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La fe resiste en Venezuela: brigadas internacionales y civiles logran rescatar a varios supervivientes ocho días después del seísmo

Los equipos de salvamento de España, México y Estados Unidos detectan constantes señales de vida bajo los bloques de hormigón en La Guaira. La solidaridad ciudadana palía la escasez de maquinaria pesada.

 

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Ocho días después de que un violento doblete sísmico asolara el norte de Venezuela, el milagro de la vida se abre paso de forma casi inverosímil entre las toneladas de escombros que desfiguran el paisaje del estado de La Guaira.

A pesar del tiempo transcurrido y de las severas dificultades logísticas, las labores de búsqueda no cesan.

En las últimas horas, la acción conjunta de brigadas internacionales procedentes de España, El Salvador, México, Francia y Estados Unidos, sumada a un inquebrantable despliegue de voluntarios civiles, ha permitido la localización y extracción de personas atrapadas en estructuras colapsadas.

 

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Tecnología y el valor del silencio

Uno de los epicentros de la esperanza se sitúa en la urbanización Los Cocos, en Caraballeda, donde colapsó la torre A del complejo residencial OPP22.

Allí, especialistas de búsqueda y salvamento de Estados Unidos consiguieron registrar señales acústicas mediante sensores de movimiento y detectores de sonido de alta precisión.

«Se solicitó silencio absoluto a los presentes para proceder con el protocolo de escucha. El dispositivo captó con nitidez tres golpes consecutivos provenientes del subsuelo», explicó uno de los testigos de las operaciones.

Una respuesta idéntica se vivió en el sector de Playa Taraguarena.

Las autoridades civiles ya sopesaban dar por concluidas las tareas de rastreo en un edificio residencial cuando la insistencia de un padre, que se negaba a abandonar el lugar, obró el milagro: tras llamarla repetidamente por su nombre, su hija de 25 años respondió desde el fondo de una oquedad.

Los equipos médicos y de rescate mexicanos concentraron de inmediato sus esfuerzos en su estabilización y posterior extracción.

En Playa Grande, el ingenio y la arquitectura de emergencia se han vuelto indispensables para salvar vidas.

Efectivos de la brigada de Costa Rica, en colaboración con el grupo de rescate de El Salvador, avanzan en la construcción de un complejo túnel de apuntalamiento de madera en los sótanos del centro comercial Galerías.

El objetivo es alcanzar de forma segura a Hernán Gil, un ciudadano con el que los rescatistas mantienen comunicación verbal constante y cuyas manos ya son visibles para los operarios.

La operación se ejecuta con extrema cautela para garantizar tanto la integridad del atrapado como la de los efectivos ante el riesgo latente de nuevos desprendimientos.

 

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La falla que desfiguró el litoral

La magnitud de la catástrofe geológica es visible a simple vista a lo largo de la costa caribeña.

Expertos sobre el terreno confirman que la falla sísmica responsable del doble seísmo se extiende por una longitud aproximada de 250 kilómetros, siendo perceptible incluso desde el aire en su tramo submarino.

En localidades como Caraballeda, Carabuto y Playa Grande, la fractura del terreno ha provocado hundimientos en las principales arterias viales y el desplome sistemático de numerosas edificaciones de entre 20 y 30 plantas de altura.

El impacto estructural ha dejado a miles de familias en la calle y los servicios sanitarios locales se encuentran desbordados.

 

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Solidaridad civil ante la falta de recursos

A pesar del esfuerzo de las delegaciones internacionales, la magnitud de la tragedia supera las capacidades institucionales disponibles en las zonas afectadas.

En puntos críticos como los edificios Vista Mar y Las Quince Letras, los familiares y vecinos denuncian la alarmante falta de maquinaria pesada para remover las placas de hormigón más densas.

Ante esta situación, el tejido social venezolano ha reaccionado con una movilización masiva.

A través de redes de mensajería móvil, colectivos de ciudadanos coordinan el envío desde Caracas y Maracaibo de suministros críticos: generadores eléctricos, esmeriles inalámbricos, martillos percutores y discos de corte.

Cientos de motoristas se desplazan diariamente por las rutas secundarias hacia La Guaira para transportar herramientas y cooperar en el desescombro manual.

«Hacen falta son las ganas de apoyar. Estamos sacando bloques con nuestras propias manos», manifestaba un voluntario en Punta Brisa, reflejando el sentir de una población que se niega a rendirse.

Aunque el dolor por las víctimas mortales es inmenso y las secuelas psicológicas y materiales marcarán al país durante años, los rescatistas insisten: mientras persistan los indicios de vida bajo el cemento, la búsqueda continuará.

 

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