico durante la enfermedad del artista, incluyendo gastos médicos y facilidades de movilidad.

A pesar de las controversias, el legado de Pompinchú permanece intacto en la memoria popular.

Su humor, su entrega y su capacidad de conectar con el público lo convirtieron en un referente de la comicidad callejera en el Perú.

Sus colegas lo despidieron como uno de los grandes exponentes del género, destacando su perseverancia incluso en los momentos más difíciles.

Hoy, su historia se suma a la de otros artistas populares que encontraron en la calle su escenario principal.

Su partida deja no solo tristeza, sino también una reflexión sobre el reconocimiento a los artistas en vida y las condiciones en las que muchos de ellos desarrollan su carrera.

Pompinchú descansa en paz, pero su risa y su legado siguen vivos en la memoria colectiva del pueblo.