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El genio robado de las patatas: Philo Farnsworth, el verdadero inventor de la televisión al que la historia prefirió olvidar

Con solo 14 años y observando los surcos de un cultivo en Utah, un joven mormón concibió la televisión electrónica. Décadas después, el gigante corporativo RCA utilizó el aparato legal y el estallido de la Segunda Guerra Mundial para asfixiarlo financieramente y arrebatarle su gloria.

 

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El 20 de julio de 1969, un anciano de 62 años contemplaba la pantalla de un televisor en el salón de su casa en Salt Lake City.

En la señal, transmitida en directo desde unos 384.000 kilómetros de distancia, Neil Armstrong pisaba la superficie de la Luna.

Mientras cientos de millones de personas celebraban el hito de la humanidad frente a sus receptores, prácticamente nadie en el planeta sabía que aquel milagro tecnológico dependía de seis patentes fundamentales registradas por el hombre enfermo y arruinado que observaba la emisión en silencio.

Su nombre era Philo Taylor Farnsworth.

Farnsworth no solo había ganado la batalla legal definitiva por la propiedad intelectual del invento más importante del siglo XX; también había sido víctima de una de las estrategias de asfixia financiera y corporativa más implacables del capitalismo moderno.

 

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La revelación en un campo de Idaho

La historia de Farnsworth parece desafiar las leyes de la probabilidad. Nacido en 1906 en una cabaña de troncos en Utah, en el seno de una humilde familia de granjeros mormones, el joven creció en un entorno sin electricidad ni teléfono.

Su idilio con la ciencia comenzó a los 12 años, cuando descubrió en un granero una colección de revistas científicas abandonadas por un inquilino anterior.

El muchacho no las leía; las memorizaba. A los 13 años, demostrando una aptitud sobrenatural, reparó un generador eléctrico que los técnicos locales habían dado por inservible.

La gran intuición que transformaría el mundo llegó un año después, en 1920, mientras araba un campo de patatas en Idaho.

Al observar los surcos paralelos y perfectos que la cosechadora tirada por caballos dejaba en la tierra, Farnsworth concibió un principio revolucionario: si se podía escanear una imagen línea por línea, de izquierda a derecha, y convertir cada franja en una señal eléctrica susceptible de ser transmitida y decodificada a distancia, se podría crear un sistema de televisión puramente electrónico, libre de los toscos y propensos a romperse discos mecánicos giratorios que investigadores de todo el mundo intentaban validar sin éxito.

Aquel adolescente dibujó el esquema completo de su sistema en la pizarra de su instituto ante su profesor de química, Justin Tolman.

Impresionado, aunque sin comprender del todo la magnitud de lo que veía, Tolman copió el diagrama en un papel y lo guardó en un cajón. Un gesto fortuito que, años más tarde, decidiría el destino de un litigio millonario.

 

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«Esto es hermoso; ojalá lo hubiera inventado yo»

En septiembre de 1927, en un precario laboratorio de San Francisco financiado a duras penas por inversores locales, un Farnsworth de 21 años encendió un tubo de vacío de cristal diseñado por él mismo.

Al proyectar una simple línea pintada en un vidrio ante la lente, la imagen se replicó de manera nítida en una pantalla al otro lado de la habitación. Era la primera transmisión electrónica de la historia.

El breve artículo que el diario San Francisco Chronicle dedicó al invento llamó la atención en los despachos de la Quinta Avenida de Nueva York.

David Sarnov, el todopoderoso presidente de la Radio Corporation of America (RCA) y líder del monopolio de las telecomunicaciones estadounidenses, comprendió de inmediato la amenaza: si la televisión quedaba en manos de un inventor independiente, su imperio radiofónico se desmoronaría.

Sarnov envió a su ingeniero estrella, el científico de origen ruso Vladimir Zworykin —quien llevaba años fracasando en el desarrollo de un sistema propio—, al laboratorio de Farnsworth bajo el pretexto de un intercambio científico entre colegas.

Farnsworth, guiado por una ingenuidad idealista, le mostró sin reservas el «tubo disector de imagen», el corazón de su tecnología.

Al salir del laboratorio tras tres días de minuciosas anotaciones escritas y mentales, Zworykin pronunció una frase lapidaria que quedó registrada en los tribunales:

«Esto es hermoso. Ojalá lo hubiera inventado yo».

 

Philo T. Farnsworth, el padre de la televisión electrónica - Digital Trends  Español

 

La guerra de desgaste y la intervención de Pearl Harbor

Al regresar a Nueva York, RCA dotó a Zworykin con un presupuesto de 100.000 dólares de la época para replicar el aparato, pero la complejidad del diseño original impidió una copia exacta.

Sarnov viajó personalmente a San Francisco para ofrecer a Farnsworth la misma cantidad a cambio de sus patentes y su absorción como técnico en la plantilla de la compañía. El inventor se negó.

A partir de esa negativa, la maquinaria de RCA desató una ofensiva judicial y de relaciones públicas sin precedentes.

En 1932, la corporación presentó ante los medios su propio prototipo, proclamando a Sarnov y a Zworykin como los «padres de la televisión», omitiendo deliberadamente el nombre de Farnsworth.

El verdadero inventor respondió demandando a la multinacional por violación de patentes.

En 1935, la Oficina de Patentes de Estados Unidos dictaminó de forma inequívoca que Philo Farnsworth era el inventor indiscutible de la televisión electrónica.

El testimonio clave fue el de su antiguo profesor de escuela, Justin Tolman, quien presentó ante el tribunal el dibujo original de la pizarra fechado en 1920, años antes de cualquier desarrollo de RCA.

Sin embargo, Sarnov puso en marcha una demoledora estrategia de desgaste legal.

Sabiendo que no podía ganar en los tribunales, RCA apeló y recurrió cada sentencia una y otra vez, estirando los procesos durante años. Cada recurso exigía abogados especializados cuyos honorarios Farnsworth no podía costear.

Mientras sus inversores se retiraban ante el riesgo de pleitear contra el actor más poderoso del país, el laboratorio del inventor comenzó a desmantelarse. Sarnov no necesitaba ganar la demanda; solo necesitaba que el reloj corriera y Farnsworth se quedara sin fondos.

Cuando RCA finalmente claudicó y aceptó pagar regalías a un inventor externo por primera vez en su historia, el golpe de gracia definitivo llegó desde el cielo.

El 7 de diciembre de 1941, Japón atacó Pearl Harbor. Con la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, el gobierno federal congeló toda la producción industrial civil.

Durante cuatro años no se fabricó un solo televisor doméstico en territorio estadounidense; las fábricas se volcaron en radares, tanques y aviones.

Farnsworth colaboró con el esfuerzo bélico aplicando su genio a la electrónica militar, pero las patentes de la época tenían una vigencia estricta de 17 años y el tiempo no se detuvo por la guerra.

Cuando el conflicto terminó en 1945 y los hogares estadounidenses demandaron televisores en masa, las patentes de Farnsworth acababan de expirar.

RCA comenzó la producción a escala industrial libre de cargas, utilizando legal y gratuitamente la tecnología del granjero de Utah.

 

Philo Farnsworth inventó la televisión electrónica cuando tenía apenas 21  años. Fue el primero en lograr transmitir imágenes usando tubos  electrónicos. Lo que hoy vemos todos los días nació en su laboratorio.

 

Un epílogo de olvido y justicia tardía

El despojo moral se consumó en 1950, cuando la Asociación de Fabricantes de Radio y Televisión, controlada en la sombra por la propia RCA, condecoró a David Sarnov en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York con el título oficial de «padre de la televisión».

Nadie invitó a Farnsworth; ningún periodista cuestionó el dictamen de los tribunales.

Tratado por el sistema como una pieza descartable, Farnsworth sufrió una profunda depresión y cayó en el alcoholismo.

Se retiró por completo del ámbito de las telecomunicaciones y pasó sus últimos años investigando la fusión nuclear en un precario laboratorio doméstico con instrumental de segunda mano, buscando una energía limpia que ningún monopolio pudiera secuestrar.

Philo Farnsworth falleció en la indigencia el 11 de marzo de 1971. Nueve meses después, el 12 de diciembre, moría Sarnov rodeado de honores y despedido como una leyenda de la industria.

Aunque en 1990 el estado de Utah erigió una estatua de bronce de Farnsworth en el Capitolio de Washington con la inscripción de «padre de la televisión», la pieza fue retirada en 2018 y sustituida por la de la senadora Martha Hughes Cannon.

El inventor civil cuya mente dio forma a la pantalla global que hoy define nuestra realidad cotidiana fue desbancado una vez más por las dinámicas de la historia oficial, confirmando que la ley y la verdad histórica no siempre viajan en los mismos surcos.

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