Un adolescente de 15 años terminó en estado crítico tras ser atacado con armas blancas y lanzas improvisadas por una turba enfurecida en un conjunto residencial de Usme, al sur de Bogotá

 

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La noche del pasado 10 de abril, el silencio habitual de un conjunto residencial en la localidad de Usme, al sur de Bogotá, se rompió con el estruendo de una turba enardecida.

No buscaban respuestas, buscaban sangre.

Un adolescente de 15 años, que minutos antes había salido al parque de la copropiedad bajo la promesa a su padre de “ir a jugar”, se encontró de repente rodeado por una multitud armada con palos, piedras, conos de tráfico y, lo más alarmante, armas blancas improvisadas.

El detonante fue un señalamiento grave que corrió como pólvora a través de grupos de WhatsApp y gritos en los pasillos: el menor habría abusado presuntamente de otro niño de 12 años.

La acusación, carente de cualquier sustento judicial o denuncia formal ante la Fiscalía en ese momento, bastó para que la comunidad se transformara en un tribunal implacable.

“Ya el papá baja, que se arma con cartón, armaduras, cadenas, cuchillos y empieza a alentar la comunidad al linchar al que supuestamente era mi hijo”, relata con voz quebrada el padre del adolescente herido.

La escena alcanzó niveles de salvajismo medieval.

Según testigos y registros de cámaras de seguridad que hoy están bajo custodia de las autoridades, algunos residentes llegaron a amarrar cuchillos en las puntas de palos de escoba, fabricando lanzas para atacar a distancia.

En medio de la confusión, cuando la policía intentaba intervenir para salvaguardar la vida del joven, la violencia escaló.

Una tía del supuesto niño agredido, desbordada por la ira, se abalanzó sobre el adolescente de 15 años.

 

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“Fue por la espalda, donde una de estas puñaladas casi termina con su vida”, describe el progenitor.

El joven recibió tres heridas punzocortantes, la más grave de ellas perforó uno de sus pulmones, dejándolo en estado crítico.

Mientras el menor se desangraba, el caos no se detuvo; en la huida desesperada del vehículo policial para proteger al sospechoso del linchamiento, un residente fue arrollado por la patrulla, sufriendo heridas de gravedad.

El padre del menor agredido, quien ahora lucha por la recuperación física y la limpieza del nombre de su hijo, niega tajantemente las acusaciones.

Para él, todo se reduce a una mezcla de intolerancia vecinal y maldad premeditada por parte de la familia denunciante.

“No sé por qué lo haría. Digo que fue pura maldad la familia porque supuestamente escuché por ahí que no gustan del muchacho. De pronto por la forma de ser de él, que él es muy serio. Es seriecito, no son de esos que saludan y ya”, explica, intentando dar sentido a una tragedia que no lo tiene.

A pesar de la gravedad de los señalamientos iniciales, el sistema judicial no ha emitido una orden de captura ni existe una denuncia formal que respalde el supuesto abuso.

“El fiscal encargado siempre me ha dicho que cuando le pusieran denuncia, él me avisaba y, hasta el momento, no”, afirma el padre.

Ante este vacío legal, la familia del joven herido ha pasado de ser acusada a ser denunciante.

Han interpuesto una demanda por tentativa de homicidio y desplazamiento forzado, pues las amenazas de muerte persisten.

“Esta persona sigue con las amenazas, sigue diciendo que se va a tomar justicia por sus propias manos… dijo que tenían que acabar con esa familia”.

 

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Expertos en psicología comunitaria advierten que este tipo de “violencias en bola de nieve” son reacciones automáticas que anulan la razón y causan daños irreversibles, no solo físicos sino estructurales.

El estigma de una acusación de abuso, incluso si resulta ser falsa o infundada, puede empujar a un adolescente hacia conductas suicidas o al consumo de sustancias ante la pérdida total de su plan de vida.

En Colombia, las estadísticas son aterradoras: tres de cada diez personas prefieren hacer justicia por su cuenta antes que denunciar, y en casos de inocentes liberados por delitos sexuales, más del 60% están ligados a acusaciones falsas o errores de identificación.

La Policía Metropolitana de Bogotá ha iniciado una investigación disciplinaria para esclarecer el procedimiento del cuadrante y el incidente con el vehículo policial.

Mientras tanto, el conjunto residencial en Usme permanece dividido por el miedo y el odio.

El adolescente de 15 años permanece con pronóstico reservado, recuperándose de la herida en el pulmón, mientras su familia teme por la vida de sus otros dos hijos menores.

Este caso vuelve a poner sobre la mesa el peligro de los juicios mediáticos y vecinales en una sociedad donde la sospecha se castiga con la muerte.

“No sé nada de eso, después se sabe que la persona era muy conflictiva… pero así las personas sean conflictivas y todo, eso no avala que los maten”, concluye un allegado a la familia.

 

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La justicia formal ahora tiene el reto de identificar no solo si hubo un delito inicial, sino de judicializar a quienes, bajo el pretexto de proteger a un menor, casi asesinan a otro basándose únicamente en un rumor de pasillo.