El Gobierno intenta instalar un clima de reactivación mediante videos en redes sociales y una intensa batalla cultural. Sin embargo, las estadísticas del Indec y de consultoras privadas reflejan un derrumbe histórico en las góndolas y el transporte.

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BUENOS AIRES — En los últimos diez días, el Poder Ejecutivo ha puesto en marcha una agresiva estrategia de comunicación destinada a revertir la percepción pública sobre la situación económica. A través de un uso intensivo de la red social X, el presidente Javier Milei llegó a difundir videos de centros comerciales y arterias céntricas concurridas para instalar la narrativa de un auge del consumo que, según sus afirmaciones en la pasada campaña legislativa, superaría incluso los picos históricos registrados en el año 2011.

Sin embargo, el contraste entre la batalla cultural del oficialismo y la realidad de los ingresos familiares es total. Lejos de la «fiesta fenomenal» que describe la Casa Rosada, los registros de organismos estatales y de las principales auditoras de mercado privado exponen una caída de actividad que los analistas asimilan a períodos de crisis extrema, desmantelando la viabilidad técnica del relato gubernamental.

Desde la leche hasta la SUBE: estos son los 5 datos que desmienten la fiesta  de consumo que vende Javier Milei | El Destape

Los 5 datos clave que confirman la caída del consumo

Un relevamiento detallado de los indicadores esenciales del mercado interno permite identificar cinco frentes críticos donde el poder de compra de los trabajadores muestra un retroceso estructural:

1. El derrumbe en los supermercados: Según los últimos informes de distribución territorial, las ventas en las grandes cadenas registran bajas catastróficas en todo el país. La provincia de Buenos Aires —el distrito más poblado y determinante para el mercado interno— acusa una contracción del 12%, mientras que en provincias como Tierra del Fuego el desplome llega al 20%. Los autoservicios mayoristas acompañan la tendencia con una baja del 7%.

2. Centros comerciales en niveles de pandemia: Frente a las imágenes de paseos de compras repletos difundidas por el oficialismo, las estadísticas oficiales del Indec desmienten el fenómeno. La medición interanual de las ventas en los grandes centros de compra (shoppings) arrojó una caída real del 13%, una cifra que los especialistas equiparan al impacto de una emergencia sanitaria o un conflicto bélico.

3. Contracciones sostenidas en el consumo masivo: Los datos de la consultora Scanntech (Centiia) ratifican la continuidad de la tendencia recesiva en todos los formatos comerciales, desde los grandes hipermercados hasta los comercios de cercanía y quioscos, con bajas recurrentes que oscilan entre el 4% y el 5% mensual. El auge del comercio electrónico, argumento habitual del sector oficial, sigue sin tener la escala suficiente para compensar la pérdida del comercio físico en los barrios de clase media y sectores populares.

4. Mínimos históricos en alimentación básica: El impacto más alarmante de la recesión se observa en la dieta de la población. El consumo de productos lácteos sufrió una contracción cercana al 5%, mientras que la demanda de carne vacuna retrocedió casi un 7%. Ambas variables se ubican actualmente en mínimos históricos, sin que se registre una compensación equivalente en productos sustitutos como el pollo o el cerdo, lo que evidencia una supresión directa de alimentos.

5. El piso histórico del transporte público: El uso de la tarjeta SUBE en el Área Metropolitana de Buenos Aires experimentó una caída interanual del 10%. En el ámbito de la economía internacional, el flujo de pasajes en el transporte público es considerado uno de los termómetros sociales más precisos: una caída de esta magnitud revela que la población está recortando viajes esenciales vinculados al trabajo, el estudio o el esparcimiento, configurando un cuadro de severa parálisis social.

 

Radiografía de la caída del consumo: cuáles son los sectores más afectados  en la era de Javier Milei

 

La paradoja del PIB: el espejismo energético

El debate económico actual gira en torno a una desconexión metodológica entre la macroeconomía y el bienestar de los ciudadanos. Los analistas advierten que la Argentina se encamina a un escenario similar al vivido durante la década de 1990, donde la estabilización de ciertos sectores no se derrama de manera equitativa.

Especialistas en la materia señalan que, si bien es probable que las consultoras privadas y los datos oficiales muestren un crecimiento técnico del Producto Interno Bruto (PIB) debido a la baja base de comparación con el año anterior, dicha suba representará una anomalía estadística.

«El PIB hoy no tiene relevancia en la vida cotidiana de los argentinos», explican los técnicos del sector. «Esa composición económica estará explicada fundamentalmente por el petróleo y el gas de Vaca Muerta que pasan por un gasoducto y se exportan. Son divisas que no impactan en el salario real ni dinamizan el comercio local. Históricamente, el consumo interno era la palanca central del PIB en Argentina; hoy esa correlación se ha roto».

La pérdida de vigencia de indicadores tradicionales como la tasa de desempleo —distorsionada por la proliferación de modalidades de empleo informal y el monotributo— obliga a los analistas a focalizar el diagnóstico exclusivamente en la evolución del salario real y la pérdida de puestos de trabajo industriales. La conclusión del sector privado sigue siendo tajante y evoca la máxima de las campañas políticas internacionales, adaptada a la encrucijada argentina: si las familias compran menos comida y reducen sus viajes en transporte, la economía real permanece estancada. «Es el consumo, estúpido».