Científico asegura que el 'Santo Sudario' es real y que tiene pruebas de  ello: 'corresponden a las heridas de la crucifixión de Jesús mencionadas en  la Biblia'

Después de morir, lo bajan de la cruz, lo envuelven en un lienzo y lo colocan en una tumba prestada.

Pero según esta historia, ese contacto no fue un simple gesto funerario, fue el instante en que la tela cambió para siempre.

Fue el momento en que supuestamente quedó grabada una huella que ningún siglo ha logrado borrar y que todavía hoy desafía a creyentes escépticos, científicos e historiadores.

Y lo más inquietante no es solo la imagen, es la posibilidad de que oculta entre las fibras quedara atrapado un rastro silencioso del paso del tiempo, de los lugares, de las manos y de los cuerpos que tocaron aquella tela a lo largo de siglos.

Quédate hasta el final porque lo que empieza como una reliquia termina pareciendo un expediente forense.

Y si esta historia te atrapa, suscríbete porque lo que viene después solo hace el misterio más profundo.

En el año 2015, dentro de un laboratorio de genética extremadamente controlado en la Universidad de Padua, Elfia, [música] profesor Yan Barcacha y su equipo se enfrentaron a algo que en teoría jamás debió aparecer.

Había un código oculto en la sábana de Turín, el lienzo que millones de personas consideran el tejido que envolvió el cuerpo de Jesucristo después de la crucifixión.

Durante mucho tiempo, la discusión parecía reducirse a una sola pregunta.

O la sábana era una falsificación medieval o era auténtica.

Y el ADN, se pensaba, podría inclinar la balanza de una vez por todas.

Si predominaba el ADN europeo, muchos dirían que era una prueba de fraude.

Si aparecía ADN de Oriente Medio, otros lo interpretarían como una señal de autenticidad.

Pero cuando las computadoras terminaron de procesar millones de secuencias y el mapa genético completo apareció en pantalla, nadie celebró, nadie habló, porque el resultado no señalaba a una sola persona, ni a una sola región, ni siquiera a un solo continente.

Señalaba a múltiples lugares.

Lo que parecía emerger de aquella tela era él, rastro de un recorrido inmenso, complejo y difícil de encajar en una explicación sencilla.

No se trataba de una única historia encerrada en un paño antiguo, sino de muchas capas de contacto acumuladas a lo largo del tiempo, eso obligaba a replantearlo todo.

Para entender por qué ese hallazgo alteró tantas ideas previas, hay que retroceder a la primera vez que la sabábana pareció mostrar su secreto de una manera imposible de ignorar.

El 28 de mayo de 1898 en Turín, Italia, un abogado y aficionado a la fotografía llamado Secondo Pía recibió un permiso especial del rey Humberto IO para fotografiar la reliquia durante una exhibición pública.

En aquella época, fotografiar no era tan simple como apretar un botón.

Era un trabajo lento, delicado y lleno de dificultades técnicas.

Pía subió con su equipo por los andamios instalados dentro de la catedral, cargando una cámara enorme, casi del tamaño de una maleta.

Para iluminar el interior, oscuro utilizó destellos de magnesio y expuso dos grandes placas de vidrio.

Más tarde, ya de noche, solo en su cuarto oscuro y acompañado apenas por la luz rojiza de una lámpara de seguridad, sumergió una de aquellas placas en los químicos de revelado.

Entonces ocurrió algo que, según el relato, lo dejó temblando.

A medida que la imagen comenzaba a formarse, vio surgir un rostro que no debería haber aparecido así en un negativo fotográfico.

Donde la lógica de la fotografía exigía una inversión extraña de luces y sombras, apareció una figura nítida, intensa, casi viva.

Se distinguían los ojos cerrados y hondidos, la nariz dañada, el bigote, la barba partida y señales de golpes en el rostro.

Por primera vez, la figura apenas visible sobre el lino dejaba de parecer una mancha vaga para convertirse en la imagen impactante de un hombre real, sereno y al mismo tiempo marcado por el sufrimiento.

Y ahí estaba el detalle que hizo crecer el asombro.

Lo que el ojo humano ve sobre la tela ya parece funcionar como un negativo.

Al fotografiarla, el resultado no se veía deformado ni artificial, sino sorprendentemente natural, casi como un retrato.

Eso alimentó una pregunta que desde entonces se repite una y otra vez.

¿Cómo podría alguien de la Edad Media haber creado una imagen con propiedades que recuerdan a la fotografía siglos antes de la invención de la cámara? Nadie en aquel tiempo conocía el concepto de fotografía.

Ningún artista medieval tenía una forma de ver el mundo como un negativo, ni de comprobar si una imagen invertida produciría el efecto correcto siglos después.

Sin embargo, aquella tela parecía comportarse como si hubiera capturado un instante específico, como si hubiera registrado la presencia de un cuerpo real de una manera que no encajaba del todo con las técnicas artísticas conocidas de la época.

Para muchos investigadores, ese fue el primer momento en que el objeto dejó de verse simplemente como una pintura o una reliquia religiosa y empezó a examinarse con la curiosidad de un experimento científico.

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Ese descubrimiento provocó un interés enorme.

[música] Historiadores, físicos, químicos y especialistas en imagen comenzaron a estudiar el lienzo desde diferentes perspectivas.

Algunos buscaban demostrar que era un engaño medieval muy elaborado.

Otros intentaban comprender cómo se había formado exactamente [música] la imagen.

Y con cada análisis aparecían nuevas preguntas.

Si aquella imagen no era pintura ni pigmento aplicado con un pincel, entonces qué la había producido.

Pero la fotografía de Secondo Pía fue solo el comienzo de una cadena de sorpresas.

Durante décadas el debate siguió girando en torno a la apariencia visual del lienzo, hasta que muchos años después la atención se desplazó hacia algo aún más pequeño y más silencioso, el polvo atrapado en las fibras.

En el siglo XXI, la tecnología permitió examinar la tela con métodos que ni siquiera existían cuando se tomó aquella famosa fotografía.

Los investigadores ya no miraban solamente la imagen visible.

empezaron a tratar el tejido como si fuera una especie de archivo microscópico, un objeto que había estado en contacto con innumerables personas, lugares y ambientes a lo largo de siglos.

Por eso, cuando el equipo del profesor Barcacha recibió permiso para estudiar muestras microscópicas de lienzo en el año 2015, su objetivo no era buscar algo sobrenatural.

No pretendían encontrar una prueba directa de la identidad de la persona que había estado envuelta en la tela.

Su intención era más modesta y al mismo tiempo más reveladora.

Reconstruir la historia del propio tejido, [música] averiguar por dónde había pasado, quién lo había tocado, qué rastros habían quedado atrapados en sus fibras.

Para lograrlo, utilizaron dispositivos de microaspiración extremadamente delicados.

Estos instrumentos permitían recoger partículas diminutas de polvo, restos orgánicos y granos de polen que Tate se habían alojado entre los hilos del tejido.

En esos espacios microscópicos protegidos durante siglos, pueden conservarse fragmentos biológicos que sobreviven mucho más tiempo del que uno imaginaría.

El equipo se concentró especialmente en un tipo de material genético llamado ADN mitocondrial.

A diferencia del ADN nuclear que aparece en una sola copia por célula, el ADN mitocondrial está presente en cientos de copias.

Además, se transmite únicamente por la línea materna y tiene una resistencia notable cuando se trata de muestras antiguas o deterioradas.

Esto lo convierte en una especie de marcador geográfico biológico.

Los científicos pueden comparar esas secuencias con bases de datos genéticas modernas y rastrear posibles regiones de origen o rutas de migración humana.

Si algo de información genética había sobrevivido en aquella tela durante 2,000 años, el ADN mitocondrial era la mejor oportunidad de detectarlo.

Durante semanas, los sistemas informáticos analizaron millones de fragmentos de secuencias genéticas.

Cada fragmento se comparaba con enormes bases de datos que contienen perfiles genéticos de poblaciones de todo el mundo.

Era un proceso lento, repetitivo y extremadamente minucioso.

Finalmente, los resultados comenzaron a reorganizarse en mapas y gráficos.

aparecieron aplogrupos, linajes maternos y patrones de distribución geográfica.

Y en ese momento ocurrió algo inesperado.

Los resultados no encajaban en una historia simple.

Los investigadores habían imaginado dos posibles escenarios.

Si el tejido había sido fabricado en la Europa medieval y apenas había salido de ese entorno, entonces lo lógico sería encontrar principalmente ADN asociado a poblaciones europeas.

En cambio, si el objeto hubiera pasado largos periodos en Oriente Medio antes de llegar a Europa, entonces podrían aparecer señales genéticas vinculadas a esa región.

Pero el mapa genético no mostraba solo uno de esos escenarios, mostraba varios alati.

Mismo tiempo, entre los rastros detectados aparecieron linajes asociados a poblaciones del Oriente Medio, incluyendo grupos genéticos relacionados con comunidades históricas de la región que hoy abarca Israel, Líbano, Jordania y Siria.

Esto sugería que en algún momento de su historia la tela pudo haber estado en contacto con personas de esa zona.

Sin embargo, también aparecieron aplogrupos característicos de Europa occidental, algo que resultaba perfectamente comprensible si se considera que la sábana ha permanecido durante siglos en territorio europeo y ha sido manipulada, exhibida y venerada por innumerables personas.

Hasta ese punto, el resultado no parecía demasiado extraño, pero el análisis siguió revelando más capas.

También surgieron señales genéticas vinculadas a regiones del norte y del este de África.

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Y más adelante aparecieron marcadores asociados al sur de Asia, así como otros que hoy se observan con mayor frecuencia en poblaciones del este asiático.

En otras palabras, los rastros genéticos encontrados en las partículas atrapadas en la tela parecían reflejar contactos procedentes de múltiples regiones del mundo, no necesariamente al mismo tiempo ni de la misma manera, pero sí a lo largo de una historia prolongada.

Para algunos investigadores, esto podría interpretarse simplemente como el resultado lógico de siglos de manipulación, exhibiciones públicas y peregrinaciones.

Un objeto religioso famoso expuesto durante generaciones habría acumulado inevitablemente rastros biológicos de personas provenientes de muchos lugares, pero otros comenzaron a mirar el mapa de otra manera.

Cuando los datos se compararon con antiguas rutas comerciales y de peregrinación, algunos señalaron que varios de esos orígenes coincidían con regiones conectadas por grandes redes de intercambio del mundo antiguo, como las rutas que atravesaban Oriente Medio y enlazaban con el comercio hacia Asia y África.

Y ahí surgió otra posibilidad intrigante, que la historia de la tela pudiera haber estado entrelazada con los caminos por los que durante siglos circularon comerciantes, viajeros y peregrinos.

Si uno imagina eso caminos antiguos, la escena cambia por completo.

En lugar de un objeto inmóvil guardado siempre en el mismo lugar, la tela podría haber pasado por ciudades que eran verdaderos cruces del mundo antiguo, lugares donde caravanas de comerciantes, peregrinos y diplomáticos se encontraban constantemente.

Uno de esos lugares mencionados en muchas tradiciones históricas es la antigua ciudad de Edesa.

Durante siglos, esa ciudad fue un punto estratégico entre oriente y occidente.

Situada cerca de importantes rutas comerciales, recibía viajeros procedentes de regiones muy diferentes.

Mercaderes que llegaban desde Persia, caravanas que atravesaban Asia central, comerciantes que traían seda desde China o especias desde la India.

En ese tipo de ciudades, las culturas se mezclaban y los objetos viajaban grandes distancias.

Según algunos relatos antiguos, la tela habría sido trasladada allí después de haber estado en Jerusalén.

Durante generaciones habría permanecido oculta o protegida dentro de la ciudad.

Más tarde, siglos después, habría sido trasladada nuevamente, esta vez hacia Constantinopla, una de las ciudades más grandes y cosmopolitas del mundo medieval.

Constantinopla no era solo una capital política, era también un punto de encuentro entre civilizaciones.

En sus mercados se hablaban decenas de idiomas y sus puertos recibían barcos de regiones muy lejanas.

Si [música] un objeto sagrado era exhibido allí, miles de personas podían acercarse a verlo.

Peregrinos, comerciantes, viajeros curiosos, cada uno dejando sin saberlo pequeñas partículas invisibles.

Imagina durante un momento ese proceso repitiéndose una y otra vez.

personas inclinándose ante el relicario, acercándose para observar la imagen, tocando el marco o el vidrio protector con cada gesto, con e cada respiración, con cada rose.

Diminutas partículas de piel, cabello o polvo podían depositarse sobre la tela o cerca de ella.

Durante décadas, incluso siglos, esas partículas podrían quedar atrapadas entre los hilos del tejido, como si la tela fuera una especie de registro microscópico de todos esos encuentros.

Mucho más tarde, en el año 1204, ocurrió uno de los eventos más violentos de la Edad Media, el saqueo de Constantinopla.

Durante la cuarta cruzada, la ciudad fue invadida y gran parte de sus tesoros desaparecieron o fueron trasladados a otros lugares de Europa.

Entre los muchos objetos que cambiaron de manos durante ese periodo, algunos historiadores han sugerido que también podría haberse encontrado la tela.

Después de ese momento oscuro, la historia se vuelve fragmentaria.

Algunos documentos mencionan objetos similares que aparecen en diferentes lugares.

Finalmente, en el siglo XIV, la tela reaparece de manera clara en Francia en posesión del caballero Joffrey de Charnye.

A partir de entonces, su historia es mucho más conocida.

fue exhibida, trasladada y finalmente llegó ha la ciudad de Turín, donde permanece hasta hoy.

Si uno observa esta larga trayectoria posible, la mezcla de rastros genéticos encontrada en el estudio de 2015 empieza a parecer menos sorprendente.

Un objeto que atravesó regiones distintas durante siglos habría tenido innumerables oportunidades de entrar en contacto con personas de muchas procedencias, pero el ADN no fue el único tipo de pista que algunos investigadores encontraron en las fibras de la tela.

También aparecieron rastros de algo mucho más antiguo y en cierto modo más revelador.

Granos de polen.

Los granos de polen son diminutos, casi invisibles a simple vista, pero tienen una característica muy útil para la ciencia.

Cada especie de planta produce un tipo de polen con una forma microscópica particular.

Eso significa que si se identifica correctamente, puede indicar qué plantas estuvieron cerca de un objeto en algún momento.

Cuando algunos botánicos analizaron muestras de polen recogidas en las fibras del lienzo, identificaron decenas de especies distintas.

Algunas de ellas eran típicas de Europa, lo cual era totalmente esperable después de siglos en ese continente, pero otras coincidían con plantas que crecen en regiones del Oriente Medio y Anatolia.

Ese patrón encajaba de forma interesante con las rutas históricas mencionadas en ciertos relatos antiguos.

Si la tela realmente hubiera pasado por lugares como Edesa o Constantinopla, no sería extraño encontrar rastros de plantas de esas regiones.

Entre las especies identificadas, algunos investigadores señalaron plantas que crecen en zonas áridas cercanas a Jerusalén y el desierto de Judea.

Una de ellas es una planta espinosa conocida por crecer en ambientes secos y florecer en primavera.

Esta observación llevó a algunos a conectar el hallazgo con uno de los elementos más conocidos de la historia de la crucifixión, la llamada corona de espinas.

Sin embargo, interpretar esas coincidencias requiere cautela.

El polen puede viajar largas distancias transportado por el viento, por animales o incluso por ropa y objetos.

Por eso, aunque los granos encontrados pueden ofrecer pistas sobre ambientes posibles, no siempre permiten reconstruir una historia definitiva por sí solos.

Pero el debate no se detuvo allí.

Otra línea de investigación se concentró en las manchas rojizas visibles sobre la tela.

Durante mucho tiempo, algunos críticos sugirieron que esas manchas podrían ser simplemente pigmentos aplicados por un artista medieval.

Otros investigadores realizaron análisis químicos y microscópicos para determinar su naturaleza.

En algunos estudios se detectaron componentes que podrían ser compatibles con sangre humana.

También se identificaron moléculas relacionadas con proteínas [música] y otros compuestos orgánicos.

Para algunos científicos, esos resultados reforzaban la idea de que las manchas podían haber sido producidas por fluidos corporales reales.

Otros investigadores, en cambio, señalaron que la degradación química a lo largo de siglos puede complicar mucho la interpretación de esos análisis.

Los restos orgánicos cambian con el tiempo, se mezclan con contaminantes y pueden producir resultados difíciles de interpretar de manera concluyente.

Así, una vez más, el objeto parecía situarse en un punto intermedio entre el misterio y la investigación científica.

Y entonces apareció otro capítulo importante en esta historia, la famosa datación por radiocarbono.

En el año 1988 se realizó uno de los análisis científicos más conocidos sobre la tela.

Tres laboratorios prestigiosos en Oxford, Zic y Arizona recibieron pequeñas muestras del tejido para aplicar la técnica de datación por carbono 14.

Este método se utiliza para estimar la edad de materiales orgánicos, midiendo la desintegración natural de un isótopo del carbono.

Cuando los resultados fueron publicados causaron un enorme impacto.

Los tres laboratorios obtuvieron fechas muy similares.

El tejido parecía haber sido fabricado entre los años 1260 y 1390.

En otras palabras, en plena Edad Media.

Para muchos investigadores, aquello parecía cerrar el caso.

Si la tela era medieval, entonces no podía haber sido el sudario de un hombre del siglo iero.

Durante años, ese resultado fue considerado la explicación más sólida.

Sin embargo, con el paso del tiempo surgieron nuevas discusiones.

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Algunos investigadores comenzaron a preguntarse si la muestra utilizada representaba realmente todo el tejido.

La pieza analizada en aquel estudio era extremadamente pequeña, aproximadamente del tamaño de una estampilla, y fue tomada de uno de los bordes de la tela.

Ese borde había sido manipulado muchas veces a lo largo de los siglos, ya que era la zona más fuertes, accesible durante exhibiciones y restauraciones.

Más tarde, algunos especialistas en textiles y química propusieron que esa zona podría haber sido reparada en algún momento del pasado.

Según esa hipótesis, durante la Edad Media se habrían añadido hilos nuevos para reforzar una parte dañada del lienzo.

Si eso hubiera ocurrido, el fragmento analizado podrías haber contenido material más reciente mezclado con el original.

Uno de los investigadores que examinó esta posibilidad fue el químico Raymond Rogers, quien estudió fibras procedentes de distintas partes de la tela.

Rogers señaló diferencias en la composición química entre algunas muestras del borde y otras zonas del tejido, lo que alimentó el debate sobre si la muestra utilizada en la datación era representativa del conjunto.

Sin embargo, otros científicos respondieron que las pruebas disponibles no eran suficientes para invalidar el resultado del carbono 14.

Señalaron que incluso si hubiera habido reparaciones, sería necesario demostrar que afectaban directamente al fragmento analizado en 1988.

Décadas después, algunos investigadores propusieron métodos alternativos para estudiar la antigüedad del lino.

Entre ellos se encuentra una técnica basada en la estructura molecular de la celulosa, el principal componente de las fibras vegetales.

En el año 2022, un grupo de investigadores aplicó un método conocido como dispersión de rayos X de gran ángulo para examinar el envejecimiento de la celulosa en algunas fibras del tejido.

La idea detrás de este método es que con el paso del tiempo, las cadenas moleculares de la celulosa se degradan lentamente debido a factores como la humedad, la temperatura y la radiación natural.

Comparando esas características con tejidos de edad conocida, desde textiles antiguos hasta telas medievales, los investigadores intentaron estimar en qué periodo podría haberse producido el hino de la piente.

Sábana.

Los resultados se sugerían una posible antigüedad mayor que la indicada por la datación de carbono 14, quizá compatible con tejidos del primer siglo.

Sin embargo, estos estudios también dependen de muchas variables, como las condiciones ambientales en las que el material estuvo almacenado durante siglos.

Por eso, aunque aportan nuevos datos interesantes, todavía forman parte de un debate científico abierto.

Mientras tanto, otro aspecto del objeto sigue fascinando a muchos investigadores, la propia imagen.

Cuando se examina la superficie de las fibras con microscopios de alta resolución, la imagen no parece estar formada por pigmentos aplicados con pintura.

En cambio, se observa una ligera alteración en las capas más externas de las fibras del lino.

Esa alteración produce un cambio de color muy superficial, apenas de unas fracciones microscópicas de espesor.

Eso significa que la imagen no penetra profundamente en el tejido, como ocurriría con tinta o pintura líquida.

Solo afecta a la superficie externa de las fibras.

Los esentíficos han intentado reproducir ese efecto mediante distintos métodos: calor, sustancias químicas, radiación o presión.

Algunos experimentos han logrado producir marcas superficiales en telas de lino, pero replicar todas las características observadas en la imagen original ha resultado difícil.

Otra curiosidad descubierta en los estudios de la década de 1970 es que la intensidad de la imagen parece relacionarse con la distancia entre la tela y el cuerpo que pudo haber estado debajo.

Cuando se procesan los datos con ciertos analizadores de imagen, el resultado genera un relieve tridimensional aproximado del rostro y del cuerpo.

Esto no significa necesariamente que la imagen contenga información tridimensional perfecta, pero sí que posee una distribución de tonos inusual que permite reconstruir una forma con volumen.

Para algunos investigadores, esto sugiere que el proceso que formó la FTS imagen pudo depender de la proximidad entre el cuerpo y la tela.

Otros creen que ese efecto podría ser reproducido mediante técnicas artísticas o químicas aún no completamente exploradas.

Así, después de más de un siglo de estudios científicos, la sábana sigue siendo un objeto que provoca debates intensos.

Cada nuevo análisis parece aportar pistas interesantes, pero también genera nuevas preguntas.

Por un lado, existe una tradición histórica y religiosa que identifica el lienzo con el sudario de Jesús.

Por otro lado, la datación por carbono 14 sitúa el tejido en la Edad Media, aunque algunos investigadores discuten medición representa toda la tela.

Entre ambos extremos se encuentran muchos datos parciales: estudios de imagen, análisis químicos, rastros biológicos, historia documental y comparaciones textiles.

Tal vez el mayor valor de este objeto no sea resolver una sola pregunta definitiva, sino recordar cómo la ciencia y la historia pueden entrelazarse cuando intentamos comprender el pasado.