La relación entre José López Portillo y Sasha Montenegro comenzó en 1984 en Sevilla y evolucionó hacia una unión que incluyó matrimonio civil y dos hijos en común en 1985 y 1990

 

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La muerte de José López Portillo en 2004 volvió a colocar bajo el foco público una de las relaciones más comentadas y polémicas del entorno político y social mexicano de finales del siglo XX.

Su vínculo con la actriz Sasha Montenegro, surgido años después de su mandato presidencial, dio origen a una historia que mezcló vida privada, poder institucional, tensiones familiares y disputas legales que se prolongaron durante décadas.

Lejos de tratarse únicamente de una relación sentimental, el caso se convirtió en un fenómeno mediático que dividió opiniones y dejó una huella persistente en la memoria pública.

Sasha Montenegro, cuyo nombre real era Alexandra Achimovic Popovic, nació en Bari, Italia, en 1946, en el seno de una familia de origen yugoslavo.

Su infancia estuvo profundamente marcada por la inestabilidad de la posguerra europea, el exilio constante y la pérdida de referentes familiares, circunstancias que obligaron a su entorno a migrar por distintos países antes de establecerse en América Latina.

Esta trayectoria de desplazamientos y rupturas tempranas influyó en su carácter y en una visión del mundo orientada hacia la supervivencia, la adaptación y la búsqueda de estabilidad en contextos cambiantes.

Ya en la juventud, Montenegro se trasladó a Argentina y posteriormente a Estados Unidos antes de llegar a México a finales de la década de 1960.

En este país inició su carrera artística, logrando incorporarse rápidamente a la industria cinematográfica gracias a su presencia escénica y a su imagen distintiva.

Durante los años setenta, se consolidó como una de las figuras más reconocidas del llamado cine popular mexicano, participando en numerosas producciones del denominado “cine de ficheras”, un género caracterizado por su mezcla de comedia, cabaret y elementos eróticos que marcó una etapa importante del entretenimiento nacional.

Su popularidad creció de forma notable, convirtiéndose en un rostro habitual en la pantalla grande y en un símbolo mediático de la época.

 

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Sin embargo, su trayectoria profesional dio un giro decisivo cuando, en la década de 1980, su vida personal se cruzó con la del expresidente mexicano José López Portillo.

El encuentro se produjo en Sevilla, España, en 1984, cuando el exmandatario ya había dejado el poder.

En ese momento, López Portillo atravesaba una etapa de transición marcada por la pérdida de influencia política directa, mientras que Montenegro se encontraba en un momento de consolidación dentro del ámbito artístico.

La diferencia de edad entre ambos, así como sus contextos sociales y biográficos, convirtió la relación en objeto de atención inmediata.

Con el tiempo, esta cercanía inicial evolucionó hacia una relación sentimental que generó controversia tanto en círculos familiares como en la opinión pública.

De dicha unión nacieron dos hijos, Nabila y Alexander, lo que consolidó aún más el vínculo entre ambos.

Posteriormente, la pareja formalizó su relación mediante matrimonio civil en la década de 1990, en medio de un entorno ya marcado por tensiones familiares y disputas relacionadas con el patrimonio del expresidente.

Uno de los puntos más controvertidos de esta historia fue la gestión y el destino de propiedades vinculadas a López Portillo, entre ellas la conocida residencia de “La Colina del Perro”, ubicada en la zona de Bosques de las Lomas en Ciudad de México.

Esta propiedad, de grandes dimensiones y alto valor simbólico, se convirtió en el centro de disputas familiares que enfrentaron a Montenegro con miembros del entorno del expresidente.

Con el paso del tiempo, surgieron acusaciones cruzadas relacionadas con el control del espacio, el acceso al exmandatario en sus últimos años y el manejo de su patrimonio.

Durante el deterioro de la salud de López Portillo a finales de los años noventa, las tensiones aumentaron.

El expresidente sufrió un infarto cerebral en 1999 que afectó gravemente su autonomía, lo que intensificó el conflicto entre la familia biológica y su entorno más cercano.

Diversas versiones señalaron desacuerdos sobre su cuidado, su aislamiento y las decisiones tomadas dentro del entorno doméstico, aunque estas interpretaciones han sido objeto de debate y controversia pública.

 

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Tras el fallecimiento del expresidente en febrero de 2004, se abrió una etapa de disputas legales y familiares en torno a su herencia y a la situación jurídica de su viuda.

La familia López Portillo intentó revertir o cuestionar la posición de Sasha Montenegro dentro del patrimonio y del legado familiar, lo que derivó en procesos judiciales que se prolongaron durante años.

No obstante, el matrimonio no había sido disuelto legalmente en el momento de la muerte del exmandatario, lo que permitió a Montenegro conservar su estatus de viuda legal.

Este desenlace generó una fuerte reacción en el entorno familiar, que consideraba que la relación había estado marcada por desequilibrios de poder y conflictos de interés.

Sin embargo, desde el punto de vista legal, la situación consolidó la posición de Montenegro dentro del marco jurídico del legado de López Portillo, cerrando uno de los capítulos más complejos de esta historia.

Con el paso de los años, la vida de Sasha Montenegro se alejó progresivamente del foco mediático.

Tras la venta de parte de las propiedades asociadas a la familia y la desaparición de la emblemática residencia de “La Colina del Perro”, su presencia pública disminuyó considerablemente.

En sus últimos años residió de forma discreta, manteniendo un perfil bajo hasta su fallecimiento en 2024 a causa de complicaciones de salud.

La historia de Sasha Montenegro y José López Portillo sigue siendo objeto de análisis y debate, no solo por su dimensión personal, sino por la forma en que refleja la intersección entre poder político, cultura mediática y dinámicas familiares.

Más allá de las interpretaciones, su caso permanece como uno de los episodios más complejos de la historia reciente mexicana, donde la línea entre la vida privada y la esfera pública se difumina de manera permanente.

 

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