Los gremios del sector de transporte de carga y pasajeros convocaron una paralización nacional para el próximo 2 de junio ante el incumplimiento de los subsidios y apoyos financieros prometidos por el Poder Ejecutivo

 

Las personas buscaron distintas formas de llegar a sus destinos durante el paro de transportistas. (Foto: Antonio Melgarejo/ @photo.gec)

 

El sector del transporte de carga y pasajeros ha decidido romper definitivamente el diálogo con el Poder Ejecutivo y convocar una paralización total de actividades a partir del próximo 2 de junio.

Esta medida de fuerza, que promete congelar las principales arterias viales del país y afectar gravemente el abastecimiento de productos de primera necesidad, surge como respuesta directa al flagrante incumplimiento de los acuerdos suscritos previamente con las autoridades gubernamentales.

Los gremios del sector denuncian que las promesas oficiales respecto a la entrega de subsidios económicos y la implementación de programas de apoyo financiero directo se han quedado en meras declaraciones políticas, dejando a miles de empresas de transporte al borde de la quiebra absoluta en medio de un escenario macroeconómico sumamente hostil.

La crisis que atraviesa el gremio de transportistas no es un fenómeno reciente, sino el resultado de una acumulación de factores logísticos y económicos que han vuelto insostenible la operación diaria.

El detonante principal de esta protesta es el incremento desmedido e ininterrumpido del precio del diésel, un insumo básico que representa más de la mitad de los costos operativos de cualquier flota de transporte.

Los dirigentes gremiales señalan que, mientras las tarifas del combustible continúan su tendencia al alza en las estaciones de servicio, los fletes y los pasajes no pueden incrementarse en la misma proporción sin afectar drásticamente el bolsillo de los ciudadanos, lo que ha reducido los márgenes de ganancia a niveles prácticamente inexistentes.

Esta asfixia financiera ha provocado el cierre definitivo de cientos de medianas y pequeñas empresas familiares, así como una drástica reducción de operaciones en las compañías que aún intentan resistir.

 

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A este sombrío panorama económico se suma un factor estructural que desborda la paciencia de los conductores: la alarmante ola de inseguridad ciudadana y delincuencia organizada que azota las principales carreteras del territorio.

Los asaltos a mano armada, el robo de mercancías de alto valor, las extorsiones a las empresas formales y los ataques violentos contra los choferes en las rutas interprovinciales se han convertido en una constante que las fuerzas del orden no han logrado mitigar.

Las organizaciones de transportistas argumentan que recorrer las vías del país se ha transformado en una actividad de altísimo riesgo, una situación de desamparo que no solo genera pérdidas millonarias por desvalijamiento de carga, sino que ha provocado una fuga masiva de personal calificado.

Hoy en día, el sector enfrenta una escasez crónica de conductores profesionales, debido a que muchos prefieren migrar hacia otros rubros económicos o salir del país antes que arriesgar sus vidas al volante en rutas completamente desprotegidas por el Estado.

El diseño metodológico de la paralización programada para el 2 de junio contempla una estrategia progresiva y de cobertura nacional.

Según los lineamientos acordados por los comités de lucha de los diferentes gremios, la medida no consistirá únicamente en el apagado de motores de las unidades de transporte público, urbano e interprovincial, sino que incluirá el estacionamiento pacífico de camiones de carga pesada a los lados de las principales autopistas de acceso a las ciudades capitales.

Aunque los portavoces oficiales de la movilización han enfatizado que la consigna principal es mantener una protesta pacífica y evitar los bloqueos violentos que alteren el orden público, advierten que la masiva concentración de vehículos pesados generará un colapso logístico inevitable en los centros de distribución y terminales terrestres, afectando el traslado diario de miles de pasajeros y deteniendo el flujo de insumos hacia los mercados mayoristas.

 

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La inacción del Ministerio de Transportes y del Ministerio de Economía ante las reiteradas mesas de trabajo técnicas ha agotado los mecanismos de conciliación interna.

Los transportistas exigen de manera perentoria la activación inmediata de un fondo de estabilización de precios de los combustibles que realmente proteja al usuario del diésel de las fluctuaciones internacionales, así como la exoneración temporal de ciertos peajes administrados por concesiones que no garantizan condiciones mínimas de transitabilidad ni seguridad en las vías.

Asimismo, solicitan líneas de crédito blando con periodos de gracia reales a través de la banca estatal para permitir la reestructuración de las deudas financieras que las empresas contrajeron para renovar sus flotas antes de que estallara la actual crisis inflacionaria.

El impacto de esta huelga general se perfila como un duro golpe para una economía nacional que ya arrastra signos evidentes de desaceleración.

De no alcanzarse un acuerdo vinculante y de cumplimiento inmediato en las próximas horas, las consecuencias del desabastecimiento comenzarán a sentirse de forma acelerada en las principales cadenas de suministro, encareciendo aún más los productos de la canasta básica familiar debido a la especulación.

La pelota se encuentra ahora exclusivamente en la cancha del Ejecutivo, el cual debe decidir si mantiene la postura de promesas burocráticas o si finalmente asume el liderazgo político para implementar los salvavidas financieros y los planes de seguridad vial que un sector tan estratégico como el transporte necesita urgentemente para no terminar de colapsar.

 

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