Un repaso a las denuncias de abuso sistemático, listas negras y maltrato psicológico que transformaron el programa más exitoso de América Latina en un feudo de impunidad institucional.

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Durante casi tres décadas, el pulso de los hogares mexicanos y de gran parte de América Latina se detenía cada tarde de domingo. Entre 1969 y 1998, el espacio musical y de variedades Siempre en Domingo, conducido por Raúl Velasco (Celaya, 1933 – Ciudad de México, 2006), se consolidó como una institución cultural ineludible. Por su escenario desfilaron astros de la envergadura de Juan Gabriel, José José, Rocío Dúrcal y Julio Iglesias. Una sola aparición bajo el amparo de Velasco garantizaba el estrellato inmediato; un desaire, el ostracismo absoluto.

Sin embargo, a veinte años de su fallecimiento y en pleno 2026, la memoria del icónico presentador se enfrenta a un severo proceso de revisión histórica. El surgimiento de corrientes de denuncia social y la publicación de investigaciones periodísticas han desvelado un patrón de comportamiento que dista mucho de la afable sonrisa que Velasco exhibía ante las cámaras: un entramado de abuso de poder, acoso sexual sistemático y violencia psicológica que la cadena Televisa mantuvo bajo un estricto blindaje corporativo durante décadas.

Procedente de una familia de clase trabajadora de Guanajuato, Velasco labró su camino desde los escalafones más bajos de la radiodifusión mexicana en los años cincuenta. Su salto a la televisión a finales de la década posterior coincidió con la expansión continental de Televisa. El 22 de diciembre de 1969 se inauguró el formato que le otorgaría un control omnímodo sobre la industria del entretenimiento.

El éxito comercial del programa generó una dinámica de subordinación absoluta. Ejecutivos, productores y artistas técnicos asumieron un código de silencio implícito. La premisa en los pasillos de San Ángel era tan simple como cruel: Siempre en Domingo era el espacio más rentable de la televisión; cuestionar a su realizador equivalía al suicidio profesional.

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El núcleo de las acusaciones que hoy se analizan en foros académicos y periodísticos apunta a la existencia de un modus operandi destinado a la coacción de jóvenes artistas, muchas de ellas extranjeras —incluidas destacadas actrices y bailarinas argentinas— que buscaban abrirse paso en el competitivo mercado mexicano.

Testimonios recabados por diversos investigadores del sector describen un protocolo alarmante: Velasco empleaba un sistema de señales corporales con su asistencia privada para identificar a las nuevas integrantes del elenco. Antes de finalizar la jornada, la seleccionada recibía una citación obligatoria en el despacho principal.

“Todas sabíamos qué significaba cuando Raúl te pedía que fueras a su oficina después del ensayo. No era una invitación, era una orden. Si decías que no, tu carrera terminaba ahí mismo”, relató una antigua bailarina del formato en una declaración posterior a la cancelación del show.

Aquellas que rechazaban las insinuaciones eran incorporadas a una supuesta “lista negra” gestionada por el entorno del conductor. El destino de estas profesionales era idéntico: la rescisión de contratos, el veto en producciones de telenovelas y la desaparición inmediata de la narrativa oficial de la empresa.

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Más allá del ámbito del acoso sexual, excolaboradores de la producción han denunciado un clima de hostilidad laboral y desprecio psicológico continuo. Velasco utilizaba las emisiones en riguroso directo para realizar comentarios despectivos sobre el físico, el peso o el desempeño de los creadores en el escenario, forzando además alteraciones de guion de última hora con el único propósito de reafirmar su autoridad.

El declive del imperio comenzó a mediados de los noventa. La evolución de las audiencias y la emergencia de nuevos competidores minaron los niveles de audiencia de Siempre en Domingo, forzando su cancelación definitiva en 1998. Privado de su plataforma de poder, Velasco pasó sus últimos años en un retiro voluntario, ensombrecido por el goteo constante de reproches de quienes rompieron el silencio una vez extinguida su influencia.

Hoy, en 2026, la figura de Raúl Velasco ha dejado de ser evaluada únicamente bajo el prisma del éxito televisivo. Su trayectoria se ha convertido en un documento histórico fundamental para comprender los mecanismos de opresión y la urgente necesidad de instaurar códigos éticos rigurosos en las industrias culturales de toda Hispanoamérica.