¡Por ARR0DILLADOS! Abelardo SE BURLÓ EN LA CARA de la PRENSA UN DÍA ANTES de POSESIONARSE ¡QUÉ ASCO!
¡Por ARR0DILLADOS! Abelardo SE BURLÓ EN LA CARA de la PRENSA UN DÍA ANTES de POSESIONARSE ¡QUÉ ASCO!
La noche del 6 de agosto de 2026 quedó marcada por una escena que, más allá de las palabras pronunciadas, abrió un enorme debate sobre la relación entre el poder político y los medios de comunicación en Colombia. Abelardo de las Priella, a pocas horas de asumir oficialmente la Presidencia de la República, había convocado a periodistas nacionales e internacionales en Cali. La expectativa era evidente: después de una campaña intensa y de meses de declaraciones públicas, muchos esperaban escuchar al nuevo mandatario y, sobre todo, tener la posibilidad de hacerle preguntas.
Pero la realidad fue muy diferente.
Más de cuatrocientos periodistas, camarógrafos, técnicos y trabajadores de medios llegaron al lugar dispuesto para el encuentro. Esperaban una rueda de prensa tradicional, con preguntas, respuestas y, finalmente, un contacto directo con quien estaba a punto de convertirse en presidente. Sin embargo, según el relato difundido posteriormente por periodistas presentes en el sitio, Abelardo no apareció físicamente ante ellos. En lugar de eso, los asistentes encontraron pantallas desde las cuales se transmitió un mensaje previamente preparado.
Y ahí aparece la pregunta inevitable: ¿puede llamarse rueda de prensa a un encuentro en el que los periodistas no pueden preguntar?
El mensaje de Abelardo estuvo cargado de referencias a la libertad de expresión y a la libertad de prensa. Aseguró que protegería el trabajo periodístico y que defendería constitucionalmente la posibilidad de informar y opinar. También insistió en que el periodismo debía estar ligado a la verdad y a la veracidad de los hechos.
En principio, nadie podría estar en desacuerdo con esos principios. Una democracia necesita periodistas libres, medios independientes y ciudadanos capaces de recibir información desde diferentes perspectivas.
El problema aparece cuando las palabras sobre libertad de prensa chocan con la práctica.
Los periodistas que estaban allí no necesitaban únicamente escuchar un discurso. Necesitaban preguntar. Querían saber cuáles serían las prioridades del nuevo gobierno, cómo enfrentaría los problemas económicos, qué ocurriría con las reformas sociales, cuál sería su relación con el Congreso y cómo garantizaría que las promesas de campaña se convirtieran en políticas públicas.
Pero las preguntas nunca llegaron.
Y para algunos periodistas y sectores críticos, aquella escena fue interpretada como una señal preocupante: un presidente dispuesto a comunicarse directamente con la ciudadanía a través de sus propias plataformas, pero mucho menos dispuesto a enfrentarse a preguntas incómodas de periodistas independientes.
La polémica se hizo todavía mayor porque, mientras algunos medios presentaban el mensaje presidencial como una declaración de compromiso con la libertad de prensa, otros periodistas cuestionaban precisamente la ausencia de una verdadera interacción con la prensa.
La contradicción resulta difícil de ignorar. Defender la libertad de prensa no significa solamente permitir que los periodistas transmitan un discurso oficial. Significa también aceptar preguntas difíciles, críticas, investigaciones y cuestionamientos que pueden resultar incómodos para el poder.
Un gobierno democrático no debería medir la calidad del periodismo por la cantidad de elogios que recibe. Tampoco debería considerar que una información es válida únicamente cuando coincide con su propia versión de los hechos.
Y aquí aparece otro elemento que merece atención: el papel de los grandes medios.
Durante los últimos años, Colombia ha vivido una profunda polarización política. Cada sector acusa al otro de manipulación, propaganda y desinformación. Para unos, determinados medios representan los intereses de las élites económicas; para otros, los llamados medios alternativos funcionan como plataformas de militancia política.
En medio de esta batalla, la ciudadanía queda atrapada entre versiones enfrentadas.
Por eso, más que preguntarnos qué medio tiene razón, deberíamos exigir algo mucho más sencillo: que todos permitan contrastar la información.
Si un periodista acusa al gobierno, debe presentar pruebas. Si un gobierno acusa a un medio de mentir, debe responder con argumentos y evidencias. Si una noticia circula en redes sociales, debe verificarse antes de convertirla en una verdad colectiva.
La escena del 6 de agosto puede ser interpretada de muchas maneras. Para los simpatizantes de Abelardo, quizá fue simplemente una forma moderna y eficiente de comunicarse con cientos de periodistas reunidos en un mismo lugar. Para sus críticos, en cambio, representó una oportunidad perdida y un símbolo de distancia frente a la prensa independiente.
Lo cierto es que el nuevo gobierno comenzó su relación con los medios bajo una enorme lupa.
Y eso debería preocuparnos a todos, independientemente de nuestra posición política.
Porque cuando un presidente evita preguntas, el problema no es solamente del periodista que quedó sin preguntar. También es del ciudadano que pierde la oportunidad de conocer las respuestas.
Colombia no necesita una prensa arrodillada ante el gobierno, pero tampoco necesita una prensa que actúe como oposición automática. Necesita periodistas capaces de investigar al poder, cuestionarlo cuando sea necesario y reconocer sus aciertos cuando existan.
El verdadero desafío de los próximos cuatro años será precisamente ese: que la información no se convierta en propaganda y que la crítica no se convierta en fanatismo.
Abelardo tendrá que demostrar con hechos si sus palabras sobre libertad de prensa son algo más que un discurso de posesión. Y los medios, por su parte, tendrán que demostrar que su independencia no depende de quién ocupe el Palacio de Nariño.
Porque al final, una democracia saludable no se construye con periodistas complacientes ni con gobiernos que solamente quieren escuchar aplausos.
Se construye cuando el poder acepta ser cuestionado.
Y cuando la prensa, frente al poder, conserva algo que nunca debería perder: la capacidad de preguntar.
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