Daniel Arizmendi, el temido criminal conocido como “El Mochaorejas”, cumple una condena acumulada de más de 145 años de prisión tras una carrera delictiva marcada por la extrema crueldad en los secuestros y una captura efectuada en agosto de 1998

Daniel Arizmendi, conocido como “El Mochaorejas”, fue uno de los criminales más temidos de México durante años.
Acumuló una fortuna que incluía millones de pesos, propiedades y vehículos de lujo, además de construir una organización criminal que sembró el miedo en varios estados del país.
Sin embargo, su vida dio un giro drástico en 1998, cuando fue capturado por las autoridades.
En este artículo se explorará su historia desde sus inicios hasta su vida actual en prisión, así como las condiciones que enfrenta tras más de 27 años de encierro.
Nacido el 22 de julio de 1958 en Miacatlán, Morelos, Daniel creció en un hogar marcado por la violencia y el abandono.
Su padre, un hombre alcohólico y agresivo, enseñó a Daniel que la fuerza era la única forma de imponer reglas.
A los 16 años, abandonó la escuela y comenzó a trabajar en el taller de su padre, fabricando ropa para bebés.
Sin embargo, este trabajo no le brindó satisfacción, y a los 20 años se unió a la policía judicial de Morelos, donde conoció a un detenido que le enseñó las mañas del crimen.
Después de dejar la policía, Arizmendi se unió a su hermano y a otros conocidos para robar vehículos en el Estado de México.
Sin embargo, pronto se dio cuenta de que este negocio era de bajo rendimiento y alto riesgo.
Fue entonces cuando decidió cambiar de rumbo hacia el secuestro, al enterarse de un caso en Cuernavaca donde una familia había pagado una suma considerable para liberar a un familiar.
Su primera víctima fue un empresario gasolinero, y aunque la familia pagó un rescate, el hombre fue asesinado.
Este evento marcó el inicio de su carrera en el secuestro, donde la crueldad se convirtió en una herramienta de negociación.
Durante los años 1996 y 1997, Arizmendi perfeccionó su modus operandi y estableció una estructura más sofisticada para su banda, con vigilantes, negociadores y custodios que mantenían a los secuestrados en casas de seguridad.
En este período, se hizo famoso por enviar las orejas de sus víctimas a sus familias como una forma de presión para asegurar el pago de rescates.
Este apodo, “El Mochaorejas”, se convirtió en sinónimo de su crueldad y eficiencia criminal.
El 17 de agosto de 1998, Arizmendi fue finalmente capturado en una operación de las autoridades.
En su casa, se encontraron 30 millones de pesos en efectivo, 600 centenarios de oro y una cantidad impresionante de bienes.
Su captura marcó el inicio de un largo proceso judicial, donde se acumularon múltiples condenas por secuestro, homicidio y delincuencia organizada, sumando más de 145 años de prisión.
Desde su encarcelamiento, Arizmendi ha vivido en condiciones extremas.
Inicialmente recluido en el Centro Federal de Readaptación Social número uno, conocido como “El Altiplano”, fue trasladado posteriormente al Ceferezo 14 en Durango, donde las condiciones de vida son igualmente severas.
Las celdas son pequeñas, con un mobiliario básico de acero inoxidable y sin ventanas al exterior.
Los internos pasan hasta 22 horas al día encerrados, sin acceso a relojes y con una rutina que les hace perder la noción del tiempo.

La alimentación en estos penales es otro punto crítico, con denuncias de que los internos reciben comida insuficiente y medicamentos que se venden a sobreprecio.
Las quejas de los familiares de los internos han resaltado la falta de atención médica y las condiciones deplorables en las que viven.
Arizmendi, que alguna vez tuvo todo el poder y el control, ahora enfrenta un día a día marcado por la privación y la vigilancia constante.
A pesar de su larga condena, en diciembre de 2025, una jueza federal absolvió a Arizmendi de un cargo específico de privación ilegal de la libertad, lo que generó titulares en los medios.
Sin embargo, esta absolución no significó su libertad, ya que aún enfrenta múltiples condenas activas que suman más de 145 años de prisión.
Esto pone de manifiesto la complejidad del sistema judicial mexicano, donde una absolución en un caso no implica necesariamente la liberación del condenado.
Hoy, a los 67 años, Daniel Arizmendi vive en un mundo que ha cambiado drásticamente mientras él permanece encerrado.
Las generaciones que crecieron durante su encarcelamiento no conocen la historia de su reinado en el crimen.
Su vida actual es un reflejo de lo que ocurre cuando el poder y la riqueza se desvanecen, dejando solo un eco de lo que alguna vez fue.
La realidad de Arizmendi es un recordatorio de que el crimen no paga, y que las consecuencias de sus acciones lo han llevado a una existencia de aislamiento y privación en una celda de acero.
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