Detrás del éxito de la mítica dupla con Alberto Olmedo se escondía una realidad de abandono filial, litigios judiciales y la indigencia de la madre de su único hijo biológico.

 

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BUENOS AIRES — Para la memoria colectiva del espectáculo rioplatense, la figura de Jorge «El Gordo» Porcel representa la cúspide del humor costumbrista y la picaresca de los años setenta y ochenta.

Su presencia física imponente, su sincronización cómica perfecta y aquella alianza mítica con Alberto Olmedo paralizaban un país cada vez que se encendían las pantallas.

Sin embargo, a veinte años de su fallecimiento en Miami, la reconstrucción de su biografía privada desvela un reverso dramático que contrasta de manera absoluta con la jovialidad de sus personajes cinematográficos y televisivos.

Nacido en el barrio porteño de Floresta en 1936, Porcel poseía un carisma natural indudable. Su ascenso desde los escenarios del teatro de revista de la calle Corrientes hasta convertirse en un fenómeno de masas se cimentó sobre una fórmula de ingenio popular y dobles sentidos.

No obstante, mientras la maquinaria del éxito financiero y el reconocimiento público funcionaba a pleno rendimiento, el cómico tejía una compleja red de compartimentos estancos en su vida privada, caracterizada por las duplicidades afectivas y un férreo hermetismo mediático.

Casado legalmente desde 1963 con Olga Gómez, quien fuera su compañera incondicional en los inicios de su carrera, Porcel mantuvo de forma paralela extensas relaciones extramatrimoniales con figuras del ambiente y mujeres alejadas de los focos.

Fue a mediados de los años sesenta cuando conoció a Norma de Mauricio, una joven empleada de una peluquería de barrio. De aquel vínculo clandestino nació en 1974 Jorge Porcel Junior, el único hijo biológico del actor.

A 20 años de la muerte de Jorge Porcel: luces y sombras de uno de los  mayores capocómicos de la Argentina - Infobae

 

A diferencia de otros casos de la época, Porcel no negó la paternidad ante los registros civiles; otorgó su apellido al menor, pero la responsabilidad legal no se tradujo en una presencia paterna.

Durante la infancia del niño, el actor se encontraba en el apogeo de su carrera con formatos de audiencias estratosféricas como Las gatitas y ratones de Porcel o las producciones cinematográficas de los populares personajes militares «los colimbas».

La distancia entre padre e hijo se transformó en un abismo psicológico a principios de la década de mil novecientos ochenta. En ese período, Porcel y su esposa Olga adoptaron a una niña a la que llamaron María Sol.

Para Jorge Junior, que entonces contaba con apenas ocho años, el mensaje institucional de su padre fue devastador: el hombre que adolecía de tiempo para su hijo biológico decidía fundar un nuevo núcleo familiar legítimo.

La disputa por la manutención económica se convirtió en un proceso judicial crónico. Según testimonios posteriores del propio hijo, el capocómico requería la constante presión de bufetes de abogados para cumplir con las obligaciones alimentarias básicas.

Aunque bajo coerción legal llegó a transferir una mensualidad y la titularidad de dos propiedades —un piso en la Capital Federal y una finca en el suburbio residencial de Acassuso—, ambas fincas arrastraban severas cargas hipotecarias que Norma de Mauricio, con sus ingresos de trabajadora asalariada, no pudo sufragar, derivando en la pérdida de los inmuebles.

Al cumplir el joven los 21 años y abandonar los estudios formales, el actor interrumpió de manera definitiva todo soporte financiero, declarando públicamente que la subsistencia de su hijo ya no era un asunto de su incumbencia.

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El trágico fallecimiento de Alberto Olmedo en marzo de 1988 en Mar del Plata desarticuló la fórmula profesional de Porcel.

Su última película en suelo argentino, El profesor Punk, rodada pocos meses después de la muerte de su compañero, evidenció el agotamiento de un estilo de humor que ya no encontraba réplica.

Ante el declive de contratos y un notable deterioro físico provocado por una obesidad severa que rozaba los 250 kilogramos, el actor tomó la decisión de emigrar a los Estados Unidos en 1991.

En Miami inició una nueva etapa comercial y mediática. Condujo el espacio nocturno A la cama con Porcel para la cadena Telemundo y regentó un establecimiento gastronómico especializado en cocina rioplatense, donde explotaba la nostalgia de la comunidad exiliada.

Incluso obtuvo un breve reconocimiento internacional al participar bajo la dirección de Brian De Palma en el largometraje de Hollywood Carlito’s Way (1993), compartiendo escena con Al Pacino.

Paralelamente, el entorno de la industria televisiva argentina conoció las directrices del actor para restringir las oportunidades laborales de su hijo en los medios locales, un intento de mantenerlo al margen de su órbita de influencia y proteger su patrimonio ante futuras reclamaciones hereditarias.

Hacia mediados de los noventa, aquejado por el párkinson y una dolencia espinal que lo confinó a una silla de ruedas, Porcel experimentó una conversión religiosa hacia la fe evangélica.

Bajo la guía espiritual del pastor Alberto Delgado, comenzó a redactar literatura devota y a realizar aportaciones a la comunidad eclesiástica, renegando del tono erótico que había caracterizado su obra.

A pesar de un breve acercamiento telefónico con su hijo en 1997, las estructuras de exclusión familiar permanecieron inalteradas hasta el fin de sus días.

A 20 años de la muerte de Jorge Porcel, el rey del doble sentido y el  cómico más odiado por las vedettes

 

El contraste de las trayectorias vitales de los protagonistas de esta historia se acentuó tras la muerte del cómico, acaecida el 16 de mayo de 2006 en el Mercy Hospital de Miami a causa de un paro cardiorrespiratorio.

El hombre que había congregado a millones de espectadores fue despedido en su sepelio en Buenos Aires por apenas ochenta personas, un dato que la crónica periodística de la época interpretó como el reflejo del aislamiento social que sembró en su entorno íntimo.

El destino de Norma de Mauricio fue el más severo de este entramado. Sumida en una profunda depresión y desprovista de recursos, la madre del hijo de Porcel pasó sus últimos años en la indigencia absoluta, recurriendo a la beneficencia en la vía pública para costear su sustento.

Falleció en el anonimato el 11 de julio de 2014 en el hospital municipal de Vicente López, y su deceso no trascendió a los medios hasta una semana después.

En la actualidad, Jorge Porcel Junior continúa batallando en los tribunales estadounidenses por la resolución de una compleja sucesión testamentaria que involucra millones de dólares, bloqueada por el hermetismo y la hostilidad del entorno legal de la viuda y la hija adoptiva del actor.

La herencia material de uno de los mayores mitos del humor argentino sigue bajo litigio, mientras que su legado humano permanece ligado a las sombras de un diagnóstito médico que marcó la identidad de su hijo: el peso del abandono paterno.