El 18 de enero de 2001, paramilitares del bloque Montes de María perpetraron la masacre de Chengue en Ovejas, Sucre, asesinando brutalmente a 28 hombres y desplazando a la población.

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El 18 de enero de 2001, la tranquilidad del corregimiento de Chengue en Ovejas, Sucre, se vio brutalmente interrumpida por una de las masacres más horrendas de la historia reciente de Colombia.

En una noche que debería haber sido como cualquier otra, el silencio fue roto por el horror cuando un grupo de 80 paramilitares del bloque Montes de María, tras cortar la electricidad, desataron su furia sobre la población.

En cuestión de horas, 28 hombres fueron asesinados a golpes, utilizando machetes y mazos, mientras el pueblo ardía en llamas y sus habitantes eran desplazados.

Santiago Gamarra, un sepulturero con una década de experiencia en el municipio, fue uno de los primeros en llegar a la escena.

“Esa noche, enterré a siete de los cuerpos.

No hay palabras para describir lo que ocurrió”, recordó con voz temblorosa.

La barbarie, que se conoce como la masacre de Chengue, es solo una de las 42 que tuvieron lugar en los Montes de María, un territorio marcado por la violencia y el sufrimiento.

 

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La masacre no fue un evento aislado.

Según informes, los paramilitares se movieron a través de un retén policial sin que nadie los detuviera.

El general retirado Quiñones, quien fue parte de las fuerzas de seguridad en la región, señaló que hubo advertencias sobre lo que podría suceder, pero la información fue silenciada.

“Nos informaron cinco horas después de que ya estaban en los alrededores de Chengue.

Las víctimas eran asesinadas literalmente a golpes en el cráneo”, relató con impotencia.

Los relatos de los sobrevivientes son desgarradores.

“Llegaban en camiones, llamaban a la gente por su nombre y, con un garrote de piedra, decapitaban a sus víctimas.

Era una escena de terror absoluto”, narró uno de los testigos.

La complicidad de las fuerzas del orden se convirtió en un tema recurrente en las investigaciones posteriores.

“La relación entre la fuerza pública y los paramilitares estaba documentada.

Dos suboficiales llevaron uniformes y alimentos para los hombres que iban a cometer la masacre”, afirmó un exfuncionario que prefirió permanecer en el anonimato.

El dolor de las víctimas no se ha desvanecido con el tiempo.

En la actualidad, la comunidad de Ovejas recuerda con rencor los eventos de esa fatídica noche.

“Cuando el expresidente Uribe visitó Ovejas, lo sacamos corriendo.

No olvidamos la masacre que sufrimos”, gritaron los habitantes, quienes no escatiman en reproches.

“Mentiroso, asesino, paraco”, resonaban en el aire, reflejando la rabia acumulada durante años.

 

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La fiscal de derechos humanos, Mónica Gaitán, quien ha estado exiliada debido a amenazas por investigar estas masacres, ha sido una voz constante en la lucha por la verdad y la justicia.

“El dolor de las víctimas del conflicto armado estará siempre presente.

La corrupción y la connivencia con el Estado han impedido que se haga justicia”, dijo Gaitán, recordando cómo, tras la masacre, un paramilitar se entregó y confesó.

“Tenía pruebas que involucraban a agentes del Estado, pero el fiscal me dijo que no podían tocar esas instancias de gobierno”.

Las palabras de Gaitán resaltan la complejidad del conflicto colombiano, donde la violencia ha sido utilizada como herramienta para silenciar a quienes se levantan contra el sistema.

“La paz no se construye con traiciones; se hace con la palabra sobre la mesa”, enfatizó, recordando que los que alguna vez fueron considerados héroes, ahora son vistos como traidores.

En un país donde el pasado está lleno de heridas abiertas, la masacre de Chengue sigue siendo un símbolo de la lucha por la memoria y la justicia.

Los habitantes de Ovejas, alzando sus voces, se niegan a olvidar.

“No olvidemos lo que pasó aquí.

La memoria es nuestra única arma”, concluyeron, reafirmando su compromiso con la verdad en un país que aún lucha por sanar sus profundas cicatrices.

 

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