El 17 de febrero de 2004, en una residencia gigantesca escondida entre los árboles de Bosques de las Lomas en la Ciudad de México, moría lentamente un hombre que décadas atrás había gobernado todo un país. No era cualquier anciano enfermo. Era el expresidente mexicano José López Portillo, el mismo que alguna vez prometió defender el peso “como un perro”, el mismo que encabezó uno de los sexenios más polémicos de la historia moderna del país.
Pero sus últimos días no estuvieron rodeados de honores ni ceremonias de Estado. Según acusaciones que años después detonaron una feroz guerra familiar, López Portillo habría pasado sus últimos años aislado, debilitado y atrapado dentro de una mansión convertida en territorio de tensión permanente. Y en el centro de esa tormenta aparecía un nombre imposible de separar de su decadencia final: Sasha Montenegro.
La historia oficial durante años habló de un romance escandaloso entre un expresidente envejecido y una vedette famosa del cine de ficheras. Sin embargo, detrás del glamour, las fiestas, las fotografías y la vida de lujo, comenzaron a circular versiones mucho más oscuras. Versiones sobre control, aislamiento, conflictos por herencia y presuntos malos tratos que dividieron para siempre a la familia López Portillo.
Mucho antes de convertirse en símbolo sexual del cine mexicano, Sasha Montenegro era Alexandra Achimovic Popovic, nacida en Bari, Italia, en 1946, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial.
Su familia, de origen yugoslavo y raíces montenegrinas, había sido golpeada por el exilio, la persecución y la destrucción provocada por el conflicto europeo. La muerte temprana de su padre y los constantes desplazamientos entre Italia, Alemania y Argentina marcaron una infancia donde la estabilidad prácticamente no existía.
Quienes han analizado su vida coinciden en algo: Sasha aprendió desde muy pequeña que el mundo era hostil y que sobrevivir requería adaptarse antes que confiar.
Cuando llegó a México a finales de los años 60, ya no era Alexandra. Había nacido Sasha Montenegro, un personaje diseñado para llamar la atención desde el nombre mismo. Misteriosa, elegante, extranjera y provocadora.
El cine mexicano encontró rápidamente en ella una figura perfecta para la explosión del llamado cine de ficheras. Películas como Bellas de noche, Pedro Navaja y otras producciones populares la convirtieron en una de las vedettes más famosas del país.
Sin embargo, detrás de la fama existía otra ambición. Sasha entendió pronto que el espectáculo podía dar dinero y notoriedad, pero no protección definitiva. Y esa protección terminaría buscándola en un lugar mucho más poderoso que cualquier estudio cinematográfico.
El encuentro con un expresidente derrotado

En 1984, en Sevilla, España, ocurrió el encuentro que cambiaría para siempre la vida de ambos.
José López Portillo ya había dejado la presidencia de México dos años atrás. Su gobierno había terminado entre crisis económica, devaluaciones y un enorme desgaste político. Aunque seguía siendo un hombre influyente, ya no ocupaba el centro del poder nacional.
Sasha tenía 38 años. Él, 62.
Según versiones contadas por la propia actriz, la conexión fue inmediata. López Portillo todavía conservaba el carisma, la voz autoritaria y la presencia de un hombre acostumbrado a mandar. Pero también cargaba algo más peligroso: la necesidad de sentirse admirado otra vez.
Para muchos miembros de la élite política mexicana, aquella relación fue un escándalo monumental. López Portillo seguía casado con Carmen Romano, figura histórica de la presidencia mexicana. Ver al exmandatario enamorado de una actriz del cine de ficheras fue interpretado como una humillación social y familiar.
Pero Sasha ya había entrado en el núcleo íntimo del expresidente.
Los hijos y la conquista de la Colina del Perro
En 1985 nació Nabila. En 1990 nació Alexander.
Con esos dos hijos, la relación dejó de ser una aventura para convertirse en una disputa de herencia, apellido y patrimonio.
En 1991 López Portillo se divorció finalmente de Carmen Romano y en 1995 formalizó su matrimonio con Sasha Montenegro.

Ese mismo periodo marcó el ascenso definitivo de Sasha dentro del mundo privado del expresidente. El símbolo máximo de esa conquista fue la famosa “Colina del Perro”, una gigantesca propiedad ubicada en Bosques de las Lomas.
La mansión era mucho más que una casa. Era un reino privado construido durante los años del poder presidencial: más de 120 mil metros cuadrados, cuatro residencias, biblioteca monumental, albercas, caballerizas y sistemas propios de energía.
Según distintas versiones, López Portillo terminó cediendo parte importante de esa propiedad a Sasha y a sus hijos. Para la familia del expresidente aquello fue intolerable.
La actriz ya no era una visitante incómoda. Ahora formaba parte legal y patrimonial del núcleo familiar.
El deterioro físico y las acusaciones más graves
Todo cambió en 1999.
Ese año, José López Portillo sufrió un infarto cerebral que deterioró gravemente su salud. El antiguo presidente comenzó a perder movilidad y autonomía.
Fue entonces cuando aparecieron las acusaciones más delicadas.
Familiares del expresidente, especialmente su hermana Margarita López Portillo, denunciaron públicamente que el exmandatario vivía aislado y presuntamente sometido a malos tratos dentro de la Colina del Perro.
Se habló de moretones, restricciones de visitas, encierro y control absoluto sobre el acceso al expresidente.
Nunca existió una sentencia judicial definitiva que comprobara esas acusaciones. Sin embargo, la guerra familiar escaló hasta niveles brutales.
Para los hijos y hermanos de López Portillo, Sasha Montenegro había tomado control total del entorno del exmandatario enfermo. Para ella, en cambio, todo formaba parte de una campaña destinada a quitarle derechos legales y patrimoniales.
La batalla legal final
En 2004 la familia intentó impulsar el divorcio definitivo entre López Portillo y Sasha Montenegro.
Pero entonces ocurrió el movimiento que cambió todo.

La actriz presentó una carta firmada previamente por el expresidente donde él negaba cualquier maltrato y defendía públicamente a su esposa. Además, la estrategia legal de Sasha sostuvo algo todavía más complejo: debido al deterioro neurológico de López Portillo, no podía afirmarse plenamente que tuviera capacidad para iniciar conscientemente un divorcio.
La disputa quedó atrapada en una contradicción imposible.
Si el expresidente estaba lúcido, entonces la carta validaba la defensa de Sasha. Si no lo estaba, entonces tampoco podía divorciarse legalmente con plena conciencia.
La guerra nunca se resolvió por completo.
El 17 de febrero de 2004, José López Portillo murió sin que el divorcio quedara concluido.
Eso dejó a Sasha Montenegro convertida oficialmente en la viuda legal del expresidente mexicano.
El derrumbe final
Con el paso de los años, la Colina del Perro dejó de representar grandeza y comenzó a convertirse en una carga gigantesca.
Parte de la propiedad terminó vendiéndose y posteriormente fue demolida para dar paso a nuevos desarrollos inmobiliarios.
El viejo símbolo del poder presidencial desapareció entre escombros.
Sasha todavía conservó durante un tiempo beneficios económicos ligados a su condición de viuda presidencial, pero los cambios políticos en México terminaron eliminando gran parte de esos privilegios.
Sus últimos años fueron discretos, lejos de las cámaras y del brillo que alguna vez la rodeó.
Finalmente, el 14 de febrero de 2024, Sasha Montenegro murió a los 78 años tras complicaciones derivadas de un derrame cerebral y cáncer de pulmón.
La mujer que durante décadas protagonizó una de las historias más polémicas entre política, espectáculo y poder terminó sus días lejos del lujo monumental que alguna vez pareció eterno.
Y detrás quedó una pregunta que nunca terminó de desaparecer en México: qué ocurrió realmente dentro de aquella mansión durante los últimos años de José López Portillo.
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