“Se me hicieron años esperando que la sacaran”: la angustiosa espera de una madre y el milagro de Daniela bajo los escombros
“Se me hicieron años esperando que la sacaran”: la angustiosa espera de una madre y el milagro de Daniela bajo los escombros
Hay momentos en los que el tiempo deja de medirse en horas y comienza a medirse en esperanza. Para Marta Sánchez, madre de Daniela Largo Sánchez, las más de 36 horas que su hija permaneció atrapada bajo los escombros después del terremoto que sacudió a Colombia se sintieron como una eternidad. “Se me hicieron años esperando que la sacaran”, contó con la voz marcada por la angustia y, al mismo tiempo, por la fe.
Daniela tenía 32 años y se encontraba atrapada entre los restos de una estructura que había colapsado durante el fuerte sismo. Afuera, mientras tanto, su familia vivía una espera desgarradora. Cada minuto podía significar una nueva oportunidad o el peor de los desenlaces. Sin embargo, los rescatistas se negaron a abandonar la búsqueda.
Antes del terremoto, Marta había hablado con su hija el domingo por la noche. Daniela le había contado que al día siguiente regresaría a casa para compartir con su hijo Ángel David, pues era su cumpleaños. Era un plan sencillo, familiar, de esos momentos cotidianos que parecen eternos hasta que una tragedia los convierte en recuerdos preciosos.
Después del terremoto, el teléfono de Daniela sonaba, pero nadie respondía. Marta llamó una y otra vez. La falta de electricidad y las dificultades de comunicación hicieron todavía más desesperante la incertidumbre. Durante horas no supo dónde estaba su hija ni si seguía con vida.
Entonces llegó la noticia que cambió el rumbo de aquella angustiosa espera: Daniela había sido localizada.
La comunidad había escuchado señales que indicaban que podía existir una persona con vida entre los escombros. Los equipos de rescate acudieron inmediatamente. Bomberos, organismos de socorro y voluntarios comenzaron una operación extremadamente delicada. No se trataba simplemente de retirar toneladas de material. Cada movimiento debía realizarse con cuidado, porque una estructura inestable podía desplomarse nuevamente y poner en peligro tanto a Daniela como a los propios rescatistas.
La bombera Johana Mejía, una de las integrantes del equipo que participó en el rescate, explicó que Daniela fue encontrada en una posición muy complicada, con parte de la estructura sobre su espalda. A pesar del miedo y de la ansiedad, permanecía consciente y podía seguir instrucciones.
Ese detalle fue fundamental.
Los rescatistas establecieron contacto con ella y comenzaron a acompañarla también emocionalmente. Hablarle, tranquilizarla y mantenerla concentrada era parte esencial de la operación. Daniela necesitaba saber que no estaba sola. Del otro lado de los escombros había personas que habían llegado para sacarla de allí.
Durante aquellas horas, la voz de Daniela se convirtió en una señal de esperanza. Mientras los equipos trabajaban para abrir un camino seguro, ella esperaba. Afuera, su familia también esperaba.
Finalmente, después de una larga operación, los rescatistas lograron acceder hasta ella. Descubrieron que una de sus extremidades estaba atrapada y que presentaba una hemorragia. Un médico intervino inmediatamente y se priorizó el control de la lesión para poder realizar la extracción lo antes posible.
Y entonces ocurrió uno de los momentos más conmovedores de aquella tragedia: Daniela salió con vida.
Para los familiares que esperaban, fue mucho más que un rescate. Fue la confirmación de que la esperanza todavía podía sobrevivir entre toneladas de concreto y destrucción.
Pero la batalla no había terminado. Tras ser liberada, Daniela fue trasladada a la unidad de cuidados intensivos del Hospital San Jorge de Pereira. Su estado de salud era delicado y los médicos tuvieron que continuar luchando para estabilizarla. La larga permanencia bajo los escombros había dejado graves consecuencias en su cuerpo.
Cuando Marta finalmente pudo verla, no encontró palabras suficientes para describir lo que sentía. Se acercó a su hija y le habló desde el corazón. Le recordó que toda su familia estaba esperando por ella, que su hijo la necesitaba y que debía seguir luchando.
“Eres una guerrera”, fue, en esencia, el mensaje de una madre que había pasado más de un día imaginando el peor escenario y que ahora podía volver a mirar a su hija.
También estaba Ángel David. El niño había esperado el regreso de su madre precisamente en el día de su cumpleaños. En medio de la tragedia, su familia trató de sostenerlo con palabras de esperanza, oración y fe. Para él, la noticia de que su madre había sido encontrada con vida significaba la posibilidad de recuperar algún día aquel abrazo que tanto esperaba.
La historia de Daniela también pertenece a quienes trabajaron para encontrarla. A los bomberos que entraron en estructuras peligrosas. A los voluntarios que permanecieron horas junto a los equipos especializados. A las personas de la comunidad que escucharon una señal y alertaron a los organismos de emergencia. A todos aquellos que entendieron que, mientras existiera la posibilidad de encontrar una vida, la búsqueda debía continuar.
Johana Mejía lo resumió desde la perspectiva de una rescatista: salvar vidas es precisamente la razón por la que se preparan, entrenan y enfrentan situaciones extremas.
En medio de una tragedia que dejó dolor, destrucción e incertidumbre, Daniela se convirtió en un símbolo de esperanza. Su historia recordó que, incluso cuando todo parece perdido, una voz puede abrirse paso entre los escombros y despertar a quienes todavía esperan.
Para Marta, aquellas 36 horas fueron “años”. Para los rescatistas, fueron horas de concentración, riesgo y trabajo incansable. Para Daniela, fueron horas de resistencia.
Y para su familia, el momento en que finalmente salió de los escombros fue una segunda oportunidad para volver a imaginar el futuro.
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