En Barcelona, Luiz Inácio Lula da Silva encabezó un discurso ante miles de asistentes en el que defendió la democracia, el multilateralismo y el papel del progresismo en el escenario global

 

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En un auditorio colmado en Barcelona, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva protagonizó uno de los discursos más encendidos del reciente encuentro progresista internacional, marcando el tono de una agenda que busca reactivar la cooperación global, defender la democracia y confrontar el avance de la extrema derecha.

Junto al jefe del Gobierno español, Pedro Sánchez, Lula no solo elogió la organización del evento, sino que convirtió su intervención en una declaración política de alcance internacional.

“Quería empezar felicitando al presidente Pedro Sánchez por la extraordinaria organización de un evento progresista que intenta mostrarle al mundo que la democracia no murió”, afirmó Lula ante miles de asistentes.

Su voz, pausada pero firme, insistió en una idea central: la necesidad de recuperar el orgullo de identificarse con valores progresistas.

“Nadie tiene que tener vergüenza de ser de izquierda”, subrayó, arrancando aplausos.

El líder brasileño no esquivó temas sensibles.

En un momento que generó especial atención, elogió la postura del Gobierno español frente a conflictos internacionales: “Tuvo la valentía de no permitir que aviones de guerra de Estados Unidos utilizaran territorio aquí para bombardear Irán”.

La frase, pronunciada con claridad, evidenció su postura crítica frente a las intervenciones militares y su apuesta por soluciones diplomáticas.

 

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A lo largo de su intervención, Lula insistió en que el encuentro no debía quedarse en un gesto simbólico.

“Lo que estamos haciendo aquí es el inicio de un movimiento que tiene que actuar todos los días”, advirtió.

Para él, la “movilización global progresista” no es un lema, sino un programa de acción permanente orientado a “restablecer lo más sagrado en el mundo: la democracia y el multilateralismo”.

El presidente brasileño trazó una lectura ideológica de la política contemporánea.

“Siempre la política se dividió en dos campos”, explicó, contraponiendo a quienes priorizan el individuo frente a quienes defienden el bienestar colectivo.

Sin embargo, alertó sobre un nuevo desafío: el auge del extremismo.

Según Lula, los avances en derechos sociales han provocado una reacción “violenta” caracterizada por misoginia, racismo y discursos de odio.

En uno de los pasajes más autocríticos, reconoció errores del propio campo progresista: “Hemos sido los gerentes de las miserias del liberalismo”.

Y añadió: “No podemos elegirnos con un programa e implementar otro”.

Su llamado a la coherencia fue directo: recuperar la confianza ciudadana pasa por cumplir las promesas y responder a necesidades concretas como empleo digno, educación de calidad y acceso a la salud.

 

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El discurso también apuntó contra la concentración de riqueza.

“La desigualdad no es un hecho, es una elección política”, afirmó.

Según Lula, una élite económica global concentra recursos mientras promueve “falacias de la meritocracia”.

En ese contexto, denunció que la extrema derecha ha sabido capitalizar el malestar social mediante la desinformación y la manipulación.

En el plano internacional, Lula fue contundente al cuestionar el actual orden global.

Criticó el funcionamiento de organismos como el Consejo de Seguridad de la ONU, al que acusó de estar paralizado por intereses de sus miembros permanentes.

“Tenemos una cantidad de conflictos armados que es la mayor desde la Segunda Guerra Mundial”, advirtió, reclamando una reforma profunda de las instituciones multilaterales.

Su intervención incluyó referencias directas a conflictos recientes y pasados, cuestionando narrativas oficiales.

“La invasión de Irak fue una mentira”, dijo, y extendió su crítica a otras intervenciones militares.

También denunció lo que calificó como “genocidio en Gaza”, reforzando su postura en favor de una solución pacífica y negociada en los conflictos internacionales.

 

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En un tono más personal, Lula compartió fragmentos de su historia de vida.

Recordó su origen humilde y su trayectoria como obrero metalúrgico antes de llegar a la presidencia.

“Fui a comer pan por primera vez a los siete años”, relató.

Y añadió: “La inteligencia no está conectada a la cantidad de años en una universidad”.

Estas palabras conectaron con su defensa de la dignidad y la igualdad de oportunidades.

El presidente brasileño también evocó su experiencia durante la Guerra Fría y reafirmó su rechazo a nuevas divisiones geopolíticas.

“No queremos guerra fría ni con China ni con Estados Unidos”, sostuvo, defendiendo el libre comercio y la cooperación internacional.

Hacia el final, Lula lanzó un llamado directo a los líderes mundiales: “Cumplan con sus obligaciones de garantizar la paz”.

Su mensaje fue claro: el mundo no soporta más guerras y los recursos deben orientarse a combatir el hambre, mejorar la salud y enfrentar la crisis climática.

Cerró con una reflexión que sintetizó el espíritu de su intervención: “Mi causa es la democracia, la libertad y la igualdad”.

Y concluyó con una frase que resonó en todo el auditorio: “Mi arma es el argumento. Mi arma es la razón”.

El discurso de Lula en Barcelona no fue solo una intervención política, sino una declaración de principios que busca reconfigurar el papel del progresismo en un mundo marcado por la incertidumbre y la polarización.

 

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