La Trágica Historia de Josef Tiso: Un Sacerdote Convertido en Cómplice del Nazismo - News

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La Trágica Historia de Josef Tiso: Un Sacerdote Convertido en Cómplice del Nazismo

El Tribunal Nacional de Bratislava condenó a muerte y ejecutó en la horca al sacerdote y expresidente eslovaco Jozef Tiso por crímenes de guerra y alta traición

 

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El 18 de abril de 1947, en Bratislava, la horca estaba preparada desde el amanecer para poner fin a uno de los capítulos más oscuros y contradictorios de la Segunda Guerra Mundial en la Europa Central.

Al abrirse la celda, Jozef Tiso se levantó con parsimonia, se ajustó la sotana negra y caminó en absoluto silencio hacia el patíbulo.

Aquel hombre, que unía en su persona la condición de sacerdote católico y la de presidente de la Primera República Eslovaca, había firmado durante años los decretos que enviaron a decenas de miles de judíos de su propio país a los campos de exterminio del Tercer Reich.

Su ejecución a los 59 años de edad marcó el desenlace judicial de una figura que prefirió la alianza con Adolf Hitler antes que la protección de sus conciudadanos, dejando un legado de profunda división que aún hoy genera debates en ciertos sectores nacionalistas.

Nacido en el seno de una familia humilde y sumamente religiosa, hijo de un carnicero y de una madre de fe inquebrantable que educó a sus siete hijos bajo una estricta disciplina eclesiástica, Jozef Tiso destacó desde muy joven por su asombrosa capacidad intelectual y su devoción por los estudios.

Antes de cumplir los 18 años ya dominaba con fluidez el húngaro, el alemán y el latín, lo que llamó la atención del obispo de Nitra, Imre Bende, quien decidió patrocinar sus estudios de teología en la prestigiosa Universidad de Viena.

Tras ordenarse sacerdote en 1910 y obtener el doctorado al año siguiente, Tiso regresó a su tierra natal y comenzó a ejercer un papel muy activo en la comunidad.

Fundó cooperativas de ayuda mutua, organizó iniciativas sociales para los trabajadores más desfavorecidos y distribuyó alimentos a precios accesibles.

Sin embargo, detrás de esa fachada de líder comunitario y compasivo, comenzó a gestarse una peligrosa retórica excluyente: en sus discursos empezó a culpar públicamente a los taberneros judíos del alcoholismo de los eslovacos y a transformar las tensiones comerciales en una supuesta cruzada de supervivencia nacional.

Su experiencia como capellán militar durante la Primera Guerra Mundial endureció su carácter y fortaleció su convicción de que el pueblo eslovaco requería orden, una identidad nacional unificada y una regeneración moral.

El colapso del Imperio austrohúngaro en 1918 y la creación de Checoslovaquia le ofrecieron la plataforma política perfecta.

Tiso ingresó de inmediato en el Partido Popular Eslovaco, una formación conservadora, clerical y fuertemente nacionalista, donde ascendió rápidamente gracias a su elocuencia y su carisma austero.

Nombrado ministro de Salud y Educación Física en 1927, sorprendió a la opinión pública al rechazar el apartamento oficial en Praga para seguir viviendo con sencillez en un monasterio franciscano, consolidando su imagen de político incorruptible e inmune a los lujos del poder.

En 1938, tras el fallecimiento del líder histórico Andrej Hlinka, asumió la jefatura absoluta del partido justo cuando la crisis de los Sudetes y el posterior Acuerdo de Múnich desmembraban la democracia checoslovaca sin que el gobierno de Praga fuera siquiera invitado a la mesa de negociaciones.

El destino definitivo de Tiso se selló el 14 de marzo de 1939, cuando fue convocado a Berlín por Adolf Hitler, quien le planteó un ultimátum inapelable: o Eslovaquia declaraba su inmediata independencia bajo la tutela del Tercer Reich, o el territorio sería repartido y absorbido por Hungría.

Tiso regresó a Bratislava, convocó de urgencia al Parlamento y proclamó el nacimiento de la Primera República Eslovaca, un Estado formalmente independiente que en la práctica funcionó como un régimen satélite de la Alemania nazi.

Con el respaldo de una parte importante de la jerarquía eclesiástica local, que justificaba las políticas autoritarias como un mecanismo de defensa de los valores cristianos, el gobierno de Tiso se radicalizó rápidamente.

En abril de 1940 se aprobó la ley de arianzación, que confiscó de forma sistemática comercios, tierras y propiedades de la población judía.

Tras una reunión en Salzburgo en julio de ese mismo año, donde Hitler exigió un alineamiento absoluto en la “cuestión judía”, Tiso apartó a los miembros moderados de su gabinete y firmó el 9 de septiembre de 1941 el denominado “Código Judío”, una legislación de una severidad extrema que impuso la exclusión total de los judíos de la vida pública y económica, obligándolos a portar la estrella amarilla.

El censo oficial de diciembre de 1940 ya había registrado con precisión matemática a los 89.

000 judíos residentes en el territorio nacional.

La fase más trágica del régimen comenzó en marzo de 1942, cuando el gobierno eslovaco firmó un acuerdo sin precedentes con el Tercer Reich para la deportación de sus ciudadanos judíos, llegando al extremo de pagar a las autoridades alemanas 500 marcos por cada persona deportada bajo el concepto de “gastos de reasentamiento”, lo que supuso un desembolso estatal total de 10 millones de marcos.

Alrededor de 58.000 judíos fueron recluidos en campos locales como Sered, Nováky y Vyhne antes de ser entregados a las SS en la frontera polaca para su posterior traslado a los campos de exterminio de Auschwitz, Majdanek y Sobibor, de los cuales solo sobrevivieron unos 300.

A pesar de las advertencias personales y directas del Nuncio Apostólico en Bratislava sobre las matanzas sistemáticas en la Polonia ocupada, Tiso defendió públicamente sus acciones.

En agosto de 1942, durante un polémico discurso en Holič, declaró con firmeza ante la multitud: “Dicen: ¿es esto cristiano? ¿Es humano? Pero yo pregunto: ¿no es cristiano que el pueblo eslovaco quiera deshacerse de su enemigo eterno, el judío? El amor propio es un mandamiento de Dios, y ese amor me ordena eliminar todo lo que me perjudica, todo lo que amenaza mi vida”.

Aunque las deportaciones se suspendieron temporalmente en el otoño de 1942 debido a las presiones internacionales, la tregua terminó abruptamente el 29 de agosto de 1944 con el estallido del Levantamiento Nacional Eslovaco.

Incapaz de sofocar la rebelión interna, Tiso solicitó formalmente la intervención militar de la Alemania nazi.

Con la entrada de la Wehrmacht y las unidades de exterminio de las SS, se reanudaron las deportaciones masivas que enviaron a otros 12.

600 judíos a los campos de concentración.

En un acto que generó indignación generalizada, el 30 de octubre de 1944, Tiso condecoró públicamente en Banská Bystrica a los soldados alemanes que habían aplastado la insurrección, entre ellos a Oskar Dirlewanger, un oficial nazi conocido por sus brutales métodos de tortura y masacres de civiles en el frente oriental.

Con la caída del Tercer Reich ante el avance del Ejército Rojo en abril de 1945, Tiso abandonó Bratislava y huyó a Baviera utilizando la identidad falsa de “Doctor Joseph Taborsky” para refugiarse en un monasterio capuchino en Altötting.

Fue localizado y arrestado por las tropas estadounidenses en junio de ese año, y posteriormente extraditado a Checoslovaquia en octubre de 1945.

Su juicio formal comenzó el 2 de diciembre de 1946 ante el Tribunal Nacional de Bratislava.

A lo largo del proceso, la fiscalía presentó pruebas documentales abrumadoras que incluían los decretos de deportación firmados de su puño y letra y los registros de los pagos financieros realizados al régimen nazi.

Durante las sesiones más duras, cuando se proyectaron filmaciones reales de la liberación del campo de concentración de Auschwitz con montañas de cadáveres y sobrevivientes famélicos, Tiso evitó mirar la pantalla manteniendo la vista fija en el suelo y mostrando una absoluta indiferencia.

Al ser interrogado sobre si sentía algún tipo de remordimiento por las víctimas, el acusado respondió con frialdad: “Si demostrara remordimiento, estarían diciendo que confieso mi culpa. Y yo soy inocente”.

En su sentencia final, el juez presidente Igor Daxner rechazó cualquier posibilidad de clemencia debido a la gravedad de los hechos y la falta de empatía del acusado, señalando que el procesado poseía una “insanidad moral” incompatible con el perdón judicial.

El 15 de abril de 1947, el Tribunal Nacional declaró a Jozef Tiso culpable de alta traición, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, condenándolo a morir en la horca.

Tres días después, tras murmurar una última oración en eslovaco en el cadafalso, se ejecutó la sentencia a las 7:30 de la mañana, certificándose su fallecimiento por asfixia siete minutos más tarde.

Sus restos fueron enterrados inicialmente en una tumba anónima y secreta por temor a que se convirtiera en un lugar de peregrinación, aunque décadas después fueron exhumados y trasladados a la catedral de Nitra, cerrando así la crónica de un teólogo que utilizó su formación espiritual para justificar el exterminio de sus propios conciudadanos.

 

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