El estratega político Roy Barreras advirtió que el progresismo perderá las próximas elecciones presidenciales ante el derechista Abelardo de la Espriella si la campaña de Iván Cepeda no corrige el rumbo y se abre de inmediato hacia los sectores del centro político

 

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El panorama político colombiano ha sufrido un sacudón tectónico tras conocerse los últimos resultados electorales, dejando al descubierto una profunda fractura en las estrategias de las principales fuerzas del país y encendiendo las alarmas en los sectores de centro e izquierda.

En un análisis directo y sin concesiones, el experimentado estratega y líder político Roy Barreras lanzó una severa advertencia que ya resuena en todos los círculos de poder: si el progresismo, hoy encarnado en la candidatura de Iván Cepeda, no corrige el rumbo de manera inmediata y se abre hacia el centro político, el país se enfrentará a un hecho que muchos consideraban impensable, y es que el polémico abogado derechista Abelardo de la Espriella se corone como el próximo presidente de la República.

La jornada electoral no solo dejó ganadores y perdedores, sino también valiosas lecciones matemáticas sobre el comportamiento del electorado.

Barreras comenzó por reconocer la eficiencia del sistema electoral, que arrojó resultados en tiempo récord, pero rápidamente pasó a desglosar las cifras que definen el nuevo mapa del poder.

Uno de los datos más reveladores fue el declive de Paloma Valencia, quien apenas logró consolidar un siete por ciento de los votos.

 

Roy Barreras reconoció derrota tras resultados de la primera vuelta  presidencial: “Los dejé en libertad para votar por el progresismo” - Infobae

 

Este fenómeno explica que el uribismo puro y duro, esa base radical que históricamente la acompañaba, decidió abandonarla en masa para volcar su apoyo incondicional hacia la figura más extrema y mediática de Abelardo de la Espriella.

Ese pequeño porcentaje que le quedó a Valencia, sumado a los caudales de figuras moderadas como Sergio Fajardo y Claudia López, representa un decisivo doce por ciento flotante que se ubica en el centro del espectro político.

Es justamente en este sector donde se definirá el futuro de la nación, constituyendo el botín electoral que el progresismo necesita conquistar si aspira a retener el poder ejecutivo.

Sin embargo, el camino hacia esa alianza parece bloqueado por la propia dinámica interna de la campaña de Iván Cepeda.

Históricamente reconocido como un hombre de convicciones férreas pero con una notable disposición al diálogo y a la concertación, Cepeda parece haber caído en una peligrosa trampa de ensimismamiento y soberbia política.

El análisis de los expertos apunta a que la figura del actual mandatario, Gustavo Petro, ha operado simultáneamente como la causa eficiente de la viabilidad de Cepeda y como su techo electoral más inquebrantable.

Al verse obligado a actuar como el escudero principal del Gobierno y a adoptar las posiciones más radicales del petrismo, Cepeda ha terminado por mimetizarse con las formas confrontativas del Ejecutivo, un costo político que ahora le pasa factura en las urnas.

Quienes conocen de cerca al candidato aseguran que, aunque comparte el fondo ideológico de las reformas propuestas por el palacio presidencial, difiere profundamente de los métodos impositivos utilizados para implementarlas, una distancia que no supo o no pudo escenificar ante la opinión pública a lo largo de la contienda.

 

Roy Barreras reconoció derrota tras resultados de la primera vuelta  presidencial: “Los dejé en libertad para votar por el progresismo” - Infobae

 

Esta falta de autonomía se hizo evidente en sus recientes apariciones ante los medios de comunicación.

Aunque en los últimos días Cepeda ha intentado marcar tímidas distancias frente a los escándalos de corrupción que salpican a la administración y ha mostrado una sorpresiva apertura para revisar temas álgidos como la política de hidrocarburos o la reforma a la salud mediante la concertación con el sector privado, sus esfuerzos se diluyen cuando se tocan los puntos neurálgicos que generan pánico en los sectores moderados.

El ejemplo más flagrante es su postura ambigua frente a la propuesta de una Asamblea Nacional Constituyente.

A pesar de la insistencia de los entrevistadores, quienes llegaron a interrogarlo hasta en tres ocasiones consecutivas sobre este asunto, Cepeda se negó rotundamente a fijar una posición clara, dejando en el aire el temor de una reforma constitucional radical que ahuyenta de inmediato al electorado centrista.

La advertencia de Roy Barreras funciona entonces como un fuerte regaño y un llamado a la cordura pragmática.

La terquedad de mantener una campaña cerrada y dogmática solo conduce a la resignación de entregarle las llaves del Palacio de Nariño a un ala de la derecha que promete mano dura y una retórica de confrontación total.

Si la campaña de Iván Cepeda insiste en mantener las banderas más radicales del petrismo sin realizar una autocrítica profunda ni tender puentes hacia el fajardismo y el centro independiente, el veredicto de las próximas votaciones ya parece estar escrito.

La centroderecha ha demostrado una enorme capacidad de unificación en torno a la figura de De la Espriella, capitalizando el descontento y el miedo institucional.

Para el progresismo colombiano, el tiempo de la soberbia ha terminado; la única alternativa frente al triunfo inevitable de la derecha radical es una apertura política audaz, o prepararse para presenciar el ascenso de Abelardo de la Espriella a la jefatura del Estado.

 

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