Pastor se Burló de Milagros de Carlo Acutis… pero lo que Aconteció con su Hijo lo Marcó para Siempre

Estoy de rodillas en el piso frío del hospital cuando me doy cuenta de que pasé los últimos 27 años de mi vida entera enseñando mentiras.

Es martes 11 de marzo de 2025, exactamente 3:42 minutos de la madrugada y mi hijo de 17 años acaba de cerrar los ojos por primera vez en 43 días sin gritar de dolor.

Los médicos están afuera de la habitación discutiendo en voz baja algo que no entienden.

Yo tampoco entiendo nada, pero sé que algo imposible está sucediendo frente a mis ojos.

En mi mano derecha sostengo la Biblia que usé para predicar contra la idolatría católica durante décadas.

En mi mano izquierda escondida para que nadie la vea, hay una pequeña estampa de un muchacho italiano muerto a los 15 años.

Un muchacho cuyo nombre escupí con desprecio desde el púlpito cientos de veces. En las próximas horas tendré que elegir entre mi orgullo, mi reputation, mi iglesia entera y enfrentar la verdad más devastadora de mi existencia.

Mi nombre es Gabriel Enrique Morales, tengo 52 años y hasta hace 48 horas era el pastor titular de la Iglesia Evangélica Renacer en Cristo de Ciudad de México, congregación con 100 miembros fieles que me seguían sin cuestionar.

Mi voz era autoridad absoluta para esas personas. Cuando yo hablaba, ellas escuchaban como si Dios mismo estuviera usando mi boca.

Durante 27 años construí esa iglesia desde cero. Comencé en un local alquilado con 23 personas sentadas en sillas plásticas prestadas y la transformé en una de las congregaciones evangélicas más respetadas de la delegación Iztapalapa.

Cada domingo por la mañana a las 9 en punto subí al púlpito vestido con traje azul oscuro, camisa blanca impecable, corbata roja que mi esposa Elena Cristina planchaba la noche anterior.

El templo que construimos tiene capacidad para 100 personas. Paredes blancas, ventanas altas que dejan entrar luz natural, sistema de sonido profesional que costó 200,000 pes, pantallas gigantes a ambos lados del escenario donde proyectábamos las letras de las alabanzas.

Pasé 27 años predicando la palabra pura del evangelio, sin intermediarios, sin santos, sin imágenes, sin tradiciones humanas que contaminaran la fe verdadera.

Eso es lo que yo creía, eso es lo que enseñé a miles de personas y parte fundamental de mi predicación, especialmente en los últimos 5 años, era atacar directamente a la Iglesia Católica, no de forma sutil, no con insinuaciones delicadas.

Atacaba con toda la fuerza de mi convicción, con versículos bíblicos memorizados, con argumentos que había perfeccionado durante décadas.

Cada mes dedicaba por lo menos un domingo entero a explicar por qué la doctrina católica era herejía peligrosa que alejaba a las personas del verdadero Dios.

Hablaba de la idolatría de rezar a santos muertos. Hablaba de la blasfemia de llamar a un hombre padre cuando la Biblia dice claramente que solo hay un padre en el cielo.

Hablaba de cómo la veneración de María era paganismo disfrazado de cristianismo. Hablaba de las indulgencias, de la confesión a hombres pecadores, del purgatorio inventado, de las tradiciones que contradecían las escrituras.

Y mi congregación bebía cada palabra como si fuera agua en el desierto. Recuerdo perfectamente el primer domingo que mencioné el nombre de Carlo Aquutas desde el púlpito.

Fue domingo 22 de septiembre de 2019, hace 5 años y medio. Acababa de leer en las noticias que