El exilio de la risa: el día que el poder político silenció a Niní Marshall
En 1950, la mayor estrella del espectáculo argentino sufrió un boicot fulminante que la obligó a abandonar el país. Una presunta imitación de Eva Perón y el rechazo a los círculos oficiales desencadenaron el veto contra la creadora de «Catita».

Hacia 1950, Marina Esther Traverso era, de forma indiscutible, la figura más taquillera y respetada del espectáculo argentino.
Bajo el seudónimo de Niní Marshall, aquella mujer nacida en el barrio porteño de Caballito en 1903 había edificado un imperio cultural basado en la radio, el teatro y el cine, convirtiéndose en la actriz mejor pagada del circuito nacional.
Sin embargo, en la cúspide de su carrera, su teléfono dejó de sonar. De la noche a la mañana, los contratos cinematográficos fueron rescindidos y las emisoras radiales clausuraron sus espacios sin ofrecer ninguna notificación formal.
Desesperada ante el aislamiento institucional, Marshall acudió en tres oportunidades a la Casa Rosada en busca de una explicación.
La respuesta no llegó de las autoridades gubernamentales, sino del entorno del secretario privado presidencial, Juan Duarte, quien la increpó públicamente recordándole una supuesta afrenta: haber parodiado a la primera dama, Eva Perón, durante una recepción privada de la alta sociedad.
Aquel episodio decretó un exilio forzoso que transformaría la biografía de la actriz y pondría de relieve las complejas relaciones entre el humor popular y las estructuras del poder político de la época.
El oído absoluto de la observación urbana
El genio de Niní Marshall no procedía de la formación académica tradicional, sino de una capacidad excepcional para la observación sociológica.
Tras una infancia marcada por la temprana pérdida de su padre y un primer matrimonio fallido que la dejó en la precariedad económica junto a su hija Ángelita, Traverso comenzó a escribir columnas humorísticas en revistas especializadas como Sintonía.
Su salto a la radiodifusión reveló un talento único para el diseño de personajes arquetípicos basados en la inmigración y las clases populares de Buenos Aires.
El primero de sus grandes éxitos fue «Cándida», una entrañable empleada doméstica inspirada en las vivencias de la asistente gallega de su hogar de la infancia.
Poco después, en 1937, observando el comportamiento de las jóvenes que se agolpaban a las puertas de las emisoras de radio, concibió a «Catita», una mujer de modales exagerados y lenguaje popular que conectó de inmediato con las mayorías.
Marshall se convirtió en una de las primeras mujeres en escribir y defender sus propios libretos ante los productores de la época, tradicionalmente reacios a la autoría femenina.
Sus películas, como Hay que educar a Niní (1940) —donde debutaron unas jóvenes Mirtha y Silvia Legrand—, fijaron los estándares de la comedia cinematográfica rioplatense.

La batalla contra la censura idiomática
El éxito de Marshall no estuvo exento de tensiones con el orden establecido.
Ya en 1943, tras el golpe de Estado de las Fuerzas Armadas, el nuevo régimen militar instauró una estricta campaña de «purificación del lenguaje».
Los censores oficiales apuntaron contra los personajes de la actriz, alegando que las deformaciones lingüísticas y el uso del lunfardo por parte de «Catita» constituían un peligro para la educación del pueblo.
La respuesta de la autora fue una genialidad artística: hizo que el personaje sufriera un ataque de catalepsia y, al retomar las transmisiones, «Catita» se expresaba en un castellano neutro y gramaticalmente tan perfecto que dejaba en ridículo las directrices gubernamentales.
Al finalizar la emisión, la actriz se despidió con una frase que selló su destino inmediato en el medio: «Hasta el viernes que viene, si nos dejan».
No la dejaron; la prohibición en los micrófonos fue total, obligándola a refugiarse exclusivamente en los rodajes cinematográficos.

Las versiones de un boicot fulminante
La naturaleza exacta de la acusación de 1950 que desencadenó su salida definitiva del país sigue siendo objeto de debate historiográfico, dado que no existen registros fílmicos ni documentales que corroboren la presunta imitación de Eva Perón.
La propia Marshall sostuvo en sus memorias que la acusación era completamente falsa y fruto de intrigas palaciegas.
Las investigaciones históricas barajan diversas hipótesis sobre el origen del veto:
Delación interna: Ciertas fuentes señalan a la actriz Fanny Navarro —entonces vinculada sentimentalmente a Juan Duarte— como la persona que transmitió la versión del supuesto sketch a las autoridades de la Casa Rosada.
Conflictos de espacios: Existían tensiones previas por la asignación de horarios preferenciales en la radiodifusión que tanto Marshall como la propia Eva Perón habían disputado en el pasado.
Cuestiones personales: Las crónicas de la época aluden a invitaciones de carácter social promovidas por Juan Duarte que la actriz declinó sistemáticamente de forma cortés.
Ante la imposibilidad de ejercer su profesión, Marshall preparó las maletas y se estableció en México.
Lejos de amilanarse, en el país azteca filmó una decena de películas de gran éxito comercial, como Una gallega en México, y diseñó nuevos tipos humorísticos adaptados a la cultura local, como «Bárbara McAdam» y «Lupe».
Sus giras internacionales junto a su tercer esposo, el productor Carmelo Santiago, se extendieron por toda Hispanoamérica y España, demostrando la universalidad de sus creaciones.
El regreso triunfal y el reconocimiento académico
Tras el cambio de régimen político en 1955, Niní Marshall regresó a la Argentina para reencontrarse con una audiencia que no la había olvidado.
En las décadas de 1960 y 1970, la artista experimentó un renacimiento profesional masivo de la mano de la televisión en el ciclo Sábados Circulares de Pipo Mancera, donde registraba picos de 40 puntos de audiencia.
A sus 70 años, bajo la dirección del productor Lino Patalano, la actriz conquistó el formato del Café Concert con el espectáculo unipersonal Y se nos fue redepente, realizando más de 1.800 funciones en las que interpretaba de forma simultánea a todos los asistentes a un velatorio popular.
Fue en esta etapa madura cuando las grandes figuras de las letras hispanas reivindicaron la dimensión de su obra: Ernesto Sábato la definió como una «profunda observadora de la condición humana» y María Elena Walsh la bautizó legítimamente como «nuestra Cervantes».
Retirada de la actividad pública en 1980 tras el rodaje de Qué linda es mi familia, Marshall pasó sus últimos años dedicada a la pintura y la literatura en la intimidad familiar.
Su fallecimiento, ocurrido el 18 de marzo de 1996 a los 92 años, fue despedido por multitudes en el Teatro Nacional Cervantes.
Su muerte clausuró la biografía de una creadora que, partiendo de la comedia costumbrista, construyó un espejo perdurable de la identidad urbana americana.