Ana del Castillo se ha consolidado como la figura más disruptiva del vallenato femenino actual tras superar la oposición religiosa de su familia y formarse como corista de maestros como Wilfran Castillo y Fabián Corrales

En el epicentro de Valledupar, donde el acordeón marca el latido de la tierra, nació en 1999 una figura que rompería con todos los moldes establecidos.
Ana María Cecilia Maireth del Castillo Jiménez, conocida simplemente como Ana del Castillo, no es solo una cantante; es un fenómeno sísmico que ha devuelto la mirada del mundo hacia el vallenato interpretado por mujeres.
Con sus raíces profundamente enterradas en San Juan del Cesar, La Guajira, Ana ha construido una carrera sobre un equilibrio precario pero fascinante entre un talento vocal prodigioso y una personalidad que no conoce de filtros ni protocolos.
La herencia artística de Ana corre por sus venas con la fuerza de una estirpe interrumpida.
Su padre, el médico cirujano Manuel del Castillo, fue quien le entregó la semilla del arte.
Él, un cantante de ópera cuya voz fue silenciada por un cáncer de laringe, encontró en su hija la continuidad de su sueño.
“La vena artística la heredé de mi papá… él era cantante de ópera y fui yo la única que salió artista; de hecho, no le gustaba el vallenato, solo el que canta su hija”, confiesa Ana, revelando la íntima conexión que la une a su progenitor.
Sin embargo, el camino hacia la cima no fue una alfombra roja.
Mientras su padre le daba la música, su madre, Rosa Jiménez, se oponía por convicciones religiosas.
“En mi casa usted no va a cantar vallenato… cómo se iba al infierno”, recordaba Ana sobre las advertencias maternas que vinculaban la vida bohemia con el pecado.

Pero el “virus” de la música ya estaba inoculado.
A los siete años, Ana ya formaba parte de “Los Niños del Vallenato” del Turco Gil, y a los doce se presentó con un valor inquebrantable ante el jurado del Factor Xs.
Su tenacidad la llevó a tocar puertas bajo el sol inclemente de mediodía, buscando una oportunidad entre los grandes compositores.
“A mí me dicen que parezco un Testigo de Jehová… porque yo me iba al sol de mediodía a tocar la puerta a varios compositores para que me dieran trabajo”, narra con ese humor ácido que la caracteriza.
Comenzó desde abajo, haciendo coros para figuras de la talla de Wilfran Castillo, Iván Ovalle y Fabián Corrales.
Fue precisamente Corrales quien, al notar la potencia de su voz y su magnetismo natural, le dio el empujón definitivo: era hora de dejar de ser sombra para convertirse en luz.
El ascenso de Ana del Castillo ha estado marcado por la controversia, un elemento que ella maneja con una naturalidad desconcertante.
Desde videos polémicos en redes sociales hasta su irreverencia en las entrevistas, Ana ha sido blanco de críticas feroces.
No obstante, ella defiende su derecho a la autenticidad frente a la hipocresía de la industria.
“Vallenato… algunas personas se sienten identificadas con mi personalidad un poco ‘malita del cocote’, pero estamos bien”, afirma entre risas.
Detrás de la imagen de mujer rumbera y desparpajada, se esconde una profesional disciplinada que logró graduarse como psicóloga mientras alternaba las aulas con las trasnochadas de los conciertos.
“La época de la universidad fue muy dura porque yo trabajaba de corista, cantaba toda la noche y luego tenía que ir a clases… fue duro pero igual lo logré”, asegura, desmitificando la idea de que su éxito es solo cuestión de suerte o escándalos.

Su impacto no se limita a las fronteras colombianas.
Ana ha logrado lo que pocas mujeres en el género: llenar escenarios en Argentina, Venezuela, Chile, Ecuador y Estados Unidos, conquistando a las colonias latinas con su interpretación del vallenato romántico.
Su voz, potente y cargada de sentimiento, ha recibido el respaldo de maestros como Rolando Ochoa e Iván Villazón.
A pesar de los intentos de sus detractores por opacarla con episodios del pasado, como videos de su adolescencia, la artista se mantiene firme en su evolución.
“No es porque haya querido cambiar por ellos, no, es por mi crecimiento musical… hay tiempo para todo”, explica al referirse a su faceta más madura y enfocada en la producción de su música.
Hoy, con más de un millón de seguidores en Instagram y una presencia imponente en cada tarima que pisa, Ana del Castillo representa la renovación de un folclor que durante décadas fue dominado por hombres.
Ella ha demostrado que se puede ser psicóloga y cantante, devota e irreverente, vulnerable y poderosa.
Su vida es un recordatorio de que, en el ojo del huracán, solo sobrevive quien tiene la verdad en la garganta.
Al final del día, para Ana, la respuesta a tanto ruido mediático es simple y contundente: “Yo soy feliz con la música, y la música es una sola”.
El folclor vallenato, enriquecido por su autenticidad, parece estar de acuerdo.

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