Ídolo de masas y genio del humor irreverente, «El Negro» Olmedo ocultó tras su carisma una vida sentimental tormentosa Un escándalo de tintes públicos y un embarazo inesperado sellaron su destino en la madrugada de Mar del Plata.
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Para el espectador que abarrotaba las salas cinematográficas y sintonizaba la televisión argentina durante las décadas de los setenta y ochenta, Alberto Olmedo (1933-1988) era la personificación de la picardía, el desenfreno y la risa incombustible.
Su impronta actoral y su capacidad para la improvisación lo encumbraron como un mito viviente del humor rioplatense.
No obstante, lejos de los focos y de los aplausos multitudinarios, la existencia del cómico se rigió por un libreto dramático, jalonado por divorcios dolorosos, romances clandestinos de alta intensidad y una traición mediática que quebró su templanza para siempre.
La distancia entre el hombre que hacía reír a millones y el corazón que sufría en la penumbra doméstica terminó por ensancharse de forma trágica.
El primer capítulo de esta compleja trama afectiva no se redactó en los grandes estudios de Buenos Aires, sino en su Rosario natal.
Allí, antes de transformarse en la leyenda conocida como «El Negro», el joven Alberto unió su vida en 1958 a Judith Jaroslavski, una productora televisiva que confió en su talento antes que nadie.
Madre de sus dos primeros hijos, Marcelo y Fernando, Judith funcionó como el anclaje a la realidad en los albores del éxito.
No obstante, el ritmo voraz de la capital y las exigencias de una fama emergente desgastaron el vínculo, culminando en divorcio a mediados de los sesenta: el primer tributo que el actor ofrendó en el altar del estrellato.

Establecido en la cúspide de la industria, Olmedo buscó una compañera que vibrara en su misma sintonía.
En 1967 contrajo segundas nupcias con la actriz Tita Rus, iniciando una relación tormentosa, apasionada y ferozmente expuesta ante la opinión pública.
Las portadas de las revistas de espectáculos de la época funcionaron como una bitácora de sus constantes disputas, celos y reconciliaciones.
Pese a que el divorcio legal se oficializó en 1981 —tras haber tenido a sus hijos Javier y Sabrina—, el lazo civil y emocional jamás se extinguió por completo, manteniendo a Rus como una figura central en el plano legal y familiar del actor.
Tras esta separación, y en la etapa de mayor esplendor profesional, Olmedo experimentó lo que sus allegados calificaron como su idilio más auténtico y profundo: su romance con la modelo y actriz Silvia Pérez.
A diferencia de sus anteriores vínculos, este noviazgo se mantuvo bajo un estricto secreto, constituyendo un refugio privado frente a la voracidad de los medios.
Pérez describiría años más tarde la relación como un proceso de una intensidad y fuego aterradores, no exento de intermitencias causadas por el convulso estilo de vida del capocómico.
Aquel magnetismo alimentó incalculables mitos urbanos.
A pesar de la fantasía popular que le atribuía romances con las divas más cotizadas del momento, la realidad entre bambalinas era dispar.
Con figuras como Susana Giménez o Susana Traverso mantuvo una relación de impecable respeto profesional y química cinematográfica; mientras que con Moria Casán edificó una amistad inquebrantable, siendo Casán la única mujer de sus elencos admitida en su hermético círculo íntimo de confidentes.
Por otra parte, la actriz Susana Romero encarnó el reverso de su suerte: Romero confesó tiempo después haber sido el gran amor no correspondido de Olmedo, un sentimiento profundo que el actor prefirió resguardar en el silencio.

En el verano de 1986, la irrupción de Nancy Herrera, una joven de veinte años, alteró definitivamente el ecosistema del humorista.
El noviazgo se transformó en un torbellino público que pareció devolverle una segunda juventud a un Olmedo que ya superaba los cincuenta años.
Sin embargo, el idilio colapsó de forma estrepitosa a comienzos de 1987 en Mar del Plata, tras la publicación de una fotografía periodística que conmocionó al país: Herrera era retratada saliendo de un establecimiento hotelero junto al célebre locutor Cacho Fontana, íntimo amigo del cómico.
Devastado por la humillación y la certeza de la traición, Olmedo rompió el compromiso de forma inmediata.
El hombre que personificaba la alegría colectiva lloró ante las cámaras de la nación entera.
En busca de consuelo, se recluyó nuevamente en los brazos de Silvia Pérez, quien se convirtió en su confidente durante aquellos meses de profunda depresión. La calma duró poco.
A principios de marzo de 1988, Nancy Herrera reapareció con una noticia que alteró los acontecimientos: se encontraba embarazada de un hijo del actor.
Ante aquella encrucijada, Olmedo abandonó el refugio de Pérez y viajó de urgencia a Mar del Plata para materializar el reencuentro definitivo.
En la madrugada del 5 de marzo, tras una cena de reconciliación en un apartamento del undécimo piso del edificio Maral 39 y una discusión cuyos detalles exactos se perdieron para siempre, el humor de la Argentina se apagó de golpe al precipitarse el actor desde el balcón.
El deceso del mito dio paso a la dispersión de sus supervivientes.
Nancy Herrera se retiró de la escena pública para volcarse en la crianza de Alberto Orlando Olmedo Junior, nacido en octubre de 1988, entablando una batalla legal por el reconocimiento de su apellido.
La sombra de la fatalidad volvió a cernirse sobre el clan familiar en el año 2000, cuando Fernando Olmedo, el hijo primogénito de su primer matrimonio, falleció en el mismo accidente automovilístico que se cobró la vida del cantante de cuarteto Rodrigo Bueno.
La trayectoria de Alberto Olmedo se revela así no como una comedia ligera, sino como un drama pasional donde las risas funcionaron como la máscara de un corazón que padeció en silencio hasta su último y definitivo acto.
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