En octubre de 1840 una delegación francesa abrió la tumba de Napoleón Bonaparte en Santa Elena tras 19 años de su muerte en el exilio, dentro de una operación oficial para trasladar sus restos a París

 

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En octubre de 1840, una delegación francesa llevó a cabo la apertura de la tumba de Napoleón Bonaparte en la remota isla de Santa Elena, casi dos décadas después de su muerte en el exilio.

El emperador había fallecido el 5 de mayo de 1821 en Longwood House, tras seis años de confinamiento bajo vigilancia británica en una de las zonas más aisladas del Atlántico Sur.

Su muerte, atribuida oficialmente a un cáncer de estómago confirmado por una autopsia realizada por médicos franceses y británicos, dio paso a un entierro excepcionalmente meticuloso que incluyó múltiples capas de protección: un ataúd interior de estaño forrado en satén, encerrado en un segundo ataúd de caoba, este a su vez introducido en un tercer ataúd de plomo completamente sellado y, finalmente, un cuarto ataúd exterior también de madera.

El conjunto fue depositado bajo dos grandes losas de piedra selladas con cemento en un valle apartado de la isla, sin inscripción en la lápida tras un desacuerdo entre autoridades francesas y británicas sobre el título que debía figurar.

En 1840, durante el reinado de Luis Felipe I, Francia organizó el traslado de los restos del emperador con el objetivo de devolverlos al país en un gesto de reconciliación nacional y de aprovechamiento político de su figura histórica.

La expedición, compuesta por antiguos colaboradores, médicos y oficiales que habían conocido a Napoleón en vida o habían estado presentes en su entierro original, llegó a Santa Elena y procedió a la exhumación.

Tras romper las capas de cemento y retirar las losas de piedra, se accedió a los distintos ataúdes en una operación que se prolongó durante horas.

 

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Cuando finalmente se abrió el último ataúd interior, los presentes describieron un estado de conservación inusualmente bueno del cuerpo.

El rostro era reconocible, los rasgos faciales se mantenían definidos y la piel conservaba cierta integridad, aunque con tonalidad amarillenta.

El uniforme militar, incluido el característico abrigo verde de la Guardia Imperial, se encontraba prácticamente intacto, al igual que las condecoraciones colocadas sobre el pecho.

Incluso los objetos personales asociados al entierro, como un recipiente de plata con el supuesto corazón del emperador, permanecían en su lugar.

La escena generó una profunda impresión entre los testigos, muchos de los cuales habían servido bajo sus órdenes o mantenían un vínculo emocional con su figura.

El estado del cuerpo fue atribuido en su momento a las condiciones excepcionales de conservación derivadas del sellado hermético del ataúd de plomo, la ausencia de oxígeno y las características del suelo volcánico de la isla, factores que habrían ralentizado de forma significativa la descomposición.

Sin embargo, desde ese momento comenzaron a circular interpretaciones alternativas y debates en torno a lo observado durante la exhumación.

Algunos relatos señalaron discrepancias en el número de ataúdes registrados en 1821 y los observados en 1840, lo que dio lugar a especulaciones sobre posibles manipulaciones del enterramiento en el periodo intermedio.

Entre las hipótesis surgidas, se planteó la posibilidad de que el cuerpo pudiera haber sido sustituido en algún momento durante su estancia en Santa Elena, aunque esta teoría carece de confirmación documental concluyente.

También se mencionó la existencia de figuras cercanas al entorno del emperador cuya complexión física habría permitido alimentar tales dudas, aunque estas ideas se mantienen dentro del ámbito de la especulación histórica.

La conservación del cuerpo, en cualquier caso, sigue siendo uno de los elementos más debatidos del episodio.

 

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Tras la exhumación, el cuerpo fue trasladado a Francia en un proceso solemne que culminó en diciembre de 1840 con su llegada a París.

El féretro fue recibido por multitudes y pasó bajo el Arco de Triunfo antes de ser depositado provisionalmente en Les Invalides, donde más tarde, en 1861, sería colocado en un sarcófago definitivo de cuarcita roja bajo la cúpula dorada del complejo.

Desde entonces, el lugar se ha convertido en uno de los monumentos más visitados del país y un símbolo central de la memoria histórica francesa.

A pesar del paso del tiempo, la tumba de Napoleón no ha sido abierta nuevamente desde 1840.

Diversas solicitudes de estudios científicos más avanzados, incluidos análisis genéticos, han sido rechazadas de forma sistemática por las autoridades francesas y los representantes de la familia Bonaparte, alegando razones de respeto hacia los restos del emperador.

Esta negativa ha contribuido a mantener vivo el interés histórico y las controversias en torno al contenido real del sarcófago.

Hoy en día, el sepulcro situado en Les Invalides continúa atrayendo a millones de visitantes cada año.

El conjunto funerario, compuesto por varias capas de protección y un sarcófago monumental, se mantiene cerrado sin verificación moderna de su contenido.

La combinación de registros históricos, testimonios de la exhumación de 1840 y la ausencia de estudios recientes ha consolidado uno de los episodios más enigmáticos de la historia europea moderna, en el que convergen hechos documentados, interpretaciones médicas y debates históricos aún abiertos.

 

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