Las apariciones públicas de Álvaro Uribe y Paloma Valencia muestran baja asistencia, eventos cerrados y una sensación de soledad política frente a lo que antes eran multitudes.

 

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Álvaro Uribe, el expresidente colombiano, se presentó en Cali para agradecer a sus ciudadanos, pero sus apariciones revelan un patrón preocupante en su campaña actual.

A diferencia de su colega Cepeda, la campaña de Paloma Valencia se desarrolla en espacios reducidos, como salones y auditorios, lo que pone de manifiesto los problemas de imagen que enfrentan.

En estos eventos, se ha evidenciado que los únicos que lo acompañan son sus escoltas, lo que genera la sensación de una soledad abrumadora.

“Allá va solito Alvarito por la capital de Boyacá”, se escuchó entre la multitud, donde antes era común ver a sus seguidores vitoreando su nombre.

Ahora, el silencio es ensordecedor.

En un auditorio, los aplausos pueden sonar fuertes, pero en la calle, el apoyo se desvanece.

“¿Dónde están los simpatizantes?”, se preguntan muchos, al ver que ni siquiera se acercan a él.

Las redes sociales de los simpatizantes del partido muestran auditorios llenos, pero un análisis más detallado revela un patrón: “Si se fija bien, encontrará chalecos y gorras como si estuvieran uniformados”, comentó un ciudadano, sugiriendo que el partido ha pagado para llenar los asientos vacíos.

“El Centro Democrático pagó a toda esta gente para dar su show”, añadió, riéndose de la situación.

Esta estrategia ha llevado a que muchos se cuestionen la autenticidad del apoyo que recibe Uribe.

 

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Un problema adicional que se ha hecho evidente es la logística deficiente en sus eventos.

“En sus eventos sobran las sillas”, se quejaron algunos asistentes, quienes notaron que la asistencia ha sido muy baja.

Cuando Uribe intenta dirigirse al público en espacios abiertos, los abucheos son inminentes.

“Fuera, fuera”, gritan desde la multitud en Boyacá, mientras que en Buga la situación es similar, con protestas que interrumpen su discurso.

“Hoy hace un discurso desde las instalaciones de este parque emblemático”, se escuchaba decir a un reportero, mientras las personas a su alrededor expresaban su descontento.

“El pueblo no le cree a sus propuestas”, afirmaron, dejando claro que la confianza en su liderazgo se ha desvanecido.

Las protestas han crecido, y muchos ciudadanos se han dado cita para reclamar y abuchar sus discursos, mostrando su indignación ante lo que perciben como promesas vacías.

En un momento tenso en Kipdo, un asistente se dirigió a Uribe: “¿Cuántos votos tiene acá? Esta es la gente de Uribe, tiene como 10 votos”, lo que provocó risas entre los presentes.

“El pueblo está contigo”, respondieron algunos, pero el tono general era de escepticismo.

Tal vez por eso, en Cali, se vieron obligados a encerrarse, ya que afuera, el clamor de “Petro, Petro” resonaba con fuerza.

 

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Un video capturó el momento en que Uribe y Paloma se encontraban en el centro comercial Gran Comercio.

En las afueras, las protestas alcanzaron un nuevo nivel, con manifestantes quemando banderas del partido.

“Le duele, le duele fallar esta bandera”, se escuchó a uno de los manifestantes, mientras grababa la escena.

“Dígale que no es para eso”, insistía otro, mostrando el descontento generalizado.

La situación ha puesto en evidencia no solo la fragilidad de la campaña de Uribe, sino también la desconexión que siente la ciudadanía hacia su figura.

La imagen del líder que una vez fue un símbolo de poder y control se ha desvanecido, dejando a su paso un rastro de incertidumbre y resistencia.

La pregunta que queda en el aire es: ¿podrá el uribismo recuperar la confianza del pueblo colombiano, o seguirá enfrentándose a un creciente rechazo en las calles?

Con cada aparición pública, la presión aumenta, y el eco de las voces críticas se hace más fuerte.

La campaña de Paloma Valencia, lejos de ser un camino hacia el éxito, se ha convertido en un campo de batalla donde la lealtad se cuestiona y la verdad se oculta tras la fachada de un apoyo que parece más fabricado que genuino.

 

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