Treinta y ocho años después de la fatídica madrugada en Mar del Plata que le costó la vida al mayor capocómico de Argentina, su hijo póstumo sobrevive en el anonimato laboral mientras el clan familiar mantiene las distancias.

 

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Para la memoria cultural de la República Argentina, el 5 de marzo de 1988 constituye una frontera indeleble.

Aquella mañana, la noticia del fallecimiento de Alberto Orlando Olmedo tras precipitarse desde el undécimo piso del edificio Maral 39, en la ciudad balnearia de Mar del Plata, clausuró la era dorada de la picaresca televisiva y cinematográfica nacional.

Sin embargo, detrás del luto colectivo y el impacto mediático inmediato, comenzó a gestarse una de las crónicas más complejas de exclusión familiar y supervivencia económica: la vida de su hijo póstumo, Alberto Olmedo Hijo.

Nacido el 26 de octubre de 1988, siete meses después de que el cuerpo de su padre golpeara el césped de la playa Varese, «Albertito» —como lo denominó la prensa de la época— se convirtió en el epicentro de una encarnizada batalla de opinión pública.

Su madre, la modelo Nancy Herrera, pasó en cuestión de horas de compartir los últimos brindis de celebración por su embarazo con el actor a ser señalada de manera sistemática por el entorno de la industria como la responsable indirecta del fatídico desenlace, una presión social que forzó su posterior exilio comunitario.

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La estructura interna del clan Olmedo siempre se caracterizó por una marcada fragmentación. El cómico, incapaz de gestionar la soledad afectiva según coinciden sus biógrafos más cercanos, concibió seis hijos con distintas parejas a lo largo de su existencia.

No obstante, la dinámica impuesta por el actor determinaba que cada núcleo materno funcionara de manera aislada, impidiendo la interrelación y el conocimiento mutuo entre los hermanos durante su etapa de esplendor profesional.

«Cada familia era un compartimento estanco. Las madres no se conocían, los hijos no se conocían. Y cuando Alberto murió, esos compartimentos estancos explotaron».

La prematura desaparición del actor dinamitó el frágil equilibrio. El proceso sucesorio y las tensiones acumuladas en los sepelios evidenciaron la desunión de los herederos legítimos.

En este escenario de litigios y reproches cruzados, la figura de Nancy Herrera y su hijo por nacer quedaron completamente marginadas de la estructura patrimonial del capocómico.

Ante la falta de asistencia financiera y el hostigamiento mediático que la acusaba falsamente de manipulación, Herrera tomó la determinación de trasladarse a una zona rural de la provincia de Entre Ríos para criar a su hijo en un entorno desprovisto de cámaras y especulaciones periodísticas.

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La infancia de Alberto Olmedo Hijo transcurrió bajo la paradoja de conocer la fisonomía y el ingenio de su progenitor exclusivamente a través de los archivos analógicos de la televisión y los relatos desprovistos de filtros que le proporcionaba su madre.

La mítica advertencia materna de «alejarse de los balcones» se transformó en una suerte de herencia psicológica que marcaba la pauta de una existencia condicionada por la tragedia original.

Al alcanzar la mayoría de edad y regresar a la Capital Federal, el joven constató la duplicidad que conllevaba portar el apellido del mayor referente del humor nacional. Lejos de utilizar la herencia simbólica para insertarse en los circuitos comerciales del espectáculo, optó por una estrategia de repliegue institucional:

Inversión del orden nominal: En trámites administrativos y entornos laborales, se registraba bajo la fórmula «Olmedo Alberto» para evitar reacciones inmediatas o tratos diferenciales de terceras personas.

Renuncia a la carrera artística formal: A pesar de manifestar condiciones naturales para la imitación y el registro cómico, desestimó la actuación profesional para eludir la inevitable y destructiva comparación con el mito paterno.

Independencia laboral absoluta: Rechazó todo tipo de prebendas o asistencia económica vinculada al legado de su padre, construyendo su subsistencia a través de empleos de baja cualificación en el sector servicios.

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En la actualidad, a sus 37 años, el hijo menor de Olmedo desempeña funciones como cadete y repartidor de mensajería en motocicleta por el entramado urbano de Buenos Aires, una actividad que compagina de manera esporádica con la creación de contenido humorístico de corte nostálgico en plataformas digitales bajo el seudónimo de Olmedades.

La distancia insalvable entre el valor comercial de la memoria de su padre y su realidad material quedó de manifiesto durante un reciente aniversario del natalicio del actor.

Tras recibir múltiples requerimientos de canales de televisión abierta para participar en programas de homenajes sin remuneración estipulada, Olmedo Hijo condicionó su presencia a una contraprestación elemental: el suministro de un tanque de combustible para poder continuar su jornada de reparto en motocicleta.

La solicitud provocó duras críticas de antiguas figuras del entorno del capocómico, como la conductora Carmen Barbieri, quienes calificaron la petición de «falta de respeto» hacia la memoria del difunto.

Esta reacción puso de manifiesto la incomprensión de ciertos sectores de la industria ante la vulnerabilidad económica de un descendiente directo que jamás percibió beneficios de los derechos de autor o de las cuantiosas recaudaciones históricas de las producciones de su padre.

 

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El aislamiento institucional al que fue sometido durante dos décadas comenzó a ceder de manera parcial gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación.

Fue recién a los veinte años cuando Sabrina Olmedo, una de las hijas del segundo matrimonio del actor, estableció el primer contacto formal con él a través de las redes sociales.

Este acercamiento permitió a Alberto Hijo acceder a material fotográfico inédito y entablar relación con el resto de sus hermanos, mitigando en parte el vacío de información que arrastraba desde la infancia.

La investigación judicial desarrollada en 1988 determinó con celeridad la naturaleza accidental del deceso del actor, descartando las hipótesis de criminalidad y confirmando los niveles de alcohol en sangre que alteraron su sentido del equilibrio en la fatídica baranda del undécimo piso.

A pesar de las recurrentes especulaciones que oscilan entre el suicidio y los consumos problemáticos de sustancias en la última etapa de su vida, su hijo menor ha asimilado la versión histórica del hecho como un infortunio derivado del carácter temerario e impulsivo de su progenitor.

El legado de Alberto Olmedo se mantiene inalterable en los monumentos de bronce de la avenida Corrientes y en el imaginario colectivo de una nación que aún recurre a sus frases emblemáticas.

No obstante, en la cotidianidad de su hijo póstumo, la memoria del mito no se traduce en regalías financieras ni en prestigio social, sino en la íntima asunción de una melancolía heredada y en la dignidad de trazar un camino propio, estrictamente a pulmón, a la sombra de una ausencia irreparable.