ABELARDO YA ES PRESIDENTE: Así reaccionan los colombianos al nuevo gobierno
ABELARDO YA ES PRESIDENTE: Así reaccionan los colombianos al nuevo gobierno
Colombia ha entrado en una nueva etapa política. Con la posesión de Abelardo de la Espriella como nuevo presidente de la República, el país comienza un periodo marcado por expectativas, incertidumbre y una evidente división entre quienes esperan un cambio profundo y quienes observan el nuevo gobierno con preocupación.
La llegada del nuevo mandatario no significó el final de las discusiones políticas. Por el contrario, apenas comenzó su administración se multiplicaron las críticas, los análisis y las preguntas sobre el rumbo que tomará Colombia. Para algunos ciudadanos, el cambio representa una oportunidad para corregir problemas acumulados durante los últimos años. Para otros, significa un retroceso y el regreso de intereses que consideran contrarios a sus expectativas.
Entre los sectores progresistas, la derrota electoral todavía genera una sensación de pérdida. Sin embargo, algunos dirigentes y simpatizantes ya hablan de reorganización y de recuperar el terreno político en las próximas elecciones regionales. La idea parece clara: aceptar el nuevo escenario institucional, pero preparar desde ahora una nueva batalla democrática.
Uno de los elementos que más llamó la atención después de la posesión fue la percepción ciudadana sobre el futuro del país. Un sondeo mencionado durante el programa, con más de 11.000 participaciones, mostraba una opinión fuertemente negativa: el 84 % de los participantes consideraba que Colombia iba “hacia atrás”, mientras apenas un 8 % pensaba que avanzaba. Un 3 % no veía cambios significativos y un 5 % consideraba que todavía era demasiado pronto para emitir un juicio.
Aunque una encuesta de redes sociales no puede representar por sí sola a toda la población colombiana, sí permite observar el clima de conversación existente entre determinados sectores. Y ese clima revela algo importante: el nuevo gobierno comienza su mandato en medio de una sociedad profundamente polarizada.
La discusión también se ha trasladado al terreno de la comunicación política. Durante el debate se recordó una idea fundamental de las campañas electorales modernas: las elecciones no siempre se ganan exclusivamente con argumentos, programas o propuestas detalladas. Las emociones, los sentimientos, la identidad y la capacidad de generar entusiasmo pueden tener un enorme peso en la decisión de los votantes.
Las redes sociales han transformado todavía más ese escenario. Un mensaje breve, una imagen polémica o un video emocional puede alcanzar en pocas horas a millones de personas. La política, de esta manera, compite diariamente por la atención de ciudadanos que reciben una cantidad enorme de información.
Pero precisamente ahí aparece uno de los grandes desafíos de la democracia contemporánea. La velocidad de las redes no coincide necesariamente con la velocidad de los procesos políticos. Un presidente puede prometer cambios inmediatos, pero las instituciones, el Congreso, los tribunales, la economía y la burocracia estatal funcionan con tiempos mucho más lentos.
Por eso, la verdadera prueba para Abelardo de la Espriella no será solamente conservar el entusiasmo de quienes votaron por él. Será convertir las promesas de campaña en decisiones concretas y demostrar que puede gobernar más allá de los mensajes y de la confrontación política.
También existe una oposición que ha anunciado que ejercerá un papel activo. Desde el Pacto Histórico se han escuchado cuestionamientos relacionados con la legitimidad política del nuevo mandatario y con sus antecedentes, sus posiciones y sus vínculos internacionales. Algunas voces incluso han planteado la posibilidad de recurrir a mecanismos de movilización y desobediencia civil.
Sin embargo, en una democracia, la oposición tiene una responsabilidad tan importante como la del gobierno. Criticar, vigilar y denunciar posibles abusos forma parte de sus funciones, pero también debe hacerlo dentro de los mecanismos institucionales y democráticos. La protesta puede ser legítima; la violencia y la ruptura de las reglas democráticas son otra cosa.
Uno de los debates más delicados tiene que ver precisamente con la diferencia entre legalidad y legitimidad. Un gobierno puede haber llegado al poder mediante procedimientos constitucionales y, al mismo tiempo, enfrentar fuertes cuestionamientos políticos de una parte de la sociedad. Esa tensión no se resuelve con discursos. Se resuelve con resultados, transparencia, respeto institucional y capacidad para gobernar para todos.
El nuevo presidente tendrá, además, que enfrentarse a una Colombia que no votó de manera uniforme. Millones de ciudadanos lo respaldaron, pero millones de colombianos también eligieron otras opciones. Gobernar significa, por tanto, abandonar la lógica de campaña y comprender que el país es mucho más amplio que quienes apoyaron una candidatura.
Los primeros meses serán decisivos. Si el nuevo gobierno logra mejorar la seguridad, fortalecer la economía, generar empleo, garantizar derechos y cumplir sus principales compromisos, podrá transformar parte de la desconfianza inicial en respaldo. Si ocurre lo contrario, quienes hoy celebran podrían convertirse rápidamente en críticos.
Colombia observa. El nuevo presidente ya tiene la banda presidencial, pero ahora comienza la verdadera prueba: gobernar.
Más allá de Petro, de Abelardo, de la izquierda o de la derecha, el futuro del país dependerá de la capacidad de sus instituciones y de sus ciudadanos para superar la confrontación permanente y exigir resultados.
La campaña terminó. El espectáculo electoral quedó atrás. Ahora comienza el gobierno, y serán los hechos —no los discursos— los que finalmente determinen cómo será recordada esta nueva etapa de la historia colombiana.
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