El programa de Romina Manguel se transformó inesperadamente en uno de los escenarios políticos y mediáticos más tensos de los últimos días cuando Alejandro Fantino protagonizó un fuerte cruce en vivo relacionado con Javier Milei, Manuel Adorni y la masiva marcha universitaria que paralizó gran parte del país.

Lo que comenzó como una conversación aparentemente tranquila terminó convirtiéndose en un debate cargado de acusaciones, ironías, enojo y momentos de enorme incomodidad frente a cámaras.
Desde el inicio, Fantino dejó claro que estaba molesto por el nivel de críticas que recibió después de sus comentarios sobre la movilización universitaria y su entrevista con Manuel Adorni.
El conductor aseguró sentirse sorprendido por la reacción del periodismo y de ciertos sectores políticos que, según él, intentaron convertirlo en un enemigo ideológico simplemente por expresar opiniones diferentes sobre la marcha y sobre el gobierno de Javier Milei.
La tensión comenzó a crecer cuando Romina Manguel le preguntó directamente si realmente le había creído a Adorni durante la entrevista.
Fantino respondió sin dudar.
Dijo que sí.
Aclaró que cuando el vocero presidencial le explicó que no podía hablar demasiado sobre determinadas investigaciones porque podía entorpecer la causa judicial, decidió respetar esa postura.
Aquella respuesta encendió inmediatamente el debate dentro del estudio.
Manguel insistió en que gran parte del periodismo mantiene un altísimo nivel de sospecha sobre Adorni debido a las denuncias relacionadas con propiedades y presunto enriquecimiento.
Pero Fantino respondió que sospecha no significa culpabilidad.
Y allí comenzó uno de los momentos más tensos de toda la conversación.
El conductor se mostró claramente incómodo con lo que considera una tendencia del periodismo argentino a condenar públicamente a personas antes de que exista una sentencia judicial firme.
Según explicó, el problema actual es que muchos periodistas ya se posicionan directamente desde la idea de culpabilidad incluso antes de que avance una investigación formal.
Aquella reflexión provocó nuevas preguntas y más tensión.
Fantino intentaba defender la idea de que una entrevista no necesariamente debe convertirse en una indagatoria agresiva.

Dijo que no se siente cómodo realizando interrogatorios violentos frente a cámara y que siempre prefirió conversaciones largas donde las personas hablen más libremente.
Incluso recordó que la televisión tradicional terminó alejándolo precisamente porque nunca se adaptó al formato de entrevistas rápidas, agresivas y diseñadas únicamente para generar títulos explosivos.
Mientras tanto, el clima seguía calentándose.
Uno de los puntos más fuertes apareció cuando se empezó a discutir la gigantesca marcha universitaria y las declaraciones que Fantino había hecho días antes minimizando parcialmente la movilización.
El conductor sostuvo que gran parte de la protesta tuvo una fuerte carga política y que muchos sectores utilizaron el reclamo universitario como un espacio para expresar rechazo general al gobierno de Milei.
Aquella afirmación provocó una reacción inmediata de Manguel.
La periodista respondió que más allá de cualquier posicionamiento político, la marcha reflejaba una preocupación real por el financiamiento universitario y por el deterioro salarial de docentes y trabajadores del sistema educativo.
Fantino aceptó parcialmente el argumento, pero insistió en que existe una enorme hipocresía dentro de ciertos sectores políticos y periodísticos.
Según él, muchos periodistas progresistas reaccionaron con furia exagerada frente a sus declaraciones porque no toleran que alguien cuestione determinados consensos históricos relacionados con la universidad pública.
Fue entonces cuando utilizó varias veces el término “neozurdos”, generando todavía más incomodidad dentro del estudio.
Fantino explicó que con esa palabra se refiere a sectores del periodismo y de la política que, según su visión, piensan exactamente igual y reaccionan violentamente frente a cualquier voz disidente.
Manguel le pidió que aclarara mejor el concepto y le preguntó directamente si consideraba que defender la universidad pública automáticamente convierte a alguien en parte de ese sector ideológico.
Fantino respondió que no está en contra de la universidad pública.
Por el contrario, dijo sentirse orgulloso de que Argentina tenga educación gratuita y recordó figuras históricas como René Favaloro y César Milstein surgidas del sistema universitario nacional.
Sin embargo, sostuvo que el verdadero problema aparece cuando ciertas estructuras políticas utilizan las universidades como espacios de militancia partidaria o como plataformas ideológicas financiadas con dinero público.
La discusión comenzó entonces a girar alrededor del financiamiento universitario y el ajuste presupuestario del gobierno.
Manguel cuestionó cómo puede sostenerse una defensa de la educación pública mientras el presupuesto universitario pierde más del cuarenta por ciento frente a la inflación.
Fantino respondió que la crisis salarial afecta prácticamente a todos los sectores de Argentina y recordó la situación de policías, bomberos y trabajadores privados que también atraviesan enormes dificultades económicas.
Pero la conversación se volvió todavía más intensa cuando empezó a hablar de su propia infancia.

Recordó que creció en un pueblo donde las dificultades económicas eran constantes y donde muchas veces una mala cosecha obligaba a su familia a ajustar gastos y resignar actividades.
Utilizó esa experiencia personal para explicar por qué considera razonable discutir cómo se utilizan los recursos públicos en un país empobrecido.
Sin embargo, Manguel insistía constantemente en diferenciar entre discutir auditorías y asfixiar presupuestariamente a las universidades.
Según ella, el gobierno de Milei está llevando adelante un ajuste que pone en riesgo el funcionamiento normal del sistema universitario.
Fantino respondió que no cree que el gobierno quiera destruir la universidad pública.
Lo que cuestiona, explicó, son determinados sectores internos, estructuras políticas y mecanismos que durante años habrían funcionado dentro de las universidades sin demasiado control.
La conversación derivó entonces hacia otro tema extremadamente delicado.
La polarización política argentina y el rol de los medios de comunicación.
Fantino aseguró sentirse sorprendido por el nivel de importancia que ciertos sectores le dieron a sus declaraciones.
Incluso pidió varias veces que “le bajaran el nivel de relevancia”, afirmando que simplemente expresó una opinión personal durante un programa de radio sin imaginar semejante repercusión nacional.
Dijo que muchas veces llega al estudio completamente desconectado de la discusión política diaria y que después descubre el impacto de sus frases cuando ya las redes sociales explotaron.
A pesar de intentar mostrarse relajado, el conductor dejaba ver claramente el desgaste emocional que le provocó toda la polémica.
Por momentos parecía sentirse atacado personalmente.
Especialmente cuando hablaba de periodistas y dirigentes políticos que, según él, reaccionaron de manera exagerada frente a sus comentarios sobre la marcha universitaria.
Sin embargo, el momento más incómodo apareció cuando Manguel volvió a preguntarle sobre Manuel Adorni y las investigaciones judiciales.
Fantino insistió en que sigue creyendo en la importancia de respetar la presunción de inocencia y criticó el nivel de agresividad con el que parte del periodismo ya da por culpables a ciertos funcionarios incluso antes de que existan procesamientos firmes.
Aquella postura dividió completamente al estudio.
Algunos panelistas parecían entender parcialmente su punto.
Otros consideraban que el periodismo tiene la obligación de insistir y confrontar frente a sospechas graves relacionadas con corrupción y enriquecimiento ilícito.
La tensión crecía minuto a minuto.
Las interrupciones comenzaron a multiplicarse.

Las ironías aparecían constantemente.
Y el debate dejaba de ser solamente sobre universidades o entrevistas periodísticas.
En realidad, lo que terminó apareciendo fue una discusión mucho más profunda sobre la crisis política, mediática y emocional que atraviesa Argentina.
Un país donde cada declaración rápidamente se transforma en batalla ideológica.
Donde cualquier opinión genera ataques inmediatos de un lado y del otro.
Y donde incluso los propios periodistas parecen cada vez más atrapados dentro de la grieta que intentan analizar diariamente.
Hacia el final del programa, Fantino intentó bajar el tono del conflicto.
Agradeció públicamente la paciencia del equipo y recordó un problema personal reciente que lo obligó a cancelar compromisos de último momento.
También insistió en que no busca convertirse en referente político de ningún espacio.
Dijo varias veces que simplemente intenta expresar lo que piensa aunque eso genere enojo o incomodidad.
Pero más allá de sus intentos de cerrar la discusión con calma, el impacto ya estaba hecho.
Las redes sociales explotaron inmediatamente con fragmentos del cruce.
Miles de personas comenzaron a debatir quién tenía razón, si Fantino había sido injustamente atacado o si simplemente intentaba justificar posiciones demasiado cercanas al gobierno.
Y aunque cada sector interpretó el programa desde su propia mirada política, hubo algo que quedó claro para todos.
El debate dejó expuesta una tensión social, mediática y política muchísimo más profunda de lo que parecía inicialmente.
Porque detrás de la discusión sobre universidades, periodismo y Manuel Adorni, lo que realmente apareció frente a cámaras fue el retrato de una Argentina agotada, furiosa y cada vez más dividida.
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