Fernando Yael Pérez Molina, estudiante de la Escuela Bancaria y Comercial, fue detenido y recluido tras fingir la desaparición de su madre, Teresa Guadalupe Molina, para ocultar que presuntamente la asesinó al interior de su domicilio en la Ciudad de México

 

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La frialdad con la que Fernando Yael Pérez Molina, un joven estudiante de la Escuela Bancaria y Comercial (EBC), intentó engañar a las autoridades capitalinas ha dejado una huella de horror en la Ciudad de México.

Lo que comenzó como una supuesta denuncia ciudadana por la desaparición de su madre, la señora Teresa Guadalupe Molina, terminó por revelar un crimen atroz motivado por el egoísmo, la ambición y una noche de fiesta que no podía terminar.

Hoy, mientras Teresa Guadalupe sigue sin aparecer, su hijo duerme tras las rejas del Reclusorio Norte, señalado como el principal responsable de su destino.

Todo comenzó con una mentira cínica.

Fernando acudió a la Fiscalía General de Justicia con el rostro de un hijo preocupado para reportar que su madre se había esfumado.

“¿Saben qué? Desperté un día y ya no estaba mi mamá, no sé dónde está”, declaró ante los agentes encargados de la búsqueda de personas desaparecidas.

Según su relato inicial, la mujer simplemente no estaba en su cama al amanecer.

Sin embargo, detrás de esa fachada de desconcierto, el joven de apenas 20 años ocultaba el rastro de una noche violenta que los peritos no tardarían en reconstruir.

 

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La sospecha de los agentes de la Policía de Investigación (PDI) no nació de la nada, sino del comportamiento errático y carente de duelo del propio Fernando.

Mientras la fiscalía movilizaba recursos para localizar a Teresa, su hijo utilizaba el tiempo para disfrutar de los bienes de la desaparecida.

Fernando no repartía volantes, no hacía guardias en el ministerio público ni clamaba por justicia en redes sociales.

Al contrario, el joven seguía asistiendo a sus clases en la EBC como si nada hubiera ocurrido, conducía el auto Ibiza de su madre y, lo más indignante, utilizaba las tarjetas bancarias de la mujer para costear su ritmo de vida y salidas nocturnas.

La clave del caso surgió de un testimonio crucial: un amigo de Fernando que estuvo presente la última noche que se vio con vida a Teresa Guadalupe.

Aquella velada, ambos jóvenes habían estado “echándose unas chelas” y decidieron continuar la fiesta.

Fernando entró a su domicilio con un objetivo claro: extraerle dinero a su madre.

“Déjame, le pido 2,000 pesos a mi mamá y nos vamos a seguir la fiesta”, le dijo a su amigo, quien se quedó esperándolo afuera de la casa.

 

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Los minutos pasaban y la tensión subía de tono dentro de las paredes del hogar.

A través de mensajes de texto, Fernando mantenía al tanto a su cómplice de fiesta sobre la resistencia de su madre.

“Ya me voy, apúrate”, escribía el amigo.

La respuesta de Fernando reflejaba una impaciencia peligrosa: “Ya voy, mi mamá no me da dinero.

Ya voy, mi mamá no me da dinero.

Ahorita le saco el dinero, como sea ahorita yo veo cómo le saco el dinero”.

Fue la última comunicación antes de que el silencio fuera roto por una serie de gritos desgarradores que emanaban del interior del domicilio.

Poco después, Fernando canceló los planes con una frialdad absoluta: “¿Sabes qué? Ya no voy a salir porque mi mamá no me dejó salir”.

Ante estas inconsistencias y los testimonios recabados, la Fiscalía ordenó una orden de cateo en el domicilio donde ambos vivían.

Lo que encontraron los peritos de criminalística fue devastador.

Aunque la escena había sido limpiada meticulosamente para eliminar rastros biológicos, la tecnología de luminol reveló la verdad oculta bajo los productos de limpieza.

En el baño y en la recámara de la señora Teresa Guadalupe, las manchas de sangre se iluminaron como un mapa del horror, indicando que en esos espacios se había perpetrado un ataque violento que le habría arrebatado la vida a la mujer.

 

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La detención de Fernando Yael ocurrió mientras él se desplazaba tranquilamente en el vehículo de su madre.

Al verse acorralado por los agentes de la Fiscalía para Desaparecidos, no hubo espacio para más mentiras.

La orden de aprehensión en su contra se ejecutó de inmediato, imputándole el delito de desaparición cometida por particulares, agravada por el vínculo familiar.

Los agentes se preguntaban con indignación: “¿Quién que tiene a su mamá desaparecida sigue haciendo su vida tan normal, yendo a la escuela, gastándose el dinero y yendo a tomar con los amigos como si nada?”.

El traslado de Fernando al Reclusorio Norte marca el cierre de la primera etapa de una investigación que ha sacudido a la sociedad por la futilidad del motivo: una discusión por dinero para alcohol y el capricho de un estudiante que se sentía intocable.

No obstante, el caso sigue abierto bajo una premisa dolorosa: Teresa Guadalupe Molina no ha sido localizada.

La justicia ahora busca que Fernando confiese qué hizo con el cuerpo de su madre después de aquel episodio de furia en el que la sangre manchó las paredes de la casa que compartían.

Esta es la crónica de un hijo que prefirió la fiesta sobre la vida de quien se lo dio todo.

Un joven que, tras supuestamente asesinar a su madre por 2,000 pesos, tuvo la audacia de denunciar su ausencia mientras vaciaba sus cuentas bancarias.

Ahora, lejos de los lujos y las aulas de la EBC, Fernando Yael Pérez Molina enfrenta un proceso judicial donde la única certeza es que su libertad se perdió la misma noche en que decidió que una “chela” valía más que la existencia de su propia madre.

 

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