Mayte Sancho, directora general del Imserso: «El edadismo de ahora se parece al machismo de los 90»
Mayte Sancho, directora general del Imserso: «El edadismo de ahora se parece al machismo de los 90»
Mayte Sancho, directora general del Imserso y una de las profesionales españolas con mayor trayectoria en el ámbito del envejecimiento, ha puesto el foco en una forma de discriminación que, según advierte, continúa profundamente normalizada en la sociedad: el edadismo.
Con décadas de experiencia dedicada a las políticas relacionadas con las personas mayores, Sancho sostiene que muchas conductas que hoy se consideran normales esconden prejuicios contra la edad. Y establece un paralelismo contundente con el machismo: «El edadismo no tiene líneas rojas».
«Voy a cumplir 74 años y vivo el edadismo»
Sancho conoce el problema también desde su propia experiencia. A punto de cumplir 74 años y ocupando un alto cargo en la Administración, asegura que ha experimentado personalmente situaciones edadistas con mayor frecuencia de la que esperaba.
No se trata únicamente de grandes decisiones políticas o institucionales. El edadismo, explica, aparece en gestos cotidianos: hablar a una persona mayor a gritos simplemente por tener más de 65 años, infantilizarla, decidir por ella o asumir automáticamente que tiene menos capacidades que alguien más joven.
Para la directora general del Imserso, el problema es especialmente grave porque estas conductas están tan incorporadas a la vida cotidiana que muchas veces ni siquiera son percibidas como discriminatorias.
Sancho compara esta situación con la evolución del machismo. Aunque considera que el machismo sigue presente, señala que hoy existen determinadas líneas rojas sociales que permiten identificar comportamientos que antes estaban completamente normalizados. En el caso del edadismo, esas fronteras todavía no están tan claras.
La situación se vuelve más evidente, a su juicio, cuando se habla de personas de 75 u 80 años en adelante. Con demasiada frecuencia se presupone que ya no tienen las mismas capacidades que quienes pertenecen a otras generaciones.
La infantilización también puede ser una forma de maltrato
Uno de los aspectos que más preocupa a Sancho es la infantilización de las personas mayores.
Considerar que una persona mayor no puede decidir por sí misma puede terminar vulnerando su autonomía y sus derechos. Si se parte de la idea de que alguien carece de capacidad simplemente por su edad, explica, se acaba tomando decisiones en su nombre sin tener en cuenta su propia opinión.
Por eso considera fundamental hacer visibles estas conductas. El primer paso, sostiene, es que la sociedad aprenda a identificarlas.
El edadismo, además, puede encontrarse en ámbitos tan relevantes como la sanidad, la vivienda o la movilidad. Una persona jubilada, por ejemplo, puede encontrarse con dificultades para alquilar una vivienda pese a disponer de recursos económicos suficientes, simplemente por su edad y por la percepción de que necesitará que sus hijos actúen como avalistas.
Para Sancho, estas situaciones deben dejar de verse como algo normal.
¿Envejecimiento o longevidad?
La propia utilización del lenguaje forma parte del debate.
Durante la entrevista se plantea si sería conveniente sustituir el término «envejecimiento» por «longevidad», una idea defendida por algunos expertos que consideran que la palabra envejecimiento arrastra una carga negativa.
Sancho reconoce la importancia de las palabras, pero considera que el cambio conceptual requiere reflexión y consenso. A su juicio, el concepto de longevidad todavía está en construcción y es necesario analizar cómo se está utilizando internacionalmente antes de asumir definitivamente el cambio.
La cuestión no es únicamente lingüística. Detrás de cada término existe una determinada manera de interpretar esta etapa de la vida.
La soledad no es exclusivamente un problema de los mayores
Otro de los grandes mitos que aborda Sancho es el de la soledad.
La directora general del Imserso rechaza que pueda asociarse automáticamente vejez y soledad. Según explica, la soledad afecta a personas de diferentes edades y puede ser especialmente preocupante entre determinados grupos de jóvenes y adultos.
También cuestiona la expresión «soledad no deseada», porque considera que puede introducir una carga estigmatizadora.
Para Sancho, el problema adquiere una dimensión especialmente grave cuando la soledad se combina con precariedad, falta de recursos y ausencia de redes sociales.
Pone como ejemplo a una mujer de más de 80 años que vive sola, tiene una pensión mínima, reside en un edificio sin ascensor y ha dedicado buena parte de su vida al cuidado de padres, hijos y nietos. Cuando desaparece esa red de apoyo, la soledad deja de ser simplemente una experiencia personal y se convierte en un problema que requiere respuesta de los poderes públicos.
«Cuando no hay red, la soledad es un asunto serio en cualquier edad», sostiene.
La edad no determina la capacidad
Sancho también rechaza la asociación automática entre edad y pérdida de capacidades.
Recuerda que una persona mayor puede presentar deterioro cognitivo, pero que eso no significa que el deterioro sea una consecuencia inevitable de cumplir años.
También llama la atención sobre un fenómeno más sutil: confundir una respuesta más pausada con falta de capacidad.
En una sociedad que funciona cada vez más deprisa, explica, una persona que responde con mayor tranquilidad puede ser percibida injustamente como menos capaz. Sin embargo, esa pausa puede estar relacionada precisamente con la experiencia y con una mayor prudencia a la hora de valorar situaciones complejas.
La edad, por tanto, no debería convertirse en un criterio automático para juzgar la capacidad de una persona.
Mucho más que los viajes
El Imserso sigue siendo ampliamente conocido por sus programas de viajes, pero Sancho reivindica que la institución desarrolla muchas otras funciones.
Los viajes son, explica, una prestación complementaria del sistema de Seguridad Social. Pero el organismo también participa en ámbitos relacionados con las pensiones no contributivas, la dependencia, la formación, la investigación y la generación de conocimiento.
Sancho destaca especialmente el trabajo que se está realizando para recuperar el papel del Imserso como referente en investigación y formación sobre envejecimiento.
Entre las iniciativas mencionadas se encuentra su centro de documentación online, con decenas de miles de referencias especializadas accesibles para el público, así como diferentes proyectos de innovación y colaboración con instituciones académicas.
Uno de los grandes ámbitos de actuación continúa siendo la dependencia. El sistema ofrece prestaciones o servicios de apoyo a alrededor de 1,7 millones de personas, independientemente de su edad, aunque la mayoría de los beneficiarios son personas mayores.
¿Dónde pueden acudir las personas mayores cuando se vulneran sus derechos?
Durante la conversación surge una cuestión especialmente relevante: qué puede hacer una persona mayor que considera que sus derechos han sido vulnerados por motivos de edad.
Sancho reconoce que el Imserso no dispone actualmente de un servicio jurídico específico dedicado exclusivamente a la defensa de los derechos de las personas mayores.
Sí existe atención directa al público y colaboración con organizaciones especializadas, pero la creación de un mecanismo específico de defensa de derechos podría ser, según admite, una propuesta interesante para el futuro.
En este sentido, considera que la futura Convención de Naciones Unidas sobre los derechos de las personas mayores podría convertirse en una oportunidad para avanzar en esta dirección.
España, asegura, desempeña un papel relevante en ese proceso internacional.
Un cambio de mirada sobre la vejez
Al final de la entrevista, Sancho resume cuál sería su principal deseo: que los ciudadanos conozcan mejor el sistema de protección social existente y sepan que pueden acceder a determinados apoyos cuando los necesitan.
Pero su reivindicación va más allá de la dependencia.
La vejez no debería contemplarse exclusivamente desde la enfermedad, la pobreza, la soledad o la pérdida de capacidades. El envejecimiento es un proceso y, por ello, el Imserso debería desempeñar también un papel de prevención, promoción y lucha contra el edadismo.
Porque cumplir 60, 70, 80 o 90 años no significa dejar de tener proyectos, capacidades, autonomía o capacidad de decisión.
El reto, en definitiva, consiste en dejar de mirar a las personas mayores únicamente desde sus posibles limitaciones y empezar a reconocer también todo aquello que siguen aportando a la sociedad.
Y ahí está, según Mayte Sancho, una de las grandes batallas pendientes: conseguir que el edadismo deje de ser una discriminación invisible y empiece a tener las mismas líneas rojas que otras formas de prejuicio que la sociedad ya ha aprendido a identificar.