Los hermanos Aragón transformaron la televisión infantil en el cono sur a principios de los setenta. Su exilio voluntario y la prematura muerte de Fofó marcaron el fin de una era de inocencia colectiva.

Existen melodías y saludos que logran burlar el paso del tiempo y quedan grabados a fuego en la memoria de múltiples generaciones.
Bastaba un enérgico interrogante para que el pulso de la infancia rioplatense se acelerara por completo.
La historia de Gaby, Fofó y Miliki (Gabriel, Alfonso y Emilio Aragón) en la televisión argentina no fue simplemente la de un éxito comercial de temporada; constituyó un hito cultural que redefinió el entretenimiento familiar en la década de los setenta y dejó una huella emocional inalterable, marcada tanto por la genialidad artística como por la tragedia.
A pesar de que los hermanos Aragón ya contaban con un sólido prestigio en el Caribe y en España, su desembarco en el Cono Sur en 1970 se debió a la intuición de Goar Mestre, el legendario propietario de Canal 13.
Mestre buscaba un formato que amalgamara la calidad técnica con los valores familiares, y los payasos españoles encajaban a la perfección en esa filosofía.
Lo que inicialmente se proyectó como un ciclo veraniego de corta duración bajo el título de «El zapato roto», se transformó de inmediato en un suceso descomunal de audiencia.
Ante la respuesta del público, el programa se rebautizó de forma definitiva como «El Show de Gaby, Fofó y Miliki», extendiendo su permanencia por tres años ininterrumpidos en las franjas del mediodía y la tarde.
Fue precisamente en los estudios de grabación de Buenos Aires donde la estructura del grupo comenzó su renovación generacional.
Fofito (Alfonso Aragón hijo) se incorporó activamente a las emisiones aportando su talento con la guitarra y una frescura juvenil que revitalizó las rutinas cómicas de sus tíos y su padre.
El idilio entre la sociedad argentina y los artistas españoles alcanzó su punto cumbre en 1972 con el rodaje de la película «Había una vez un circo».
El largometraje, dirigido por Enrique Carreras, contó con la participación de figuras de la talla del galán Jorge Barreiro y una jovencísima Andrea del Boca.
La escena final bajo la carpa, con el grupo entonando sus himnos infantiles, quedó catalogada como una pieza histórica del cine nacional, ratificando el estatus de los Aragón como compatriotas por elección.

Hacia 1973, el enrarecimiento del panorama político y social en la Argentina, sumado a una irrechazable propuesta de Televisión Española (TVE) para regresar a su tierra natal como las estrellas absolutas de la programación, precipitó una despedida agridulce.
Los payasos abandonaron los escenarios porteños convertidos en auténticos ídolos de masas, pero la distancia no disminuyó su influencia: a través de los discos de vinilo reproducidos en los tocadiscos familiares, sus voces continuaron musicalizando las tardes domésticas de miles de niños que los sentían como tíos invisibles.
Sin embargo, la felicidad del éxito global sufrió un revés definitivo en el verano de 1976.
Mientras se encontraban en la cúspide de su popularidad en España, las agencias de noticias difundieron la muerte de Fofó a la temprana edad de 53 años, víctima de una hepatitis mal tratada.
La pérdida del considerado “alma del grupo” —aquel de la mirada dulce capaz de desarmar la timidez de cualquier menor— obligó a una transmisión televisiva histórica y dolorosa.
Frente a las cámaras, sus hermanos debieron encarar la orfandad de su público con una explicación metafórica que conmovió a los televidentes:
«Fofó está muy feliz, está muy contento. No está aquí con nosotros porque hay muchos niños en el cielo que lo estaban esperando, y él se fue voluntariamente al cielo a cantar canciones a todos los niños de allí».

Aunque el espectáculo continuó con la posterior incorporación de Miliquito (Emilio Aragón hijo) y Rody, la crítica y el público coincidieron en que el circo jamás volvió a sonar de la misma manera; una parte de la inocencia original se había apagado con la partida de Alfonso Aragón.
El legado de la agrupación sobrevivió a través de un cancionero popular insustituible que incluía clásicos como La vaca lechera, Susanita tiene un ratón, El auto de papá y, fundamentalmente, El barquito de cáscara de nuez.
Esta última pieza sintetizaba a la perfección la propuesta estética y ética de los Aragón: la capacidad de generar magia y evocar mundos fantásticos a partir de los elementos más cotidianos y sencillos.
A décadas de su última función en suelo austral, el eco de sus risas y sus canciones sigue funcionando como el refugio más seguro de la infancia de toda una época.

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