Nacida en la miseria más absoluta y convertida en un icono de la cultura de Buenos Aires, la actriz y cantante sufrió la persecución política y el desamor antes de refugiarse en una soledad elegida.

 

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«Miré a la vida de frente, y me dejó su marca. Cada arruga que tengo lleva una pena escondida». La frase, pronunciada por Tita Merello en el ocaso de su existencia, resume con precisión quirúrgica la trayectoria de una de las máximas leyendas del espectáculo argentino.

Capaz de congregar a multitudes en las salas de teatro y de protagonizar los mayores éxitos de taquilla de la época dorada del cine austral, Merello conoció tanto la cúspide de la adoración popular como el abismo del destierro, las listas negras y la indigencia económica.

El origen de la artista, bautizada oficialmente como Laura Ana Merello el 11 de octubre de 1904 en un conventillo del barrio de San Telmo —aunque investigaciones uruguayas sostienen el mito de que nació seis años antes en San Ramón, Uruguay, bajo el nombre de Carmen Eusebia—, estuvo marcado por la tragedia.

Su padre falleció de tuberculosis cuando ella apenas tenía siete meses.

Ante la pobreza extrema, su madre, una humilde lavandera, se vio obligada a entregarla a un orfanato a los cinco años.

Tras una infancia ejerciendo como peón de campo en condiciones de semi-esclavitud, el hambre la empujó a los escenarios a los quince años.

Inicialmente rechazada, logró debutar como corista en el Bataclán, un teatro de baja estofa frecuentado por marineros.

Siendo completamente analfabeta, no aprendió a leer y escribir hasta los veinte años, sirviéndose de un diccionario que adquirió con sus primeros ingresos.

Su temperamento desafiante y su interpretación de tangos irónicos y sarcásticos la catapultaron al éxito.

En 1933 hizo historia al participar en Tango, el primer largometraje sonoro del cine argentino, consolidando su carrera con obras cumbre como Los isleros y Mercado de Abasto.

 

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La vida personal de la actriz estuvo indebidamente ligada a su gran y único amor: el célebre actor Luis Sandrini.

Se conocieron en el plató de Tango en 1933, cuando él aún estaba casado con Chela Cordero, y tardaron nueve años en hacer pública su relación.

Para la sociedad conservadora de la época, la convivencia de la pareja supuso un escándalo mayúsculo.

Merello, epítome de la mujer libre y dueña de su sexualidad, se transformó por amor en una compañera devota, llegando a relegar su propia carrera en 1946 para acompañarlo a México.

La ruptura definitiva aconteció en 1948, cuando a Tita se le ofreció el papel de su vida en la obra Filomena Marturano.

Sandrini, quien exigía que ella lo acompañase a España a filmar un proyecto, le planteó un ultimátum: «Si no vienes conmigo, lo nuestro se termina».

Merello priorizó su carrera profesional, una decisión que la sumió en una perenne melancolía.

Mientras Sandrini rehízo su vida familiar junto a Malvina Pastorino, Merello jamás volvió a establecer una relación estable, dejando una silla vacía en su apartamento del Barrio Norte destinada perpetuamente al recuerdo del actor.

De ese dolor romántico nació el tango «Llamarada pasional» y su icónica versión de «Se dice de mí» en 1954, pieza originalmente escrita para un hombre que ella reformuló como un manifiesto de resistencia frente a las críticas hacia su físico y su voz ronca.

 

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El punto de inflexión de su carrera se produjo en septiembre de 1955.

Tras el derrocamiento del gobierno de Juan Domingo Perón por la denominada Revolución Libertadora, las nuevas autoridades militares instauraron comisiones de investigación destinadas a perseguir a las figuras del espectáculo vinculadas al régimen depuesto.

Merello fue formalmente acusada de enriquecimiento ilícito mediante el contrabando de té de Ceilán, un cargo hoy considerado inverosímil pero que en aquel clima de polarización política bastó para que la televisión y los teatros le cerraran las puertas.

Obligada a exiliarse en México, su posterior regreso a Argentina estuvo marcado por la humillación profesional: para subsistir, la otrora reina del espectáculo se vio forzada a actuar en parques de atracciones céntricos y en carpas de circos ambulantes en las provincias del interior.

Aunque años más tarde la justicia civil la exoneró de todos los cargos y demostró la falsedad de la acusación, el daño institucional y reputacional ya era irreversible.

 

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En sus años maduros, Merello logró recuperar el respeto de la industria y la audiencia, canalizando su influencia mediática hacia la salud pública.

Su recordada campaña televisiva instando a las mujeres a realizarse el test de Papanicolaou —bajo la célebre proclama «Muchacha, hacete el Papa Nicolao»— caló hondo en la sociedad, salvando miles de vidas y dando pie, décadas después, a la creación de aplicaciones médicas preventivas como Tita App.

Fiel a su desprendimiento, vendió su propiedad de Barrio Norte para donar los fondos al Hospital de Niños.

Sus últimos años transcurrieron en una reclusión voluntaria en las instalaciones de la Fundación Favaloro, por invitación directa del eminente cardiólogo René Favaloro, quien se erigió en su protector ante la ausencia de familiares directos.

Tras el suicidio de Favaloro en el año 2000 y el posterior fallecimiento de su hermano Pascual, la actriz se sumió en una severa depresión, rechazando cualquier tratamiento médico al ser diagnosticada con un cáncer de mama con metástasis cerebral.

Tita Merello falleció en la víspera de Navidad de 2002, a los 98 años de edad, en una habitación de la citada fundación, acompañada únicamente por su cuidadora.

Con su deceso, desapareció la última gran cronista del asfalto porteño, una mujer que nació en la indigencia, conquistó la gloria cinematográfica y enfrentó el olvido con la misma hidalguía con la que interpretó sus tangos.