Colombia despide con dolor a Jason Jiménez, el cantante de música popular que transformó una infancia marcada por la pobreza en una carrera exitosa y cuyo fallecimiento en un accidente aéreo dejó un vacío profundo en millones de seguidores.
El país también rinde homenaje a Beatriz González, maestra fundamental del arte latinoamericano, cuya obra durante más de seis décadas retrató con valentía, ironía y color los dolores, violencias y contradicciones de la historia nacional.
La historia de Adil Londoño, una niña de nueve años que practica vaquería deportiva pese a nacer sin una mano, se convierte en un poderoso ejemplo de determinación, talento y superación que desafía prejuicios y redefine los límites.

 

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Colombia comenzó el año con el corazón encogido.

El país despidió a dos figuras profundamente distintas, pero igualmente fundamentales para su identidad cultural: el cantante de música popular Yeison Jiménez y la maestra del arte latinoamericano Beatriz González.

A estas pérdidas se sumó una historia que, en medio del dolor, devolvió la esperanza: la de una niña de nueve años que desafía los límites desde el mundo de la vaquería deportiva.

El 10 de enero de 2026, Yeison Jiménez murió en un accidente aéreo en Boyacá, cuando viajaba junto a su equipo de trabajo tras cumplir un concierto la noche anterior.

La avioneta en la que se desplazaban no logró ganar altura y se precipitó poco después de despegar.

No hubo sobrevivientes.

Tenía apenas 31 años y una carrera que había marcado a toda una generación.

Su historia fue la de un niño que creció entre cantinas, pobreza y sueños imposibles.

“La primera canción que canté en vivo tenía seis años y era *Una cruz de marihuana*”, recordaba con humor y honestidad.

Desde pequeño supo que la música era su refugio y su salida.

“Yo no quería ser pobre, esa es la realidad”, confesó en una de sus entrevistas más sinceras.

“Me daba rabia levantarme y no saber con qué iba a desayunar”.

 

Lo que perdimos con Yeison Jiménez y Beatriz González | EL ESPECTADOR

 

Esa rabia se transformó en disciplina.

Vendió aguacates, cargó bultos en Corabastos y cantó en buses y cantinas por monedas.

Dormía poco, comía menos, pero nunca dejó de insistir.

“Si no funcionaba lo de cantar, me devolvía a vender aguacate y ya, pero no soportaba la idea de quedarme ahí toda la vida”.

A los 21 años llegó su primer gran éxito y con él una vida de giras interminables, estadios llenos y reconocimiento internacional.

El éxito, sin embargo, también tuvo un costo.

“Hace 20 días fue la primera vez que sentí depresión. Me saturé”, confesó meses antes de su muerte.

Contó cómo llegó a realizar más de 70 conciertos en menos de tres meses, ignorando las advertencias médicas.

“Si me iba a morir ahí, ahí me moría, pero yo no me iba a quedar acá”, dijo sobre una noche en la que cantó enfermo frente a 90.000 personas. En los últimos años había encontrado refugio en su familia.

“En esta casa no se toma, no se grita, no se fuma. Este es el santuario de mis hijas”, decía con orgullo.

Reconocía que el mayor dolor del éxito era no verlas crecer, pero también repetía una frase que hoy resuena con más fuerza: “Ningún éxito existe sin sacrificio”.

Su voz, su historia y sus canciones quedaron grabadas en la memoria colectiva de un país que lo vio luchar hasta el último día.

 

Adiós a Beatriz González, la pintora que retrató a Colombia con ironía,  memoria y dolor - El Expreso

 

A la par de esta pérdida, Colombia también despidió a Beatriz González, fallecida el 9 de enero a los 93 años.

Considerada una de las artistas más importantes del arte latinoamericano, dedicó más de seis décadas a retratar la historia política, la violencia y las heridas del país.

“Yo he querido pintar un sentimiento, comunicar ese dolor”, explicó en su estudio, rodeada de recortes de prensa, pinceles y lienzos.

Su obra transformó imágenes cotidianas y noticias olvidadas en piezas universales.

Utilizó la repetición como método, convencida de que solo enfrentando una y otra vez las tragedias se podía evitar que se repitieran.

“Repetir es un método efectivo”, afirmaba con convicción.

Pintó presidentes, víctimas, llantos, columbarios y ausencias, siempre con ironía, lucidez y una paleta dominada por verdes intensos.

Aunque su obra recorrió museos de Londres, París, Berlín y Nueva York, nunca perdió su humildad.

“Soy una tímida que busca expresarse por distintos métodos para decir la misma cosa”, decía con una sonrisa serena.

Hasta sus últimos años pintó con disciplina, consciente del paso del tiempo.

“Pienso mucho en la muerte”, admitió, pero también dejó claro su deseo: “Quiero pintar hasta el último día”.

 

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En medio de estas despedidas, una tercera historia iluminó la pantalla con fuerza y ternura.

Adil Londoño, una niña de nueve años, se ha convertido en símbolo de valentía.

Nació sin una mano, pero eso nunca la detuvo.

Practica vaquería deportiva, un deporte tradicionalmente dominado por hombres, y lo hace con una destreza que sorprende a propios y extraños.

“Si Dios la mandó así, es porque venía con una misión”, dice su madre, Daisy Gutiérrez.

Adil monta, entrena y compite con una sonrisa permanente.

Tras una caída que le fracturó un dedo, volvió al caballo sin miedo.

“Yo todo lo puedo”, respondió cuando alguien dudó de sus capacidades.

Ni las prótesis ni las limitaciones externas definieron su camino.

Adil sueña con llegar al rodeo de Houston, entrena varios días a la semana y contagia alegría donde va.

En la arena, su presencia obliga a replantear prejuicios y a recordar que las verdaderas barreras no siempre son físicas.

Tres historias, tres despedidas y una lección común: el arte, la música y el coraje humano trascienden la ausencia.

Colombia llora, recuerda y aprende, mientras el legado de quienes se fueron —y de quienes comienzan— sigue vivo.