Un operativo del Ejército Mexicano iniciado en Cotija de La Paz derivó en una persecución interestatal de 23 kilómetros que concluyó en Quitupán con tres presuntos delincuentes abatidos y el aseguramiento de armas y vehículos

El recrudecimiento de las acciones delictivas en diversas regiones de la República Mexicana mantiene bajo una intensa presión a las instituciones de seguridad y justicia, manifestándose tanto en enfrentamientos armados directos en las zonas de conflicto como en severas disputas políticas de alcance nacional derivadas de las investigaciones gubernamentales.
En el occidente del país, un violento operativo que inició en el estado de Michoacán y concluyó en territorio de Jalisco dejó como saldo tres presuntos delincuentes abatidos por el Ejército Mexicano tras una persecución prolongada a alta velocidad.
Mientras este suceso ensangrentaba las carreteras interestatales, en la Ciudad de México la atención pública se centraba en las instalaciones ministeriales de la Fiscalía General de la República, donde la gobernadora del estado de Chihuahua, Maru Campos, acudió a rendir una declaración en medio de acusaciones de persecución institucional y un conflicto diplomático bilateral relacionado con la presencia no autorizada de agentes de inteligencia extranjeros en operativos contra el narcotráfico.
Los hechos en la región occidental comenzaron durante las primeras horas de la mañana, específicamente alrededor de las seis y media, cuando elementos pertenecientes al Decimoséptimo Batallón de Infantería del Ejército Mexicano se encontraban desarrollando recorridos ordinarios de vigilancia y prevención del delito en el municipio de Cotija de La Paz, Michoacán.
En ese momento, el personal militar detectó la presencia sospechosa de varios sujetos fuertemente armados que se desplazaban a bordo de dos vehículos particulares que carecían de identificaciones regulares, tratándose específicamente de una camioneta Nissan Pick Up de color naranja que circulaba sin placas de circulación y una Toyota Tacoma de color rojo que portaba matrículas correspondientes al estado de Michoacán.
Al percatarse de la cercanía y el despliegue del convoy oficial de las fuerzas armadas, los ocupantes de ambas unidades particulares abrieron fuego de manera inmediata y sin mediar palabra en contra de las unidades militares.
Esta agresión inicial obligó a los soldados a repeler el ataque para salvaguardar su integridad física, iniciando de forma inmediata una persecución que se extendió por una ruta de aproximadamente 23 kilómetros a través de caminos rurales y carreteras, cruzando los límites geográficos estatales entre ambas entidades.
El seguimiento a alta velocidad concluyó en la comunidad de Benito Juárez, perteneciente al municipio de Quitupan, en el estado de Jalisco, sitio donde los presuntos delincuentes se atrincheraron y se originó un segundo y definitivo intercambio de disparos de alto poder.
Tras el cese del fuego, el personal del Ejército Mexicano confirmó el deceso de tres de los presuntos agresores en el lugar de los hechos; dos de los individuos abatidos vestían prendas de características tácticas que consistían en pantalones de camuflaje y playeras de color verde militar, quedando uno de ellos con un fusil de asalto entre sus brazos, mientras que el tercer cuerpo, vestido con pantalón de mezclilla azul y playera blanca, fue localizado a un costado de la camioneta Nissan naranja, portando también un arma de fuego larga.
Ambas camionetas terminaron con múltiples impactos de proyectil de arma de fuego en sus carrocerías y cristales, y durante la posterior inspección ocular realizada en los interiores de los vehículos, los elementos militares localizaron una cantidad significativa de chalecos balísticos, cargadores de abastecimiento y armamento diverso de uso exclusivo, lo que evidenció el alto nivel de preparación táctica y logística de los civiles involucrados.
Minutos después de asegurar la zona, el personal pericial y ministerial de la Fiscalía General de la República tomó conocimiento formal del caso y asumió la responsabilidad de integrar la carpeta de investigación correspondiente para proceder con el levantamiento de los cuerpos y el procesamiento de los indicios recabados en la escena, manteniéndose hasta el momento la identidad de las personas fallecidas bajo reserva legal.

De manera paralela a los eventos ocurridos en el occidente, la capital del país se convirtió en el epicentro de una severa confrontación institucional tras la comparecencia de la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, ante las oficinas de la Fiscalía General de la República.
La mandataria estatal acudió a rendir una declaración oficial en el marco de una investigación de carácter federal que busca esclarecer la presunta participación activa de dos agentes pertenecientes a la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos en un operativo de seguridad implementado con anterioridad en territorio chihuahuense.
Al concluir su comparecencia ante el ministerio público federal, la gobernadora ofreció declaraciones públicas donde calificó la citación jurídica como un procedimiento irregular y una simulación procesal, denunciando de manera abierta que la verdadera intención de las autoridades federales era fabricarle de manera artificial un caso penal en su contra para menoscabar la investidura de su cargo y politizar las acciones de seguridad estatal.
La gobernadora de Chihuahua defendió de manera enérgica los resultados de su administración en el combate directo a las adicciones y el narcotráfico, asegurando que su gobierno ha colaborado de manera transparente y sin ningún tipo de reservas con la Fiscalía General de la República, pero acusó al régimen federal de aplicar un doble rasero institucional al perseguir políticamente a gobernantes de la oposición que entregan resultados mientras se mantiene una supuesta impunidad y condescendencia hacia funcionarios de otras entidades del país, como Sinaloa, que enfrentan señalamientos y solicitudes de extradición por parte de tribunales extranjeros debido a presuntos vínculos con organizaciones criminales.
Maru Campos reiteró públicamente que en ningún momento su administración autorizó, conoció o consintió la presencia o intervención de agentes estadounidenses en las operaciones tácticas de la entidad federativa.
Este caso ha adquirido una dimensión que trasciende el ámbito estrictamente judicial para colocarse en el centro del debate diplomático internacional, luego de que la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, informara formalmente que el gobierno mexicano presentó una solicitud oficial ante la Embajada de los Estados Unidos para requerir el retiro inmediato del territorio nacional de los dos agentes implicados en los sucesos de Chihuahua.
La titular del Ejecutivo Federal precisó que si bien ambos funcionarios estadounidenses habían ingresado de manera legal al país, no contaban con las acreditaciones correspondientes ni las autorizaciones oficiales exigidas por la legislación mexicana vigente para realizar labores operativas de inteligencia o de campo en materia de seguridad interna.
Desde la perspectiva de las autoridades federales, las diligencias judiciales y las citaciones ministeriales forman parte de un procedimiento ordinario e indispensable para el esclarecimiento de hechos delictivos complejos y no constituyen una imputación delictiva directa en contra de la mandataria de Chihuahua.
Sin embargo, la secuela de declaraciones y la intervención del Ejecutivo Federal demuestran que el caso ha agudizado la polarización política y la desconfianza institucional entre las esferas estatal y federal, centrando la discusión pública en el respeto a la soberanía nacional, la validez del principio de presunción de inocencia de los gobernantes y el uso de los aparatos de justicia del Estado en el contexto de la seguridad pública del país.
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